Contrariamente a lo que afirman los enemigos de la fe, la Iglesia siempre ha defendido y fomentado la cultura y la ciencia, pues no hay oposición entre fe y razón. La Iglesia no ha sido nunca oscurantista pues siempre ha procurado estar en la vanguardia de todo el saber humano. Si se obra rectamente, dentro de los parámetros de la ley divina, toda actividad y faceta humana (literaria, artística, cultural etc) debe estar destinada a la gloria a Dios, pues de las maravillas de la creación, podemos deducir las perfecciones del Creador. Pensemos en el conspicuo talento de los grandes genios de la humanidad como Homero, Virgilio, Miguel Ángel, Mozart, Cervantes… que tanto deslumbra y abruma, pues sólo es un pálido reflejo de la perfección del Creador que ha dotado a la creatura de unos chispazos de su sabiduría infinita.

Es muy conveniente y enriquecedor que los católicos, además de una buena formación teológica, dediquemos un tiempo al estudio de las humanidades y el pensamiento clásico. Su finalidad es tener un conocimiento más amplio y profundo de la realidad y un juicio correcto de todo lo que pasa en el mundo. Oratoria, Retórica, Dialéctica son asignaturas sepultadas desgraciadamente en los sistemas educativos modernos porque no interesa a los gobiernos que la gente tenga criterio y sea difícil de manipular. En cambio, bombardean a los jóvenes con palabras buenrrollistas como solidaridad, trabajo en equipo, compañerismo, tolerancia…

Álvaro Ginebreda es licenciado en Derecho y Filología clásica. En esta entrevista nos ayuda a conocer un poco el mundo clásico, concretamente la civilización romana, con toda su riqueza y matices y especialmente su aportación a la Cristiandad.

¿Qué entendemos por civilización romana?

Cada pueblo tiene su cosmovisión de la vida, una jerarquía de preferencias y, por ello, unos principios fundamentales que, desde una posición superior e incluso transcendental, rigen su existencia. Pues bien, los romanos, a pesar de que es un tópico hablar de su eclecticismo, nunca sometieron tales principios a influencia de pueblo alguno: en ellos es donde podemos hablar del auténtico genio romano, verdadero germen creador y rector de su civilización.

Ningún pueblo ha dedicado tan rica y profunda reflexión en detalles ni tantos versos en relatar su origen. Roma no nació de lo colectivo ni de contratos sociales, sino de una autoridad sistemática que modeló a una comunidad formada al comienzo por fugitivos de origen diverso.

En la figura de Rómulo como fundador y legislador, como guerrero y sacerdote se aprecian las principales características futuras de la civilización romana: civilización jurídica por excelencia en que las leyes tenían un valor sacro, cuyo garante, tanto con reyes o cónsules, estaba en Júpiter; en cuanto a la guerra, Rómulo siempre dispuso a su población hacia la conquista y la extensión de su imperium; pero, si algo caracterizó a Roma fue su absoluta sensibilidad religiosa: sin una gran riqueza de mitos (generalmente, asimilaciones griegas) y sin reflexiones metafísicas, toda relación personal, acción o compromiso estaban sujetas al principio de la pietas, que tan hermosamente caracterizó Virgilio en su héroe Eneas.

Así pues, al margen de sus innovaciones tecnológicas tan útiles como las vías o las termas, sus monumentos, su arte y literatura (más propias de lo que se podría llamar cultura grecolatina, dada la emulación de su herencia griega), la civilización romana se realizó como imperio, como dominio de lo sagrado, pura potencia de mando, que siempre tuvo como principio incondicionado de soberanía, de estabilidad y firmeza la idea, ya manifestada en la leyenda de Eneas, de que su destino y, por tanto, su misión era dar orden a un mundo aún entre las sombras oscuras de la barbarie y que sus “civiles” representaran, cada uno en su papel, tales valores en armonía.

¿Podría hablarnos de las luces y sombras de la misma?

Desde una perspectiva moderna, la mayor de las sombras de tal civilización se vislumbra en los medios violentos que debieron utilizar los romanos para conseguir establecer su orden. Pero, es preciso establecer un matiz: tanto ellos como todos los pueblos de la Antigüedad, consideraban la guerra como una fuerza llena de caos y negatividad y como uno de los peores males que habita entre los hombres.

Frente a esta adversidad, consideraban que la única actitud digna era la heroica: sacrificar la propia persona descendiendo a ese infierno de violencia, brutalidad y muerte como un acto de ascetismo en el que, por deber y fidelidad a la comunidad, el dolor propio y el ajeno se convierten en indiferentes.

Por otro lado, está la esclavitud, aunque no todo es tan sombrío como se hace entender. Exceptuando a los esclavos públicos, prisioneros de guerra que eran sometidos al orden estatal con severa brutalidad y, en ciertas situaciones, con poco respeto hacia sus vidas, en la esclavitud doméstica existía, por lo general, un vínculo recíproco de fidelidad, proteccionismo y cariño por ambas partes y que a veces acababa con la liberación del esclavo, en caso de prosperidad económica.

Háblenos de la importancia del pater familias, de la tradición y de la patria…

No cabe duda, que la romana fue de las más patriarcales de entre las culturas de origen indoeuropeo: Roma, fue una sociedad de hombres.

Los únicos con capacidad de tener derechos civiles sui iuris y, por tanto, relevancia en la vida pública eran los varones libres, cuya figura fundamental era el pater familias, investida de un poder casi ilimitado (patria potestas), que estipulaba la autoridad absoluta del padre sobre los hijos y del marido sobre la mujer que tenía a cargo, su esposa. Hasta tal punto era una familia patriarcal, que el único parentesco legítimo era el que creaba la descendencia masculina: la identidad como ciudadano sólo podía ser concedida por el padre.

Teniendo en cuenta la categoría jurídica del pater familias, puede comprenderse que para un hijo la pietas consistía en obedecer a su padre y que un acto de desobediencia o deshonra equivalía a un acto monstruoso, contrario al orden natural y que conllevaba que el culpable tuviera que expiarlos con la propia muerte, tal como muestran diversos ejemplos.

Así pues, el pater familias representaba la autoridad dentro de la familia y era el nexo que unía la tradición de “lo patrio” (literalmente, lo relativo a los patres, primeros habitantes de Roma) con las nuevas generaciones, a quienes transmitían todos sus valores.

¿Qué importancia tenían el matrimonio y la educación de los hijos?

Como toda sociedad tradicional, el matrimonio era la institución fundamental para engendrar ciudadanos con una identidad propia y heredera de los valores ancestrales. Por tanto, era normal que la mayor parte de matrimonios patricios fueran más por conveniencia entre ambas familias que por amor de los cónyuges. Para entender su importancia, la separación, motivo de injuria social y que podía privar al hombre de la carrera política, sólo era aceptada si se debía a la esterilidad de la esposa.

La religión, aún pagana, era un elemento de la cohesión social…

La religión era la fuente de existencia y armonía para la sociedad romana hasta tal punto que tuvo lugar una sacralización de las colectividades orgánicas: la familia, la gens, la patria, la legión. La famosa disciplina romana, la fidelidad a los compromisos, la entrega al Estado, el prestigio religioso del derecho, se deben a esos dos conceptos religiosos de fides y pietas que impedían un egoísmo individualista disgregante.

El carácter social de la religiosidad romana, y en primer lugar la importancia atribuida a las relaciones con los demás, se expresan claramente en el término pietas: a parte de designar la observancia escrupulosa de los ritos religiosos, también se refería al respeto debido a las relaciones naturales ordenadas conforme a la norma entre los seres humanos. Además de la pietas para con los dioses, hay también una pietas para con los miembros de los grupos a los que pertenece el individuo (los padres, los magistrados, los generales), para con la ciudad y, finalmente, para con todos los seres humanos, incluso, los extranjeros.

Háblenos de la importancia del derecho romano….

Para un ciudadano romano el conjunto de leyes que ordenaban su sociedad era de orden religioso y transcendental. El Estado romano representaba un orden superior bajo la forma de un poder cuyo principio de soberanía adquiría un carácter sagrado: la fidelidad a sus leyes de las que Júpiter, su dios supremo, era fiador, transcendía al orden de la vida cívica.

Tras la decadencia de Roma vino la cristianización del imperio…

Augusto intentó restaurar los valores republicanos y la religión oficial, pero la decadencia de Roma se consumó de forma total hacia el siglo II de nuestra Era.

Frente a la sociedad tradicional de Roma, tuvo lugar una disolución de la jerarquía patricia en una desalmada plutocracia, igualitarismo y cosmopolitismo absoluto debidos a la liberación de la mayoría de esclavos y a la masificación de extranjeros procedentes de las provincias, incluso emperadores como Trajano y Severo, entre otros.

La evolución de la familia romana, con la casi disolución del pater familias y emancipación de la mujer, fue desde el más estricto formalismo hasta el liberalismo extremo, con más cultura y refinamiento, pero sin integridad ni base moral sólida, lo cual acabó desembocando en el libertinaje y falta de moralidad. Es la época también de los cultos mistéricos de origen oriental y de las corrientes filosóficas helenísticas de carácter individualista, que ya fueron síntoma de la disolución de la tradición griega, especialmente el hedonismo epicúreo y el cosmopolitismo estoico.

Justamente, Roma se había convertido en lo que San Agustín conoció en su época y que denominó “la ciudad del hombre” en contraposición a la “ciudad de Dios”: ya nada transcendía al ciudadano romano, desheredado y desintegrado de la comunidad debido a una regresión e involución de sus valores tradicionales.

Pues bien, el cristianismo apareció en este contexto como la religión correctora, que recuperó con una nueva cosmovisión del mundo, a partir del mensaje de Cristo y la integridad y valor mostrados por sus mártires, muchos de los principios éticos tradicionales que se habían agotado tanto en Grecia como en Roma: la Iglesia fue capaz de asimilar a toda la sociedad sin rechazar su herencia tradicional, pero mostrándose como institución de la verdadera y auténtica cultura y como la única garantía de civilización y la nueva “humanidad”, tal como enseñarían Orígenes y los Padres capadocios.

Las “semillas” de la doctrina cristiana habían sido sembradas por Cristo en todos los hombres. Ya desde la creación había cuidado de ellas de varias maneras. Cristo, por consiguiente, había “velado” por lo mejor de la cultura griega y romana, la filosofía y la ética transmitidas en literatura, de la que la Iglesia fue su máxima conservadora.

La fundación de la Iglesia cristiana universal por Cristo había sido sincronizada a propósito con la instauración de la paz romana universal por Augusto. Por consiguiente, un cristiano no podía rechazar ni la cultura griega ni el Imperio romano sin ofrecer la impresión de dar la espalda a una parte del progreso divinamente ordenado de la raza humana.

Después de una primera helenización del cristianismo en el Imperio de Oriente gracias al decreto de Constantino, la Iglesia Católica se afianzó en Roma tras la conversión de la clase senatorial y los posteriores bárbaros conquistadores. Roma, era naturalmente una ciudad santa, y el Imperio romano gozaba de una especial protección divina, porque los cuerpos de los apóstoles Pedro y Pablo descansaban en la colina Vaticana.

Eliminado, pues el mito pagano de la Roma Eterna, Roma se convirtió en el único centro ortodoxo desde el primer momento. En consecuencia, la victoria de la ortodoxia en la Antigüedad equivale al triunfo del cristianismo romano, recuperando de nuevo su posición como centro de la fe tradicional transmitida por los apóstoles y centro de la nueva civilización, en este caso, cristiana.

¿Qué elementos aportó Roma al cristianismo?

En mi opinión, fueron muchos. A pesar de la general decadencia del Imperio, siempre quedan fuerzas latentes y conservadoras, al menos idealmente o en la literatura, de la que Padres de la Iglesia como San Agustín fueron asiduos lectores y transmisores.

Teniendo en cuenta que fue la clase senatorial romana la que se transformó posteriormente en la élite del clero de la primera Roma Papal, hay dos elementos que destacaría sobre los demás, al margen de los más evidentes como la vestimenta del Papa formada principalmente por una toga en que aparece el color púrpura típico de los senadores, o la misma disposición de la Iglesia heredera en parte de la basílica romana.

En primer lugar, la rigurosidad sistemática en el orden ritual, la gravedad de la ceremonia y la pulcritud y austeridad formal de nuestra Santa Misa son genuinamente romanas y siguen las directrices llenas de obligaciones y prohibiciones de aquel rey legislador y sacerdote Rómulo que fue capaz de sacrificar a su hermano Remo al hacer burla de su rito fundacional de la ciudad de Roma.

Por otro lado, esa mentalidad centralizadora, de autoridad y sistemática propia de la ortodoxia católica es propia de aquel pragmatismo romano. La victoria de tal ortodoxia es el triunfo de la coherencia sobre la incoherencia, de una cierta lógica sobre las lucubraciones fantasiosas, de una teología elaborada científicamente frente a unas doctrinas desorganizadas, propio de la filosofía griega que la romanidad había hecho suya desde hacía siglos… La ortodoxia se presenta también vinculada a un pensamiento e institución jurídicos, a una sociedad que tiene su historia y su política jerárquica, categorías específicas del genio romano.

Finalmente, a nivel doctrinal es destacable la influencia de la filosofía neoplatónica, verdadera síntesis de la tradición filosófica de la Antigüedad, de la que fueron partícipes personalidades filosóficas de la todas las partes del Imperio y que tenía uno de sus centros en Roma. Los Padres de la Iglesia tanto latinos como griegos a la hora de fundamentar el nuevo pensamiento cristiano y reflexionar sobre el Lógos, la salvación, la transcendencia absoluta del Uno-Dios, y, especialmente, de la experiencia mística mediante el Intelecto…

¿Por qué la Iglesia adoptó el latín como lengua oficial?

Principalmente, porque la Iglesia Católica se formó en la ciudad de Roma y, a pesar de que el Imperio era ya bilingüe en sus capas superiores (hablaban griego desde los Escipiones), la lengua vehicular imperial era el latín, lengua en la que podía comunicarse, por ejemplo, habitantes de zonas tan lejanas como Hispania y Alejandría. Es lógico, pues, que se adoptara el latín como lengua oficial, sobretodo en la liturgia, teniendo en cuenta que una gran masa de practicantes católicos del imperio no pudieran entender otra lengua sino el latín.

Por otro lado, se ha de tener en cuenta que el cristianismo en Occidente ya había comenzado a pensar en latín, de modo que en tres siglos fue capaz incluso de cambiar la lengua latina. Muchas de las palabras latinas adquirieron nuevos matices de significado y acepciones derivados de la nueva cosmovisión cristiana, así como nuevos préstamos griegos y hebreos de conceptos cristianos e incluso neologismos como traducciones de ellos.

Por poner unos ejemplos relevantes, encontramos la fides romana como actitud cívica y religiosa que pasa a significar nuestra Fe actual en la existencia de Dios y su revelación en Cristo; o martyr que en el griego original significaba “testimonio” de cualquier evento y que para nosotros es exclusivamente un testimonio de la Fe en Cristo que por ello ha sufrido un “martirio” …

Javier Navascués Pérez