España, junto con Italia, posee el más rico y variado patrimonio artístico del mundo. Esta afirmación no es gratuita, ni fruto de un amor desmedido por nuestra patria; siglos de historia han dejado una profunda huella en nuestras ciudades y pueblos. Los templos cristianos, los palacios y mansiones señoriales, las evocadoras ruinas de un tiempo lejano tienen alma propia y son, de alguna manera, los supervivientes de un pasado que jamás volverá. Los antiguos pobladores de la península y los hombres ilustres, protagonistas de nuestra historia, han desaparecido físicamente pero, en ocasiones, podemos todavía admirar el marco arquitectónico en que se desarrollaron sus vidas, disfrutar de las obras de arte con que se deleitaron sus ojos. Los hombres pasan pero sus obras tienen afán de permanencia.

Estamos obligados por tanto a velar por la conservación de este vasto patrimonio; debemos dejárselo en herencia, y en las mejores condiciones posibles, a nuestros descendientes, a los futuros españoles.

El gran imperio español se desmoronó definitivamente en el siglo XIX. Al parecer, detrás de todos estos procesos secesionistas se encontraba la mano negra de la masonería anticatólica; la religiosidad del mundo hispano era un auténtico obstáculo para sus planes maquiavélicos. Perdimos un imperio pero conservamos su espíritu en las manifestaciones artísticas que se desarrollaron en aquel período esplendoroso de nuestra historia.

El Turismo Cultural Español un filón de riqueza

A lo largo y ancho de esta piel de toro llamada España encontramos una ingente cantidad de monumentos artísticos. Pocas naciones poseen un número tan considerable de ciudades que ostenten el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad: Santiago de Compostela, Salamanca, Ávila, Segovia, Toledo, Teruel… Se trata de conjuntos culturales de inmenso valor. Pensemos también en las magníficas catedrales españolas, en donde la espiritualidad cristiana se funde con la piedra; lo material se pone así al servicio de Dios.

La mayoría de las capitales de provincia y poblaciones de cierta importancia poseen cascos históricos que evocan un pasado esplendoroso; en sus estrechas y a veces sinuosas calles se levantan magníficos palacios, mansiones señoriales, bellos templos que han desafiado el paso de los siglos. En ocasiones, la ciudad antigua está protegida por murallas o fragmentos de éstas, que establecen una frontera entre el casco histórico y los ensanches decimonónicos. No podemos dejar de mencionar el conjunto de museos españoles en donde se custodian tesoros artísticos de incalculable valor. En ellos las obras de arte se exponen de manera ordenada, siguiendo criterios cronológicos, agrupándolas por estilos. La museografía es, sin duda, una ciencia al servicio del arte.

Cuando a partir de los años cincuenta, de manera tímida, comenzaron a llegar los primeros turistas extranjeros a España éstos buscaban esencialmente el binomio de sol y playa. Nuestro país era un lugar asequible para los ciudadanos europeos que gozaban de mayor poder adquisitivo. Tras sufrir un prolongado e injusto aislamiento, nuestra nación se abría por fin al exterior. Se construyeron complejos turísticos en los que se disponía de todos los servicios que demandaban los visitantes foráneos: discotecas de moda, restaurantes en los que disfrutar de los platos típicos españoles… Sin embargo, el verdadero tesoro de España, su patrimonio histórico artístico, permanecía oculto para la mayoría de los visitantes. En la actualidad ciudades como Madrid son un auténtico descubrimiento para un turista ávido de cultura. La capital de España en 2017 fue visitada por cerca de 12 millones de turistas. Este mismo año el sector turístico aportó 172.900 millones al producto interior bruto español, es decir el 14,9%; pensemos en los miles de puestos de trabajo que genera la actividad turística.

Por supuesto, los beneficios que aporta el turismo no es solo de tipo económico. Cuando un extranjero tiene acceso en vivo y en directo a cualquiera de nuestros tesoros artísticos (catedrales, museos, palacios…) se establece un diálogo enriquecedor entre su cultura y la nuestra. Cuando un japonés, ajeno a la cultura cristiana, contempla ensimismado la belleza de una procesión de Semana Santa, entra en contacto con una nueva y desconocida realidad espiritual. Seguramente, sentirá una profunda emoción al ver pasar los pasos procesionales. Podrá admirar la imaginería, con figuras religiosas de gran perfección técnica, magistralmente policromadas. Los conjuntos escultóricos se exponen sobre ricos tronos, con piezas de orfebrería de caprichosas formas, exquisitos bordados y adornos florales. La uniformidad de los nazarenos, el ambiente de recogimiento y de profunda religiosidad no dejará indiferente a nuestro amigo nipón.

Por increíble que parezca algunos ciudadanos de nuestro país se oponen abiertamente al turismo. En nuestras ciudades han aparecido pintadas amenazadoras contra lo que ellos denominan despectivamente “turistificación”. En el madrileño barrio de Lavapiés, jóvenes radicales se manifestaron contra el uso de apartamentos para alquiler turístico. Como medida de protesta, arrastraban maletas con ruedas sobre el pétreo pavimento, produciendo un ruido desagradable. Se burlaban con sorna y desprecio de los jóvenes extranjeros que acudían a la capital de España para admirar sus monumentos. En Barcelona, desnortada y controlada por fuerzas de extrema izquierda y separatistas, se llegaron incluso a pinchar ruedas de bicicletas. En Vascongadas, en donde el turismo es aún incipiente, un fenómeno relativamente nuevo, unos cobardes encapuchados atacaron la sede de la Agencia Vasca del Turismo. Estos “inconformistas” son los mismos que defienden a los manteros que venden ilegalmente productos falsificados en ciudades como Madrid y Barcelona; estos vendedores espontáneos, explotados por mafias sin escrúpulos, ocupan un espacio público que pertenece a todos los ciudadanos. Obviamente será necesario regular el uso de los apartamentos turísticos en busca de un servicio de mayor calidad, evitando siempre la competencia desleal. Sin embargo, es prioritario luchar contra el “movimiento okupa” que atenta violentamente contra el derecho a la propiedad privada.

Tres medidas para apoyar el Turismo Cultural

1-Invertir el dinero suficiente para restaurar los monumentos artísticos. La intervención de la iniciativa privada es fundamental. Todos los recursos que se destine a este fin revertirán con creces en beneficio de la sociedad española. Pensemos en las ingentes cantidades de dinero que el gobierno de España, las autonomías y ayuntamientos destinan a sufragar a ONGs y grupos de presión varios que no generan ningún bienestar en nuestro país.

2-En las catedrales y templos católicos que tengan valor artístico se deberá compatibilizar el culto religioso con las visitas turísticas. Evidentemente, el visitante no debe molestar a los fieles durante las celebraciones eucarísticas. Sin embargo, durante el resto de la jornada, se deberían facilitar las visitas turísticas. Para el mantenimiento del templo se cobrará al visitante el dinero que se estime oportuno; pensemos en el precio de la luz y en la vigilancia mínima que debe existir para evitar profanaciones y robos. Siempre que sea posible, esa entrada dará derecho a una visita guiada. En cualquier caso se instalarán paneles explicativos para que el turista pueda valorar en su justa medida el valor artístico del monumento.

3– Muchos museos españoles no pueden exponer una parte importante de sus fondos por falta de espacio. Un caso paradigmático es el del Museo del Prado. Según datos proporcionados por la propia institución tan solo 1 de cada 7 cuadros cuelgan de las paredes del Edificio de Villanueva, sede principal del Prado. El resto de las obras o bien permanecen en los almacenes del museo, esto se conoce como Prado oculto, o se encuentran desperdigados a lo largo de toda la geografía española. Muchas embajadas nacionales en el extranjero se decoran con fondos del Prado. El Prado disperso es una realidad preocupante; a algunas obras se les ha perdido la pista, se encuentran en paradero desconocido. Las autoridades competentes deberán procurar que se exponga la totalidad de las obras. Una obra de arte que permanece en un almacén, a la espera de salir a la luz en alguna exposición temporal, por un breve período de tiempo, es como si no existiera. Los ciudadanos españoles y los visitantes de otros países tienen derecho a disfrutar de nuestro patrimonio al completo, sin que nos priven de tener una visión de conjunto. Solo si se exponen la totalidad de los fondos los visitantes podrán seleccionar aquello que realmente les interesa.

Pradoadicto