1.- Dos almas moran en mi pecho.— Que diría el Fausto de Goethe. No congeniaba don Miguel de Unamuno, tan fáustico en su obra como en su vida, con su propia alma hispánica, cuando, dejándose llevar de quijotismo, exclamaba : «¡Lo objetivo! Esa palabra que tanto odio». Cierto es que su pensamiento iba alternando, como saltando de un extremo a otro, en permanente lucha y desazón internas —de ahí lo del cristianismo como agonía—. Pero, en general, su entendimiento agónico del Quijote es más unamuniano que cervantino, más kierkegaardiano que católico. Quiero decir: la tradición local hispánica es realista, es objetiva, es romano-aristotélico-tomista, y su lema no puede ser otro que el contrario: ¡Lo subjetivo! Esa palabra que tanto odio.

—Pero acertaba plenamente don Miguel, en Del sentimiento trágico de la vida, al reclamar como nuestro un cristianismo de carne y hueso, sediento y hambriento de eternidad. Cierto es que el de la triste figura no tiene nada de realista, no tiene los pies en el suelo, y por eso es objeto de la crítica del Manco glorioso. Don Quijote es caballero de la fe, pero idealista al modo de Kierkegaard, necesita un Sancho Panza de contrapeso. Pero que todo lo contempla sub specie aeternitatis, de eso no hay duda, y por eso despierta nuestras simpatías. Yerra, a nuestro juicio, don Miguel, cuando caracteriza —o así parece— lo idealista-quijotesco como propiamente hispánico. Don Quijote es comedia, no tragedia. El Quijote delira, no acierta. La fe católica de nuestra Hispanidad no es idealista, no es quijotesca, es cervantina, que es cosa muy distinta. Como también es propiamente nuestra la entrañable y cristiana compasión que suscita en nosotros el de la triste figura.

2.- La escuela hispana es realista, tan realista como la mística de Tomás Luis de Victoria, o la piedad mariana de Francisco Guerrero. La objetividad que pretende, con ser de carne y hueso, es también profundamente mística. Es mística a secas, sólida, palpable como una imagen de Martínez Montañez, a la que no le falta ni el color. Sabe que el camino es la naturaleza de las cosas.

No empatiza con filosofías que tachan al tomismo de demasiado objetivista, como hace Wojtyla y el personalismo en general. Del axiologismo dice don Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad: «La filosofía de los valores, que ahora prevalece, viene a ser una forma eufemística de la teología». La mística española no procede de la teoría de los valores, ni del estructuralismo espiritualista, a lo Guardini; ni de encuentros sobrenaturales de carácter meramente privados, al margen del bien común social; sino de la inmersión objetiva en una traditio.

3.- Te ipsum, de te ipso, a ti mismo, desde ti mismo.— Enseña Hernando de Soto, contador y veedor de la casa de Castilla de su Majestad, en el emblema 37 de sus Empresas Moralizadas de 1599.

Y es que para vivir rectamente, conforme a su fin último, debe el hombre conocerse a sí mismo, saber qué es, de qué madera está hecho, qué le constituye y define. Ha de alcanzar la debida inteligencia de sí.

La pictura de las Moralizadas representa, de manera elocuente, de qué forma ha de realizarse, y con qué orientación, hacia lo alto: en la sabiduría de Dios encontrará claridad acerca de sí mismo, porque será reafirmado en la verdad que Dios ha impreso en su propia naturaleza.

La imagen representa un águila enseñando a sus polluelos a no resistirse al Sol de la verdad, sino a encontrarse con él y no evitarle, para conocerse y saber a qué atenerse. Sólo negando a Dios la mirada, sólo mostrando intolerancia a la verdad que le constituye, el polluelo sucumbe y cae rodando por la falda del monte hacia su ruina.

4.- Beber del Siglo de Oro, no de 1789.— El error de los errores, que aún padece el catolicismo de estos lares, es haber prestado una excesiva atención al pensamiento extranjero, dándolo por institucional, como si a él nos debiéramos. La mentalidad del catolicismo postconstitucional, en líneas generales, ha adoptado, por oficiosa, la cosmovisión de 1789, y ha entrado en crisis al intentar catolizarla; es la cosmovisión de la filosofía y teología francoalemanas, contra la que nos adviritió, aunque sin mencionarla, la Humani generis.

Ha sustituido a los juristas hispanos por Maritain, la metafísica de Báñez por la de Heidegger, a los místicos de nuestra tierra por Mounier y Marcel. Ha sustituido el perfecto, majestuoso y luminoso Cristo hispánico, que es el de Velázquez, por el oscuro y atormentado Cristo de Grünewald, que de tan humano, demasiado humano, parece nihilista. Y sólo digo parece.

Quedarnos con lo bueno de otros sistemas es sensato. Pero abandonar el nuestro para adoptar el ajeno, no lo es.

Ramiro de Maeztu, en su memorable Defensa de la Hispanidad, resume con precisión el mal que ha afectado a España desde el siglo XVIII, y la nueva esperanza con que el Señor nos habrá de liberar:

«Saturados de lecturas extranjeras, volvemos a mirar con ojos nuevos la obra de la Hispanidad, y apenas conseguimos abarcar su grandeza».

y 5.- El personalismo católico, kantiano y existencial, ha entrado en crisis.— El catolicismo de los valores inspirados en el humanismo cristiano, el que ha reemplazado el derecho natural por los derechos humanos; el de la libertad religiosa hegeliana, como autodeterminación; el del ecumenismo a lo renacentista, heredado de Pico de la Mirandola; el del manierismo axiológico, aprendido de Scheller; el del pseudoplatonismo antiaristotélico de de Lubac o von Balthasar, tan sobrenaturalista; el de la logoterapia frankliana y el sentido existencial de la vida; el del encuentro personal sobredimensionado, que no quiere credos ni doctrina, porque sostiene que la fe no es creer sino experimentar; este modelo de catolicismo está en crisis indudable.

No colapsa el modo hispánico sino que está por reinstaurar. Tendremos que recuperarlo y reaprenderlo, para recuperar la identidad que nos habrá de desligar de esta crisis; no colapsa nuestra traditio local, sino el paradigma de la nueva cristiandad laica, constitucionalista y aconfesional, institucionalmente agnóstica; el del naturalismo eudemónico, que piensa que el fin último absoluto es la felicidad terrenal; el del infierno vacío, que Dios nos quiere como somos; el del derecho subjetivo que mendigar al Estado; el del positivismo y la laicidad de tercer grado, el del método de inmanencia de Blondel; el de Dios es bueno y no castiga; el que confunde la ley universal con las norma generales, y las pretensiones individuales con el derecho natural; este es el catolicismo que está en crisis; el que ha desembocado en Amoris laetitia; el que, en un alarde de teología administrativa, considera el adulterio una mera situación irregular.

Creo que interesa mucho, por todo ello, aplicarnos la bella enseñanza de Hernando de Soto a nuestra condición de católicos, pero no en abstracto. Descubramos nuestra cultura, quiénes somos, nuestra fe murillesca, cervantina, teresiana y velazqueña. No nos refiramos a nuestra condición de católicos en abstracto, como idea, como huérfanos de tradición. Redescubramos que nuestra metanoia no se produjo en el aire, sino sobre el suelo de Santiago y de la Virgen del Pilar; que somos herederos de la cultura de Quevedo, de Bernal Díaz del Castillo o de Santa Teresa de Jesús, y de tantos otros de nuestros mayores.

Debemos re-conocernos a nosotros mismos partiendo de nosotros mismos, de la naturaleza de lo que somos y de los dones que hemos recibido; o más bien de lo que fuimos, que es pictura, también, de lo que seremos, si con la merced de Dios nos lo proponemos.

David Glez.-Alonso Gracián
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