En este año en que aún recordamos el 120 aniversario del desmembramiento definitivo del imperio español en el Desastre del 98, no son negativas todas las conclusiones que podemos sacar de este episodio, así como tampoco es anacrónico sacar a relucir una de las mayores gestas del momento enmarcado en la Guerra de Filipinas: El Sitio de Baler, suceso conocido y popularizado como “Los últimos de Filipinas”.

Con este exótico título, “los últimos” hace referencia a un destacamento de 54 militares y algunos religiosos que, al no recibir noticias de las últimas derrotas españolas, de la paz firmada con Estados Unidos y la definitiva cesión española de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, mantuvieron la posición, durante nada menos que 337 días.

Sería motivo de mofa, (y finalmente de respeto) para los americanos y filipinos observar como los españoles se debatían contra la enfermedad, el hambre y la muerte por, literalmente, restos de nada. “¿Es que no veis que hace meses que incluso la corona que defendéis se ha rendido?” dirían.

Situación la de “los últimos” que nos enseña ante todo un estilo y una actitud: La defensa de nuestro Credo, de nuestros principios y el cumplimiento del deber, no se rige por lo anacrónico que resulte a ojos de una sociedad cuya vocación de eternidad ha sido en todo anestesiada. Lejos de ello, esta defensa no responde, ni debe responder a otro motivo que el del bien y la verdad, eternos y universales por sí mismos.

Sucede que hoy entre los católicos, ha penetrado ese derrotismo tan ajeno a nuestro espíritu, por el cual hemos renunciado a librar unos dilemas que nuestra fe aún nos obliga, por el único motivo de lo anacrónico y escandaloso que supone tratarlos en pleno siglo XXI.

Tal es así que nunca nos hemos escandalizado como hoy por los atentados y persecución que sufre la familia, mientras que son ya décadas las que han pasado desde el último español que trabajó por la ilegalización del divorcio.

Nunca como hoy se han promovido tantas campañas bajo la consigna de “respeta mi fe” y similares en Change.org, mientras que nunca como hoy hemos encumbrado el derecho a expresarlo todo, sin límite y medida (incluso la blasfemia), como si se tratase del elemento dignificador de la persona.

Nunca en las Iglesias católicas se ha pedido tanto por el fin de la pobreza y del hambre, mientras que (ojalá solo) los fieles ya no cuestionamos, sino que asumimos títulos y aseveraciones tan atrevidas como que “el liberalismo no es pecado” y ya que estamos, que este tampoco es un gran causante de esta pobreza.

Nunca nos hemos escandalizado como hoy por la precoz y extrema sexualización de nuestros niños, al tiempo que nunca les hemos consentido tantos medios, costumbres, modas, tecnologías y licencias que les faciliten el acceso y desarrollo de esta sexualización.

Nunca como hoy nos vemos tan amenazados por los programas de género en las escuelas o velamos tanto por “la libertad de los padres para escoger la educación de sus hijos”, al mismo tiempo que la práctica totalidad de colegios “católicos” y de padres han renunciado a oponerse, hasta las últimas consecuencias si es necesario, a dichos programas. A rebufo e imitación claro, de sus últimos representantes.

Nunca como hoy se teme tanto un comienzo de la persecución religiosa. Y nunca como hoy hemos asumido y celebrado los principios que la preceden de la autonomía moral, de que fe y política deben seguir caminos separados (incluso contrarios) o que la sana laicidad y el Estado laico son la suma aspiración política del cristiano, materializado en el nuevo mandamiento que dice “no mezclarás”.

No se trata de lamentarse por la crisis en la familia, sino de atacar el drama, ejemplo y peligro que supone el divorcio para el matrimonio y para los hijos que lo sufran: “Pero como vas a prohibir el divorcio en pleno siglo XXI”.

No se trata de pedir respeto a la fe, sino de fomentarla desde la cultura, las escuelas e instituciones, de enseñarla en su grandeza y verdad, ya que más ofenden por desconocimiento que por odio. “Pero como la religión va a ocupar lugares públicos en pleno siglo XXI”.

No se trata de condenar la pobreza, sino de atacar a sus causas y raíz, como son las ideologías económicas, tanto socialismo como liberalismo: “Pero como vas a condenar nada en pleno siglo XXI”.

No se trata de escandalizarse por la hipersexualización de nuestros niños, sino de educar en la feminidad y buenas costumbres a tu hija; o en la honradez y en el sacrificio a tu hijo, de regalarles un libro en lugar de un móvil: “Pero como no van a tener móvil en pleno siglo XXI”.

No se trata de velar por el derecho de los padres para escoger la educación de sus hijos, sino por el derecho que tienen los hijos a ser educados en la verdad, independientemente de los deseos de los padres, y mucho más del Estado: “Pero como puedes hablar de verdad en pleno siglo XXI”.

No se trata de llorar por que se persiga a los cristianos, sino de buscar que entre Iglesia y Estado haya una “ordenada relación unitiva, comparable a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo” (Papa León XIII): “Pero como van a colaborar Iglesia y Estado en pleno siglo XXI”.

Los mismos católicos nos hemos inoculado el veneno que nos está destruyendo, a nosotros y al resto de la humanidad. El veneno que colabora en que seminarios y conventos se vacíen. El veneno que ayuda a que las apostasías crezcan, a que las vocaciones desaparezcan, a que los sacramentos se abandonen o a que los católicos perdamos el sentido de porqué lo somos, más allá de una lejana tradición familiar. Y es que, ¿qué razón de ser tiene lo católico “en pleno siglo XXI”?

Hemos olvidado, o no queremos entender, que milicia es la vida del hombre sobre la tierra y siempre lo será, ya sea el siglo II, en el XIX o el XXI. Consideramos que el progresismo de la técnica alcanzado por la humanidad debe ser preservado ante todo, por encima incluso de las ruinas que deje de toda fe. Los católicos consideramos, en el fondo, que hay ciertas luchas que son demasiado lejanas e incómodas como para ser libradas. Puede que incluso, llegada la hora, ni si quiera tendríamos claro el lugar en el que nos situaríamos. Y es por retirarnos de estos frentes, el motivo por el que vivimos estos dilemas. No son más que las consecuencias de anteponer los nuevos tiempos a las verdades eternas.

Hubo una vez 54 militares que defendieron Baler. Una causa perdida, en inferioridad numérica, con una corona que lejos de liderarles, había sido derrotada. “¿Cómo vamos a defender las fronteras en pleno siglo XIX, tras 1 año de abandono?”.

Pero lo hicieron. Porque había que hacerlo.

La trinchera actual ni se encuentra a miles de kilómetros, ni es defendida por desgracia, por 54 valerosos soldados. La trinchera actual ya rodea nuestros hogares, y parece que no tiene quien la defienda. Eso son cosas de otros tiempos.

No soñemos ya con una restauración o con nuevos tiempos que vendrán. Solo nos queda replegarnos y en todo caso, hacer frente a un omnipresente Gran Hermano, ante el cual cabe una única defensa, que solo será posible con las verdaderas armas antisistema. Y estas no son ni adoquines ni banderas negras. Ni la adaptación a los tiempos. Ni las urnas cada 4 años. Ni las nuevas y falsas promesas de colores, lobos vestidos de corderos.

Recuperemos el espíritu del deber y obediencia a la Iglesia, más allá de oportunismos, utilitarismos o anacronismos. Derribemos los complejos y trabajemos en pleno siglo XXI por dinamitar los cimientos de este gran Leviatán que hoy nos aprisiona.

Y si el problema son las modas, costumbres y comunidades del pleno siglo XXI, regresemos a las modas, costumbres y comunidades que nunca pasan, que permanecen y permanecerán por los siglos de los siglos. Podemos hacerlo por las buenas o por las malas. Pero muchos empezamos a tener esa incómoda mosca detrás de la oreja que nos dice que en pleno siglo del arribismo, aggiornamento y complacencia, empieza a ponerse el sol.