No hay comprensión acabada de Europa si le falta la perspectiva americana. Tampoco es posible saber qué es América si se deja de lado a Europa. Ambas están de tal manera vital e históricamente enlazadas. Europa es la raíz y la cabeza de América. Y América es el fruto y el cuerpo de Europa.

La pregunta que se nos plantea, pues, a nosotros americanos, en cualquier etapa de nuestro desarrollo histórico, es a qué punto de sazón hemos llegado como fruto europeo y cómo sigue nutriéndonos esa vieja raíz común que continúa dándonos la vida. Quizás los europeos debieran preguntarse, hoy, frente a ciertas realidades americanas, qué es lo que éstas le devuelven, a modo de espejo, que les haga más conscientes de su propia identidad. Algo de esto trataremos de analizar en las líneas que siguen.

I. Europa y América, una doble relación.

Para iniciar nuestro estudio comenzaremos por distinguir una doble relación entre Europa y América. La primera de ella es ontológica o fundacional. Llámasela, si se quiere, primaria o primera. La segunda, que sigue a ésta, es una relación vital o existencial. Así, pues, como si se tratase de un viviente, distinguimos en América un acto primero que es su ser, y actos segundos, que son sus operaciones, a saber, las vicisitudes de su devenir histórico. Y esto siempre con relación a Europa. Porque América es Europa. En este sentido, parafraseando a Hilaire Belloc, no se puede dar un punto de vista americano de Europa, sencillamente como no se puede dar un punto de vista de un hombre respecto de sí mismo. Sólo hay una conciencia de un hombre respecto de sí mismo. Sólo hay una conciencia americana de Europa.

1. La relación originaria: el ser de América.

América comienza a ser a partir de que Europa (y en el caso particular de Hispanoamérica, Europa se ha de decir España) la descubre. A pesar de tanto indigenismo frívolo y antihistórico -por desgracia hoy crecientemente dominante en círculos intelectuales de aquende y allende el Océano- lo cierto es que América nace como entidad histórica a partir del Descubrimiento.

Hay un hecho, rigurosamente histórico y, por ende, irrecusable: el hombre americano no descubrió a América. Es al hombre europeo (y al europeo en su máximo grado de madurez, esto es, el hombre cristiano español de los siglos XV y XVI) al que estuvo reservado ese descubrimiento. Y cabe preguntarse, en consecuencia, ¿por qué el hombre americano no es el descubridor de su propio mundo, por qué la inmensa América estuvo, está y estará siempre velada al hombre americano, si tomamos este adjetivo, americano, en su absoluta e indígena originalidad? Tal vez pueda darse a este interrogante más de una respuesta. Sin embargo, la más convincente es, a nuestro juicio, la que hace pié en la diversa -y aún opuesta- relación hombre -mundo que caracteriza al europeo respecto del indígena americano. El europeo concibe al mundo como su habitáculo; habitáculo, además, hecho a su medida. Desde el universo helénico de Platón y Aristóteles hasta el mundo cristiano medieval, el europeo guarda con el cosmos una relación de esencial connaturalidad y conmensurabilidad. El cosmos es humano, está hecho a la medida del hombre y constituye el espacio físico adecuado para la vida humana. Este espacio es “agobiado” de historia, poblado, significado y resignificado por el hombre. Resulta, así, un cosmos humanizado e historizado. El europeo descubre al cosmos; y en este acto de descubrimiento el cosmos es asumido por el espíritu, llega a ser parte del hombre y el hombre parte de él en una suerte de infusión mutua.

“El cosmos grecoeuropeo -escribe Alberto Caturelli a quien estamos glosando en este punto- ha sido de-velado, des-cubierto por el espíritu del hombre hasta hacerlo connatural a él; y sobre él ha agregado, sobre el cosmos des-cubierto, toda la obra de la cultura, del arte, de la ciencia y ahora de la técnica; esta especie de agregado se comporta no como un simple agregado en el sentido de yuxtapuesto a lo originario, sino como asumiendo el mismo cosmos por una especie de intususcepción metafísica, hasta el punto de hacer olvidar y desaparecer la originariedad del mundo físico”.

Pero en América la situación es inversa. El indígena americano ha sido incapaz de asumir al mundo como si éste fuese su casa, su habitáculo. Para él, el mundo es un espacio no connatural y no conmensurable. Es, además, un cosmos hostil, poblado de fuerzas enemigas que obligan a un enfrentamiento agónico constante. Así, el espacio americano resulta siempre algo vacío, velado, cubierto y clausurado. Aún no aletea sobre él el espíritu del hombre, aún no se ha llevado a término esa “intususcepción metafísica” de la que habla Caturelli. América es muda. No ha sido ceñida por la historia ni por la cultura. Es que el indígena no estaba aún en posesión de aquella visión del mundo que caracterizó al europeo: para el americano él era una parte infinitesimal del mundo pero el mundo, a su vez, no era parte de él. Por eso está perdido en la vastedad sobrecogedora del inmenso suelo cuya realidad física originaria se le impone.

Todavía hoy resulta muy difícil, para nosotros, americanos europeos, sobreponernos a la sensación opresiva de nuestros inmensos espacios. No es solamente aquella “tristeza que sugiere la pampa como desde profundidades abisales” sino, también y sobre todo, la inmensa estepa patagónica ante cuya vista se hace imperioso -para no ceder a la angustia- volver con la imaginación y la memoria, una y otra vez, a los viajes de Magallanes, esas últimas estribaciones del descubrimiento español las únicas capaces de rescatar la tierra del abrumador silencio metafísico.

Esta es la razón (al menos la razón principal) por la que sólo el europeo pudo descubrir América y, en el acto de su descubrimiento, ponerla en el ser histórico. No hay historia americana, propiamente hablando, anterior al Descubrimiento. Hay sí una materia previa, en mayor o menor medida rica en disposiciones receptivas, en la que el genio europeo va a infundir, a modo de forma, el espíritu humano y con él la historia misma.

La historia de unos pueblos aborígenes, dotados de una bondad natural y adornados de todas las virtudes imaginables, avasallados y destruidos por la codicia y la crueldad españolas, no es historia verdadera sino tan sólo una ficción ideológica elaborada por los centros anticatólicos y antihispánicos procedentes, sobre todo, del mundo anglosajón y protestante. Los argumentos de los indigenistas no tienen ningún asidero histórico. Y por más que tiendan a sobrevalorar las expresiones culturales de las sociedades llamadas precolombinas (que nadie niega en su justa medida y que constituyen, precisamente, esa materia previa de la que hablamos) no pueden ocultar el hecho de que Europa -y nos referimos ahora esencialmente a España- no sólo trajo la Fe, y realizó consiguientemente la implantatio Ecclesiae, sino que con ella trajo la historia por la que realizó, además, la implantatio Civitatis. Europa, en efecto, fundo en América, la Ciudad Cristiana en el punto de evolución en que ella se encontraba en el momento del Descubrimiento; pero, también con toda su historia antecedente y toda la virtualidad de su posterior desarrollo histórico. Sólo en América realizó Europa esta magna obra. Por eso, con total acierto, dice Belloc que hay “una civilización común a los americanos y europeos, cuyo poderío ha establecido guarniciones, por así decirlo, en Asia y África”. Pero una cosa es establecer guarniciones y otra muy distinta fundar la Polis en cuyo seno va a tejerse la historia y la vida del hombre.

2. La relación existencial: devenir y destino de América.

A partir del hecho originario -el Descubrimiento- se suceden todos los otros hechos de la historia americana. Se trata de una larga y azarosa historia de cinco siglos, llena de agudos contrastes en lo que respecta a la relación de este lado del mundo con la vieja Europa.

Para comenzar a entender algo de esta historia de contrastes no se ha de perder de vista un hecho de no poca relevancia, a saber, que la Europa descubridora de América es la del siglo XVI cuando tenían lugar en ella el desgarro de la Reforma, la separación de Inglaterra, la Contrareforma Católica (cuyo adalid fue España) y el Concilio de Trento. Esto significa que muy poco o nada de la Europa medieval fue recibido en el Continente americano. Hay, entre nosotros, algunos autores que han señalado este hecho como una suerte de “falla original” de América que signa todo su destino ulterior y explica esas relaciones contrastantes a las que nos acabamos de referir. Es verdad que la Europa del monacato, por ejemplo, estuvo ausente de nuestra formación religiosa y civil. Nuestros pueblos americanos se formaron bajo la dirección espiritual de las órdenes mendicantes y, sobre todo, de los jesuitas. Es decir, es la Europa moderna la que se trasplantó a América y esto -señalan tales autores- nos deja un vacío histórico insalvable y es el origen de muchos de nuestros desencuentros.

No negamos la verdad de este juicio. Pero creemos que ella ha de ser adecuadamente matizada. De cualquier manera, lo que nos llegó por la vía de España no fue la Europa moderna, en lo que esta acepción tiene de negativo en cuanto ruptura con la Tradición. Al menos hasta que se cerraron los ojos del último Austria menor -y aún algo más allá- la América Española se mantuvo ajena al espíritu de la Modernidad. Puede discutirse, hoy, si Trento y la Contrarreforma expresan o no la plenitud de la Tradición Católica y si en esta gran empresa de preservación de la Fe frente a la herejía no se pierde una buena parte de esa Tradición. Pero este es otro asunto. Lo cierto, a nuestro juicio, es que no hay evidencias suficientes para sostener que la América Española sea hija de la Europa moderna. Después de todo ¿no fue la España descubridora aquella que Menéndez Pidal llamó “la de los frutos tardíos”, la de los Reyes Católicos y sus descendientes que prolongaron el espíritu medieval hasta bien entrada la Modernidad? Todavía pueden verse, en ciertos sitios de América, expresiones de aquella medievalidad tardía en el trazado de algunas ciudades que conservan cierto porte medieval (el caso de Guanajuato, en México, es un ejemplo de ello) o de algunas iglesias en las que, junto al barroco americano, pueden apreciarse ciertos “toques” de gótico isabelino como el que luce, con todo esplendor, San Juan de los Reyes, en Toledo.

Es sólo desde del momento en que empieza a ganar terreno el espíritu moderno en la Península (a partir del cambio de Casa Real) que ese espíritu se cuela, bien que lentamente, en estas provincias trasatlánticas del Imperio. La expulsión de los jesuitas, por orden de Carlos III, bajo la influencia de sus ministros masones y liberales, marca -quizás- el hito más significativo en el proceso de despañolización de la Gesta Descubridora y Evangelizadora de España. Se observa, entonces, un hecho particularmente interesante: al mismo tiempo que la Modernidad hace pié en América, sobre todo en las llamadas “clases ilustradas”, el viejo espíritu tradicional y católico se abroquela y se conserva en los estratos aristocráticos y bajos de los pueblos americanos. A lo largo de todo el siglo XVIII este fenómeno signará la vida americana.

Se explica, así, lo que ocurrió a lo largo del siglo XIX con sus guerras de “independencia” y la progresiva desmembración del Imperio. En esas guerras se enfrentaron ejércitos que, en su esencia, eran tan españoles unos como los otros. Ramiro de Maeztu no duda en calificarlas de “guerras civiles”, es decir, de guerras internas. Lo que queremos decir es esto: el Imperio se perdió tanto en América cuanto en la Península. Pero no se enfrentaron solamente ejércitos en estas guerras. Chocaron, también, fuertes grupos políticos, sociales y culturales que representaban, a su modo, dos mundos distintos: el de la vieja hispanidad católica y la Ilustración, llamada aquí “europea”, pero que no fue otra cosa que la versión española -o mejor, peninsular- del espíritu moderno. En efecto, en nada se distinguían nuestros “doctores” liberales criollos de sus homónimos peninsulares como en nada se distinguían, en lo que hubo en ellos de mezcla de tradición y ruptura a la vez, nuestros generales libertadores de sus equivalentes europeos. Un jefe militar “godo” no era demasiado diferente de un jefe militar “patriota”.

Lo cierto es que a lo largo del siglo XIX Europa significó cosas bien distintas para los americanos según el caso. Para el pequeño, pero muy activo, grupo de liberales, inflamados en las “nuevas ideas”, la palabra Europa ejerció un fuerte atractivo político y cultural: era la “civilización”, el “progreso”, la “ciencia”, la “libertad”. Lo hispánico, por el contrario, representaba la “barbarie”, el “oscurantismo”, la “opresión”. En Argentina, por ejemplo, Sarmiento introdujo la disyuntiva “civilización o barbarie” en la que el primero de los términos se identificaba con lo europeo (fundamentalmente, francés e inglés) y el segundo con lo criollo, hispánico y católico. Por su parte, las clases aristocráticas y populares miraban con desconfianza, y aún con desprecio, todo lo que tenía un rasgo europeo o europeizante. Estos mismos elementos los hallamos presentes, y aún agudizados, a lo largo del siglo XX. En tales contradicciones y ambigüedades ha transcurrido nuestra relación con Europa.

II. Europa y América, una mutua incomprensión

Si nos hemos demorado en describir esta doble relación entre América y Europa es para poder entender mejor el punto central de nuestro análisis, a saber, la posibilidad de establecer una adecuada comprensión de Europa desde América pero, también, de ésta desde Europa. Es nuestra convicción que, como resultado de tantos desencuentros históricos y de tantas vicisitudes, existe en el presente un muro espeso de incomprensiones y de desconfianzas mutuas.

Para la Europa de hoy, América (y nos referimos a la América Hispánica, fundamentalmente, pues la anglosajona guarda respecto de Europa otra relación bien que distinta como que se trata de una historia distinta) resulta un hecho incomprensible. Esta multitud de “repúblicas”, fragmentos del otrora poderoso Imperio español, se exhibe como un complejo cultural, social, político y económico ajeno, por completo, a los parámetros que conforman eso que aún se sigue llamando Occidente y que representa, en general, para el europeo medio, sencillamente la civilización. Claro está que esta Europa hace tiempo que ha dejado de ser la heredera de la vieja civilización grecorromana y de la Fe cristiana. ¿Quién está dispuesto a suscribir, en la actualidad, en los ambientes culturales preponderantes de Europa, aquella afirmación tan rotunda de Belloc: la fe es Europa y Europa es la Fe? Si definimos a Occidente, y a Europa, como aquel plexo de valores constituido por la unidad lingüística indoeuropea, la filosofía del realismo, la antropología que ensalza la dignidad y la libertad de la persona, todo ello en clave cristiana (Dios Uno y Trino, Creador y Redentor) la conclusión es que ese Occidente, esa Europa ya no existen. Hace tiempo que, al decir de Gómez Tello, Europa ha dejado de ser una pasión y sólo es un mercado.

Pero también para nuestra América cabe un reproche similar. Ella se ha alejado de la vieja Europa en la misma medida en que se ha alejado de sí misma. Y esto vale tanto para una visión eurocentrista que sólo atiende a una visión iluminista y moderna de Europa cuanto para las variadas formas del extravío indigenista cuyos voceros suelen ser recibidos y escuchados en los foros de la Europa actual a la que acusan de colonialista, genocida y demás majaderías del lenguaje ideológico al uso.
La pregunta es ¿qué podemos esperar en el futuro?

III. Hacia una conciencia americana de Europa y una conciencia europea de América.

El futuro está en nuestras manos en la medida que europeos y americanos nos dispongamos a recobrar la conciencia de nuestra raíz común. Raíz que, para bien y para mal, compartimos. Así toca a América reconocerse como el corazón y el cuerpo vivo de esa gran cabeza europea que al descubrirla la puso en la existencia. A Europa corresponde redescubrirse a sí misma como condición indispensable para volver a descubrir a América.

Ambas cosas tienen una dimensión ontológica. Se trata, en efecto, del ser de Europa y de América. En definitiva, del ser de la Civilización hoy amenazada por igual aquende y allende el Océano.

El futuro se escribirá, pues, en clave de una conciencia europea de América y de una conciencia americana de Europa. No sabemos cuánto habrá de uno y de lo otro o qué conciencia marcará el rumbo a la otra. Posiblemente se tratará de un proceso combinado y recíproco al que estamos llamados por igual los que aún conservamos viva la memoria de nuestros orígenes.

Decía León XIII que cuando una comunidad se pierde no hay otro modo de restaurarla que volviendo a los principios que le dieron el ser. Y de esto se trata, precisamente.

Post scriptum

Este trabajo fue redactado en septiembre del año 2002 y publicado en la Revista Altar Mayor. Al releerlo, más de cinco lustros después, se advierte que algunas afirmaciones resultan hoy un tanto desactualizadas. De hecho, la situación europea se ha tornado notoriamente más grave: el avance del Islam, la imposición de un falso humanismo – de la mano de una gobernanza mundialista- con sus secuelas de aborto, ideología de género, sanción de leyes inicuas so capa de “derechos civiles”, las todavía no bien definidas y equívocas reacciones nacionalistas que intentan oponerse a la asfixiante globalización, son apenas los males más destacados que sacuden en estos días a la Vieja Europa, otrora cuna de la civilización cristiana. Por su parte, América también ha sufrido un fuerte impacto de esos mismos males de modo que aquella suposición de que “los europeos debieran preguntarse, hoy, frente a ciertas realidades americanas, qué es lo que éstas le devuelven, a modo de espejo, que les haga más conscientes de su propia identidad” no parece tan firme como antes. Hispanoamérica ya no es el “continente de la esperanza”. Por todo esto, es hoy más urgente que nunca que europeos y americanos volvamos juntos nuestra mirada a aquellos principios que nos dieron el ser los únicos que, más allá de las mudanzas de los tiempos, tienen la clave de nuestro destino.

Mario Caponnetto