En estos días de diciembre, la casta política que dice representar España, se manifestará dividida entre los que desean preservar el Régimen constitucional del 78, los que pretenden reformarlo -sin decir el alcance de los cambios- y los que simplemente pretenden derrocarlo. Para estos últimos, dinamitar el orden constitucional, no es por un amor a la justicia sino por odio a España, creyendo que la Constitución es su salvaguarda. De ahí que por mera reacción otros se afanen en defender un texto constitucional, que probablemente no hayan leído, a toda costa, identificando equívocamente ordenamiento jurídico y Patria.

Los aquí presentes no pertenecemos a ninguna de estas facciones o posturas. Si algo nos ha enseñado la historia es que, desde la Revolución francesa, se ha generado una falsa dialéctica para ocultar las Patrias bajo disfraces de Naciones-Estado y estructuras burocráticas. Unas veces se han presentado como democracias y otras como regímenes tiránicos, pero siempre con el denominador común de ser totalitarismos. Son totalitarismos porque las modernas tiranías y democracias pretenden abarcar y regular la totalidad de la vida social.

La falsa dialéctica de la modernidad se expresa siempre bajo conceptos opuestos como liberales contra absolutistas; progresistas contra conservadores; separatistas contra unionistas; demócratas contra fascistas, y todo tipo de falsas oposiciones que se nos puedan ocurrir. Pues los aquí presentes no pertenecemos a ninguna de estas dualidades, a ninguno de estos términos.

Los que nos llaman, conservadores, constitucionalistas, unionistas, lealistas, yerran. Ninguno de estos conceptos es capaz de abarcar lo que esconden nuestros pechos y encierran nuestras mentes.

Los que nos llaman, conservadores, constitucionalistas, unionistas, lealistas, yerran. Ninguno de estos conceptos es capaz de abarcar lo que esconden nuestros pechos y encierran nuestras mentes. Si algo nos puede definir es el ser catalanes hispanos. La catalanidad hispánica se asienta en un principio: la Patria no la configura ni la une una armadura administrativa, ni siquiera una Constitución escrita plasmada en papel. Lo que une un cuerpo social es su alma colectiva plasmada en una Tradición escrita con fuego y sangre en las generaciones que la componen a través del paso de los siglos. Todo cuerpo social si carece de alma, está muerto y condenado a la disgregación. Las constituciones, leyes y reglamentos, o las fuerzas policiales y judiciales, solo pueden ralentizar el proceso, pero nunca revertirlo.

Sabemos que para muchos se hace casi imposible comprender que el separatismo que arrecia nuestras tierras, y del que legítimamente se lamentan, tiene su causa en el propio Régimen del 78 en el que cifran sus esperanzas contra el propio separatismo. Es un extraño bucle que -insistimos- pocos quieren o pueden ver. Sólo se nos ocurre un simple argumento para refutar esta contradicción: si la Constitución del 78 ha consagrado el relativismo moral y el positivismo jurídico, ¿qué impide que germine en su seno el separatismo? Si la propia Constitución tiene sus mecanismos de cambio de contenidos en su articulado, ¿qué le impide autodisolverse? No podemos caer en la ilusión de los ilusos que desconocen los mecanismos internos del texto.

Sabemos que para muchos se hace casi imposible comprender que el separatismo que arrecia nuestras tierras, y del que legítimamente se lamentan, tiene su causa en el propio Régimen del 78 en el que cifran sus esperanzas contra el propio separatismo

España empezó a agonizar, no sólo con la desintegración del imperio de la Monarquía Hispánica, cuando los ilustrados afrancesados que redactaron la Constitución de 1812, fundamentaron la esencia de la nación no en la Tradición, sino en el voluntarismo de constituirla. La Voluntad del Pueblo o la Soberanía (absoluta) Nacional, son hermosos términos que esconden la defunción de un cuerpo social vivo. Los que creían que el texto de 1812 estructuraba definitivamente la nación, no pudieron prever la flaqueza de este tipo de Régimen. A la Constitución de 1812 le sucedieron las de 1837, 1845, 1860, 1869, 1876, 1932 y 1978. ¿Quién puede garantizar que esta última sea la definitiva?

Cómo comparar estos 40 años de Régimen que para muchos han traído liberta y progreso, pero que para nosotros, nos ha abocado colectivamente al libertinaje de los cuerpos y la esclavitud de las almas. Y qué son estos cuarenta años comparados con casi medio siglo, cuando en 1519 el primer catalán pisaba Cuba. Se trataba de Joan Millan, consejero de Diego Vélez, que según los cronistas se casó con una india y evangelizó a los nativos con que se encontró. Se cumplía lo que siglos después diría el historiador Herbert Bolton: “en las colonias inglesas, los únicos indios buenos eran los indios muertos; en las españolas se pensó que valía la pena formar a los nativos para esta vida y para la siguiente”.

Se cumplía lo que siglos después diría el historiador Herbert Bolton: “en las colonias inglesas, los únicos indios buenos eran los indios muertos; en las españolas se pensó que valía la pena formar a los nativos para esta vida y para la siguiente”.

Desde la llegada de los primeros monjes montserratinos a las Américas, en el segundo viaje colombino, nunca faltaron catalanes allende los mares para Defender es gran pequeña Cristiandad que fue la Hispanidad como fruto de la Monarquía Hispánica. Los caídos que honramos en este mausoleo procedentes de la última Guerra de Cuba (1895-1898) y la Hispano-americana (1898), se enlazan con una saga multisecular de catalanes dispuestos a dar su vida por España. Fueron los dignos continuadores del tercio de Barcelona fundado en 1678 para combatir a 20.000 franceses que habían profanado el suelo patrio en una infatuada invasión. Este Tercio luchó en la Guerra de Sucesión a favor de los austracistas y en 1720 a favor de los borbones, pero siempre al servicio de España.

Con el tiempo, el tercio se transformó en la Compañía Franca de Cazadores de Cataluña. Recorrieron Cuba, Nueva España, exploraron la Alta California, descubrieron la bahía de San Francisco, y llegaron hasta Nutka en Alaska. Ahí lucharon contra los ingleses a finales del siglo XVIII. Nuevas generaciones de catalanes encuadradas en ese cuerpo militarlos los hallamos en 1928 nuevamente en Cuba, en 1860 en la Guerra de África y nuevamente en 1898 en Cuba. 734 catalanes, aquí yacentes, estuvieron ahí presentes. En 1904, el Ayuntamiento de Barcelona promovió la construcción de este Mausoleo. El arquitecto responsable -Pedro Falques- extrajo las piedras de la Montaña de Montjuic, la misma cantera que sacaban las piedras para construir la Sagrada Familia; de la misma montaña que en 1936 fue testigo de tantos asesinatos en 1936 ordenados por Companys.

Desde la llegada de los primeros monjes montserratinos a las Américas, en el segundo viaje colombino, nunca faltaron catalanes allende los mares para Defender es gran pequeña Cristiandad que fue la Hispanidad como fruto de la Monarquía Hispánica.

Hasta el inicio de la Guerra Civil española, cada Día de los Fieles Difuntos, este mausoleo se llenaba de familiares que lo ornamentaban con flores y rezaban a sus parientes caídos por la Patria en Ultramar. Tras el terrible conflicto bélico se perdió esa tradición, que fue retomada en estas últimas décadas por centenares de jóvenes patriotas que no quieren perder sus raíces catalanas y españolas. Deseando que esta tradición se reafirme y prolongue en el tiempo, hemos vendido aquí a rendir honores a los héroes que aquí descansan. Con ellos celebramos la Tradición hispana viva que se opone al totalitarismo del Estado jacobino que produjo la Revolución Francesa, y el capitalismo salvaje y deshumanizador que implantó la revolución inglesa.

Somos herederos de estos sencillos catalanes a los que el vicense Francesc Camprodón compuso estas estrofas:

”… Lo crit de terra germana

Los espanyols de l´Habana

Saludan a Catalunya

Si la traició refunfunya

Esperant vencer, s´enganya

Gent de la nostra calaña

No agarra el fusell en vá

Cuba no es per, ni es pedrá,

Es d´Espanya y ¡Viva España!”

Javier Barraycoa