En estos tiempos tenebrosos que atraviesa nuestra Patria —Patria, sí, porque España no se llama “este país”—, donde estamos ya enfilando por la proa el infernal Triángulo de las Bermudas en el que seremos abducidos por la nave nodriza del globalismo, donde el hedor de un país en fase insepulta y la cochambre apocalíptica de una sociedad entregada a una decadencia pasmosa hacen el ambiente totalmente irrespirable y amenazan con una depresión marca “posEspaña”, hace ya tiempo que me he entregado a la aventura de crearme una realidad virtual con la que fugarme del Himalaya de mugre, de rojerío, de luciferismo que ha sepultado la España en la que nací, la España que amé.

¡Ay, España mía, España de mis amores!… ¿Cuándo podré recuperar las cítaras que colgué de tus sauces el malhadado día en que descubrí que una tribu de psicópatas paniaguados por los prebostes globalistas se habían apoderado de tu pueblo, de tu historia, de los medios de comunicación, de los hemiciclos, de la bolsa y la vida de tus hijos, amamantados a tus pechos como héroes invencibles, pero tristemente transmutados en sibuanas, en lacayos que ponen guirnaldas en el cuello de sus carceleros musitando alohas, en corderitos de ojos acuosos trotando por páramos devastados por la tolvanera del NOM?

¡Ay, mi España!, ¡yayayay!…Me enamoré de ti en mis años mozos, cuando eras lozana, gallarda, hermosa como las azucenas, plena de adoraciones nocturnas, de toros enamorados de la luna, de banderas sanjuanadas, de arribaspañas; eras un prodigio de belleza, refulgente de paz, de prosperidad, de orden, de armonía, de estabilidad, de catolicismo, de patriotismo, de educación, de respeto, de trabajo y esfuerzo.

¡Ayayay, mi España!… Las hordas democráticas te han desfigurado el rostro, felones de toda la canallería satánica saltaron a tu yugular, manadas del Averno violaron tu majestuoso vientre, y hoy ya no te reconozco, hasta el punto de que me es insoportable tu visión, que me anego en lágrimas cuando contemplo el dantesco espectáculo de este aquelarre impúdico en el que te despedaza la mayor inmundicia de políticos que jamás se vio.

Tan insoportable es verte hoy así, desgreñada, arrastrándote por los oscuros callejones del apocalipsis; tan doloroso es contemplarte recordando tu esplendoroso pasado, la España en la que crecí, que, cuando abandono por un momento las barricadas y trincheras donde combatimos los pocos patriotas que quedamos, me sumerjo en un mundo paralelo, en mi Disneylandia privada, en escenarios y aventuras de la historia que ejercen sobre mí una especial fruición, que actúen como bálsamo contra la barbarie que me acosa.

Y es así como desearía con todas mis fuerzas recrear en algún artilugio tecnológico esa España que me crió, esa España de la que me enamoré hasta los tuétanos: la España de Franco. Sí, en mis delirios ansío crear una España virtual exactamente igual a ésa, ese mundo perfecto donde refugiarme de tanto feísmo, de tanta cutrez, de la chabacanería que anega España como un fangoso río de chapapote negro y maloliente.

¡Qué esplendorosa fulges en el NO-DO, España mía! Todas las demás películas y documentales sobre mi España son muerte y solo muerte, mentira y solo mentira… Por eso también con frecuencia me recreo en aquellos tiempos de catedrales y abadías, de caballeros en cota de malla y damiselas de altos tocados jugando a lizas y amores corteses, de señores de pelucas empolvadas y valses azules, de cumbres borrascosas escenificando pasiones románticas, de dragones sobrevolando tronos y palacios…

Pero confieso mi predilección por el “péplum” y el mundo bíblico. Sin ir más lejos, estos días he vuelto a ver las hazañas de Sansón, el gigantón hebreo al que Dios concedió una fuerza sobrehumana, la cual le llevó a destrozar un gran ejército filisteo armado solamente con una quijada de asno. De quijada pasé a Quijote, lo cual inevitablemente me llevó a imaginar a un Sansón español —preferiblemente con bigote, aunque de menos altura y más regordete— que, armado con una hermosa quijada, desmembraba él solito a la tribu de felones, blasfemadores/as, insultapatrias, asaltacapillas, gilindepes, orcos, trolls, saurones, íncubos y súcubos, y toda la ralea de especímenes infernales que devastan España en la hora actual. ¡Qué espectáculo sería!

Aunque también mis ensoñaciones me llevan a imaginar a un Sansón muy distinto, más actualizado, con un rostro como de Chuck Norris, que en un vértigo destructivo inigualable daba quijadazos como panes a las tribus del Tártaro, lo cual viene a ser como la justicia del “Tío de la Vara”, pero más a lo bestia. No olvidemos que si los dinosaurios miraron mal a Chuck Norris una vez —UNA SOLA VEZ—, ¿qué no hará con esta turba malencarada de comunistoides y sacamantecas? Bastaría que les señalara con su dedo índice y dijera: “¡Bang!”, o que mirara a Monte Pelado y dijera: “¡Boom!”.

Y también sueño con un Sansón muy particular de nuestra geografía: el Capitán Trueno, héroe de mi infancia, repartiendo estopa deluxe a tanto malandrín antiespañol que nos ha caído como plaga de langosta.

Como ven, hasta mis escapadas de relax acaban inexorablemente en las barricadas y las trincheras de esa “Línea Maginot” que vuelve a dividir las dos Españas. Y, puestos a imaginar, adivinen qué escenario sería el más perfecto para que un Sansón español —vuelvo a repetir que con bigote y bajito, si fuera posible— apalizara a las hordas del Tártaro: quizá por aquello de que soy andaluz, esta escena tendría lugar en el puerto de Despeñaperros-flauta. Grandioso escenario para la escabechina final, ¿no les parece?

Por supuesto, también sueño con Viriatos, con Pelayos y Empecinados, con Agustinas de Aragón, con Grandes Capitanes, con Daoíz y Velarde… con Generalísimos y Caudillos, sean del Tajo o de Melilla.

Pero les confieso que mi sueño favorito es cuando veo descender del Cielo la caballería celestial formada por los ángeles pretorianos, comandada por san Miguel y el mismo Cristo, destrozando implacablemente a los esbirros de Satanás —con especial fijación en los que pululan por España— con tremendos mandobles, asestados, más que con quijadas de burro, con cuernos de Bafomet. Colosal, homérico…

Sí, porque, como diría Luther King —con perdón, porque ya saben que aborrezco los anglicismos—: “I had a dream”.

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