EN EL PALACIO DE BIBLIOTECAS Y MUSEOS. SOLEMNE ENTREGA AL SR. MENÉNDEZ PELAYO (x) DE LA MEDALLA DE ORO QUE LE HAN DEDICADO SUS ADMIRADORES CON OCASIÓN DE HABER SIDO ELECTO DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
  

SEGUNDO PÓRTICO

Inevitablemente, la deuda de Menéndez Pelayo con la filosofía de su siglo no podía ser muy amplia, de puro limitada: juzgará con dureza el neoescolasticismo, que considerará algo caduco en sus presupuestos en su negativa a ir más allá del Aquinate; condenará integralmente el krausismo, tanto por su cuerpo doctrinal importado del extranjero como por su espíritu de secta infectada de masonería, que no cesará de denunciar; sí mostrará sus simpatías, no obstante, por Donoso y, sobre todo, por Balmes, aunque diferenciando con milimétrica precisión el pensamiento de sendos autores, que considera el anverso y el reverso de la misma medalla. Pero sus influencias determinantes vienen de más atrás, concretamente de la filosofía de un autor capital y hoy un tanto minimizado: Juan Luis Vives; por esta razón, Menéndez Pelayo se declarará “vivista”. No obstante, no todo termina en Vives.

Sus influencias fuertes provienen también de la filosofía escocesa, de una serie de ingenios hoy considerados menores pero considerables en su día. Manifiesta ciertos reparos ante los sistemas de la filosofía alemana, pese a su especial predilección por Schiller y Hegel. Con excepción de algunas perlas de su literatura, desdeña cordialmente todo aquello que provenga de la verbalista Francia, galofobia que denota también un profundo resentimiento histórico. Su segunda patria, para él, es Italia o, más concretamente, Roma. Rechazará las filosofías orientales. No así los clásicos grecolatinos, que conoce como la palma de su mano. La literatura latina es otra de sus debilidades, con una predilección cierta por el cordobés Séneca, que no duda en considerar, en justicia, el padre de la filosofía española.

Filólogo nato, traductor eximio, Menéndez Pelayo es el primer español que, de primera mano, se ha adentrado en los más extraños títulos, en las más arcanas filosofías, descifrando con ojo de lince en unas horas o unos días lo que otros apenas hubieran despejado torpemente en varios meses o años de extenuante trabajo. Lo ha leído casi todo, es capaz incluso de memorizar y localizar los capítulos, los párrafos, las líneas exactas de determinados libros, conocidos o raros. Su prodigiosa memoria desorienta a cualquier mortal normal y corriente. Su bibliofilia deviene obsesión, por no decir patología: la suya es la biblioteca privada más abultada de la Europa de la época: al morir, sus estantes acopian más de 40.000 volúmenes, algunos de ellos de valor incalculable.

Ante tamaña suma de conocimientos, cualquier profano podría pensar que don Marcelino fue una especie de erudito local, de esos que tanto proliferaban en el siglo, un intento de filósofo ecléctico sin un pensamiento realmente propio, un autor de tercera fila asfixiado en su polvorienta mastaba de libros. Pero nada de esto es así. En esta época atestada de especialistas dedicados de por vida a exprimir dos o tres temas, la prodigiosa fecundidad del polígrafo se nos antoja, más allá de la pura provocación, el fruto más cumplido de dos conquistas infrecuentes en todo escritor íntegro: la pasión por la verdad y el buen uso de la libertad. Él, que nunca sucumbió a esa tierra de nadie tan en boga entonces -ya no digamos hoy- que es el periodismo, dedicó su vida -fuera de sus horas muertas destinadas a la docencia, profesión que nunca le agradó- a la producción de las obras de erudición más importantes producidas en España en los últimos ciento cincuenta años. Pero, ¿qué conclusión filosófica podemos extraer de toda esta informe retahíla de hechos y anécdotas? ¿En qué lugar queda no ya el filósofo, sino su filosofía?

LOS TRES PILARES

Coyunturas al margen, la filosofía de Menéndez Pelayo no es producto del azar, como tampoco capricho subjetivo de una personalidad arrolladora. Surge, antes que nada, como reacción frente a un presente que el autor sojuzga decadente, corrompido, indigno del pasado de gloria que las crónicas nos han confirmado. Este presente, auténtico comienzo de la era neo-pagana en la que vivimos, provoca en el autor un malestar que se concreta en una amargura inconfundible, perceptible a través de sus escritos, y sobre la que cimentará su discurso crítico-político.

Sintetizando pues, los tres pilares básicos sobre los que se sustenta su filosofía son: 1) la crítica de lo presente, que implica una ética y una estética; 2) la reconstitución del pasado, que le permite desarrollar su filosofía de la historia, suma de teología y filosofía de la historia de la filosofía; y 3) la regeneración del porvenir, que supone una filosofía política y una moral política.

Tres pilares básicos, ni uno más, destinados a edificar un proyecto filosófico cuya consecución última es la metafísica, preocupación capital de Menéndez Pelayo, en cuanto que la concibe como “la ciencia de los cánones permanentes que presiden siempre toda la actividad del espíritu”; simplificando enteros, podríamos decir que todo conduce a la metafísica. Estos tres pilares, por lo demás, están aferrados a una realidad inteligible: ESPAÑA.

Así, la CRÍTICA DE LO PRESENTE no es sino el cuestionamiento de unas estructuras socio-morales que el autor analiza desde su privilegiada posición central, en la por él tan detestada Madrid. Aparece aquí, en este roce con lo mundano, el reaccionario que Menéndez Pelayo llevaba dentro, una figura trágica e incomprendida que, disfrazada de triunfador arropado por las instituciones, asiste a la ruina de España como a la suya propia. Entre medias y como Montaigne, el polígrafo iría a refugiarse durante sus vacaciones a su castillo particular, en Santander, que no era otro que su biblioteca.

El segundo pilar del que hablamos, la RECONSTITUCIÓN DEL PASADO, surge como resultado de la investigación de las grandes obras de la filosofía española de épocas pasadas. Menéndez Pelayo llegará a identificar hasta tres grandes filosofías españolas, cada una de ellas correspondiente con las obras de Raimundo Lulio, Juan Luis Vives y Francisco Suárez; estas tres grandes filosofías, “lulismo”, “vivismo” y “suarismo”, respectivamente, dada su resonancia europea, tendrán un carácter anticipatorio con respecto a las corrientes europeas luego dominantes, de las que suponen inequívocos precedentes, cual es el caso de que de la filosofía de Vives surja el intento armonizador de Sebastián Fox Morcillo, en el que éste intenta conciliar (y lo consigue con asombrosa maestría) a Platón con Aristóteles, al tiempo que el montañés lo postula como inequívoco precedente de Descartes, al haber hecho ya referencia al problema de la duda metódica como constitución del pensamiento filosófico. Los ejemplos podrían enumerarse por decenas. Pero, más allá de las singularidades y los exclusivismos, dominan dos tendencias vertebrales, que resumen la dualidad del pensamiento español: por una parte, el armonismo crítico, seña de identidad de los creyentes, es decir los ortodoxos como Vives o Lulio; y por la otra, el panteísmo, doctrina común a la que tienden los no creyentes y los deístas, heterodoxos del tipo de Miguel de Molinos o Servet.

Por último, y como tercer pilar, está la REGENERACIÓN DEL PORVENIR, que tal y como la aborda Menéndez Pelayo no debe confundirse con el “regeneracionismo” de Costa y Mallada, cuyos aspectos socialistas difícilmente podían armonizar con el sincero catolicismo del polígrafo. No obstante y pese a su catolicismo “a machamartillo”, sería un error de bulto encasillar al santanderino entre los integristas químicamente puros, tendencia que sí se manifestó en sus años mozos, en los que la luz abrasadora de la juventud le llevaron a escribir algunos de los pasajes más incendiarios y magistrales de sus Heterodoxos.

Por todo ello, Menéndez Pelayo es un posibilista, tradicionalista y reaccionario sin complejos, sí, al tiempo que precursor de no pocas ideas relativas a la justicia social del pueblo y con el pueblo, y sobre tal tendencia se sustenta su idea de la regeneración del porvenir. Una regeneración entendida en un sentido amplio y sin fisuras. El hormigón de este soporte, en fin, no es otro que el profundo amor del polígrafo a España, una España cuya pasada grandeza histórica, que tiene su apogeo en el siglo XVI, no fue debida a las cualidades de la raza, sino a esa argamasa que resultó ser el CATOLICISMO: PRINCIPIO UNIFICADOR DE LA UNIDAD DE ESPAÑA.

José Antonio Bielsa Arbiol

1 Comentario

  1. El gran patrimonio espiritual de España, señala Bielsa Arbiol, hunde sus raíces más allá del territorio geográfico del mundo hispánico, en la antigüedad clásica y en el pensamiento filosófico moderno, con sus virtudes y deficiencias. Es importante reconocer en él su vocación universal, disposición íntima del alma cristiana que abre la inteligencia y la voluntad a horizontes del ser que trascienden su contingencia. Es una vía hacia el misterio, meollo, esencia del pensamiento hispánico, que se ha mantenido fiel a sus raíces aristotélico-tomistas, sin títulos que lo comprometan con el racionalismo. La penetración del espíritu moderno ha afectado sólo a planos inferiores, sin menoscabo de la reciedumbre de su patrimonio espiritual.

    Así, nos dice Bielsa Arbiol: “Tres pilares básicos, ni uno más, destinados a edificar un proyecto filosófico cuya consecución última es la metafísica, preocupación capital de Menéndez Pelayo, en cuanto que la concibe como “la ciencia de los cánones permanentes que presiden siempre toda la actividad del espíritu”; simplificando enteros, podríamos decir que todo conduce a la metafísica. Estos tres pilares, por lo demás, están aferrados a una realidad inteligible: ESPAÑA”, que concluye: “El hormigón de este soporte, en fin, no es otro que el profundo amor del polígrafo a España, una España cuya pasada grandeza histórica, que tiene su apogeo en el siglo XVI, no fue debida a las cualidades de la raza, sino a esa argamasa que resultó ser el CATOLICISMO: PRINCIPIO UNIFICADOR DE LA UNIDAD DE ESPAÑA”.

    Lo espiritual y lo universal, lo racional y lo cristiano, la razón y la Fe, se aúnan en el alma hispánica hasta fundirse en un suelo que los impulsa más y más hacia el infinito. Tomando las palabras de Pieter Van Der Meer de Walcheren, diría que el alma hispánica experimenta la NOSTALGIA DE DIOS. Ante este grito solemne, sacro, trascendente, los elementos racionales que integran su patrimonio son impelidos hacia horizontes siempre distantes, de ellos reciben fulgores que los han de transfigurar en gemas preciosas, realidades inteligibles agitadas por el verbo creador que las constituye, como voces potentes de honor y gloria dispuestas en los predios vecinos al Altísimo. San Juan de la Cruz habla de “la música callada” que acompaña al alma en la noche de su ascenso, en la que va a tientas vislumbrando nuevas realidades proclamadas por las cosas que “dicen lo que ellas son en Dios y lo que Dios es en cada una de ellas” (Cántico Espiritual). Este rumor profundo venido desde los abismos de la realidad, de sus raíces ontológicas, las de su ser, creo sea el llamado que escucha la hispanidad, a elaborar, mediante un trabajo sistemático, una síntesis filosófico-teológica-científica que reconstituya al hombre, a las cosas y al cosmos en su unidad fundamental de seres creados, sacros e inteligibles, imagen y semejanza del Creador. Es una tarea esencialmente cristiana, realizada por hombres espirituales que, guiados por el Espíritu, como lo fueron siempre los hombres instrumentos de Dios, edifiquen el Reino aportando lo que la inteligencia sondee en las cosas materiales, reconociendo en ellas el gran Discurso de Dios que late en la creación. Descubrir esta dimensión del mundo en que estamos insertos nos conduce a la magna obra de reconstituir la unidad fundamental de los seres, la que Santo Tomás de Aquino dejó enunciada en sus fundamentos, que hoy debe ser conducida a su término a partir del reconocimiento de la inteligibilidad del núcleo ontológico último, en el orden del conocer, pero que es primero en el orden del ser, de cada ente material-temporal-singular objeto del conocimiento sensible.
    La dificultad que presenta este empeño, deriva del estado de salud deteriorada de la razón, a punto que, señala Jaques Maritain, “es menester situarse por arriba de la razón para defenderla, o por debajo de ella para atacarla” (Los Grados del Saber- Grandeza y miseria de la metafísica). Es propio de la sabiduría ver más allá de la razón, disfrutar de una luz suplementaria que es don de la gracia sobrenatural gratuita. Los Reyes Católicos, Cristóbal Colón y quienes lo acompañaron y siguieron en la epopeya del Descubrimiento gozaron, sin duda, de esa sabiduría. La sabiduría debe hoy guiar a la hispanidad católica a descubrir este universo que aún permanece oculto al conocimiento humano: la inteligibilidad como verdad fundamental última de las cosas materiales-físicas-sensibles, contingentes y singulares.
    La metafísica estableció su reino eminente en el mundo de las nociones universales de existencia y esencias constitutivas de las cosas. Queda por constituir otro reino del conocimiento, que se alimenta del universo de lo inteligible singular que constituye la sustancia de los seres físicos conocidos por los sentidos, pero contemplados en su estremecedora y fulgurante realidad de verbo de Dios pronunciado en el acto creador definitivo, por el que las cosas permanecen proclamando eternamente “lo que ellas son en Dios y lo que Dios es en cada una de ellas” (San Juan de la Cruz, o.c.), voces de una polifonía, armonía del universo finito e inconmensurable.
    Dios crea los entes singulares como partícipes de las esencias universales, finitas pero inconmensurables, es decir, no infinitas, sino ilimitadas, en la multiplicidad de individuos que de ellas pueden participar. Esta inconmensurabilidad de las esencias es como una participación necesaria de la infinitud divina por semejanza. Ningún ser creado puede contener en sí la plenitud del acto creador.
    La inteligibilidad de la realidad última de las cosas vincula ontológicamente al ser físico en su singularidad con el universo metafísico de las realidades universales.
    El ingreso al orden inteligible del cosmos supone ese “cruzar el umbral de la esperanza” del que hablaba San Juan Pablo II, para lo cual se requiere una adecuada disposición de la mente y del corazón renovados por la gracia, específicos del “hombre nuevo” (Gál 3,3-4) nacido de Cristo en el bautismo.
    El orden inteligible de las cosas permite entender las palabras de Pio XII: “se puede y se debe restablecer la armonía primitiva de la creación” (Mensaje de Navidad 1957), “hay todo un mundo que debe ser reedificado desde sus fundamentos”.
    La hispanidad católica dispone del patrimonio intelectual necesario para intentar esta tarea: el Segundo Descubrimiento, el del Mundo Nuevo que viene traído en las alas de la Aurora de María, La Señora Vestida de Sol, La que pisará la cabeza de la serpiente, La que prepara el camino y anuncia la Segunda Venida de Cristo que viene a instaurar su Reino de gloria entre nosotros.
    La filosofía, la teología, la ciencia y el arte están llamados a ser transfigurados por la sabiduría que irradia la Aurora de María. Es necesario proclamar la restauración del orden de la creación. obrada por Cristo en la Cruz. Parodiando al Salmo 85, podemos decir: “la inteligencia y la realidad se dieron beso de paz”. Pasó la noche, he aquí que viene el Día.

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