NOTAS PARA UNA FILOSOFÍA CATÓLICA

Sobre las diversas ciencias o estudios que comprenden y constituyen el cuerpo de la Filosofía, comentaremos algunas de ellas, siquiera brevemente, en el contexto del pensamiento de Menéndez Pelayo. El objetivo de este desglose funcional no es otro que el de intentar sistematizar, concretando las partes, la filosofía del autor, así a la luz de un enfoque pasaderamente académico.

Así, la que conocemos como la ciencia de los principios de la moral, aparece en el pensamiento del autor profundamente vinculada -y subordinada- a la metafísica, hasta el punto de llegar a afirmar -o casi- la imposibilidad de la primera sin la segunda:

“Todo sistema sin metafísica está condenado a no tener moral. Vanas e infructuosas serán cuantas sutilezas se imaginen para fundar una ética y una política sin conceptos universales y necesarios de lo justo y de lo injusto, del derecho y del deber” (HHE, V 10)

Pero en el plano de lo meramente práctico, del vivir humano a pie de calle, Menéndez Pelayo quiere anteponer la ética a la metafísica, más que nada para salvaguardar la vida de esa aberración que supone “vivir sin moral”, algo que, si bien puede darse en el individuo concreto, resulta insostenible a largo plazo en una sociedad.

Asoma aquí el carácter anticipatorio de algunos escritos del autor: de haber llegado a conocer las secuelas de la era de las utopías despóticas, sacudidas por monstruos de poder del calibre de un Stalin o de un Mao, el juicio clarividente del polígrafo habría pasado a ser perogrullada inevitable; no obstante, en pleno siglo decimonónico esta visión de la ética aunada a la metafísica cobra renovado protagonismo, pues en esencia, el problema latente de la ética no es otro que el de la metafísica misma: todas las tentativas de abolir la metafísica e instaurar un monumento a la Ética como principio de la razón no han logrado sino saldarse en descomunales despropósitos. Y todo ello empezó a gestarse en el siglo ilustrado, consolidándose luego en el XIX:

“Desde el positivista que se refugia en el altruísmo (sic) hasta el pesimista que   proclama la ley ascética como medio de emanciparse del universal dolor y aniquilar el funesto prurito de la existencia; desde el pensador estético que identifica la belleza con   el bien hasta el neo-kantiano encastillado en el dogmatismo estoico del fin en sí, a despecho de su criticismo fenomenista, todos aspiran, de un modo o de otro, a salvar los penates de la moral en el espantoso incendio de la ciudad metafísica” (ECF, 305-306)

Sin metafísica, pues, los cimientos de la ética comienzan a tambalearse, hasta la quiebra inminente: un siglo tan inhumano como el XX, que apenas supuso una quinta parte de la existencia del santanderino, nos confirma tan desoladora evidencia. Los frutos perfeccionados de la razón y su continuidad práctica en la ética, despojados de metafísica, han degenerado dando al mundo algunos de los engendros más siniestros de la modernidad, desde los campos de concentración comunistas y nazis, hasta la aniquilación burocrática de pueblos enteros, como ha ocurrido en incontables ocasiones en los cuarteles de la China.

El polígrafo se enfrenta aquí, en su visión de una ética y una metafísica aunadas, al problema de toda una época (una época que, bien mirado, todavía es la nuestra): la del descrédito y desmantelamiento del idealismo por la dictadura ambivalente del relativismo de signo sionista, seña de identidad del siglo XX y principio motor del mismo, así desde el advenimiento de la Teoría de la relatividad de Einstein, al tiempo que Freud perfecciona sus investigaciones psicoanalíticas y la divisa de Marx comienza a fraguarse y tergiversarse en un proyecto terrible y sin precedentes: el comunismo soviético. No es posible dar la espalda a todos estos hechos que Menéndez Pelayo -como crítico en sus días de la precursora moral naturalista- no llegó a conocer plenamente realizados, ni ignorar tampoco cómo la ética, progresivamente desvinculada de la metafísica, ha decaído en nuestros días hasta sumergirse en terrenos tan neblinosos como el seudo-misticismo importado del bazar de Oriente, o bien en el pesimismo desesperado que conduce al quietismo indiferente.

Junto al relativismo, el otro factor transversal para con la degradación de la ética ha sido el utilitarismo, que en sí mismo supone la más estricta negación de cualquier metafísica. De este pensamiento, se desencadenarían dos tendencias (más que corrientes) en el ámbito de la experiencia, y que el tiempo ha terminado por confirmar como tales: por un lado, el hedonismo universal, que significa la idea del “interés extendido al mayor número”, y que “se impone como la categoría ética más elevada” en este mundo sin metafísica, propia de los espíritus más selectos; y por el otro, el hedonismo individual, que no es sino el más grosero y egoísta individualismo, y “que -al decir de Menéndez Pelayo- es materia de fácil comprensión y aplicación aun para los más rudos”.

Dos soluciones apuntará (que no desarrollará) el polígrafo para resolver el problema:

“La ética no puede ser el ideal de hoy o el de mañana, el de este momento o el del otro, negándose y contradiciéndose eternamente como nacida de un monstruoso contubernio entre el determinismo y la actividad mental. El problema ético no tiene más que dos soluciones: o el determinismo o la libertad” (ECF, 310)

La metafísica, o el conocimiento de las causas primeras, de los principios de las cosas, tiene, como acabamos de ver, una fuerte relación con la ética en la filosofía de Menéndez Pelayo. No obstante y con independencia de ésta, su concepción de la misma no presenta novedades de relieve, en cuanto aparece plegada a la más estricta ortodoxia escolástica. Pues, tal y como afirma:

“La metafísica o es ciencia trascendental o no es nada. Metafísica experimental es un contrasentido, y quien por el nuevo procedimiento regresivo aspire a construir la ciencia primera, caerá de lleno en aquel sofisma, que lo era a los ojos del mismo Augusto Comte, de explicar lo superior por lo inferior” (ECF, 310)

Consciente del aparente anacronismo de esta postura, liquidada ya por Kant, el polígrafo no dudará en confesar, con proverbial humildad, estas palabras: “…tengo todavía la debilidad de creer en la metafísica” (HIE, I 5). En este contexto, se da la posibilidad de un bosquejo para una filosofía de la religión:

“…con frecuencia el hombre, perdida la fe y cegada la mente por el demonio de la soberbia, aspira a dar explicaciones de lo infinito, y con loca temeridad niega lo que su razón no alcanza, cual si fuese su razón la ley y medida de lo absoluto” (HHE, I 309).

Las razones últimas de esta postura en torno a la metafísica, de todo punto coherentes, y que no harían sino ratificar la valía intelectual del hombre, su reacción frente a las modas y los discursos dominantes, deben vincularse a su catolicismo profundo y asumido. Sobre esta última cuestión se destaca sobremanera su función como educador, como EDUCADOR DE LA HISPANIDAD CATÓLICA, hoy más que nunca necesitada de un apoyo espiritual consistente y vigorizador.

Menéndez Pelayo entiende el catolicismo, y con él la creencia en Dios Trino, como el rasgo significativo, determinante, de la comunidad cristiana católica romana: un concepto que, en un clima de herejía como el protestante, cada uno se podría representar en su propia mente como quisiera o como pudiera, pero que difícilmente no diferiría de unos fieles a otros… Para superar este escollo, para así dotar de forma única a esta idea, el catolicismo recurre al Magisterio de la Iglesia, perfectísima depositaría dela Fe verdadera, amén de los símbolos, concretados en los ritos de la doctrina cristiana a través del Libro y la tradición de los Padres.

Por consiguiente, y a falta de poder alcanzar toda la comunidad cristiana una idea precisa de Dios Trino (Padre – Hijo – Espíritu Santo), no queda sino precisar dicha idea a la luz del Magisterio y de los símbolos inherentes al Dogma verdadero, que son los elementos que hermanan e identifican a dicha comunidad dentro de unos límites de aprehensión humanos y abiertos a la dimensión divina, sobrenatural, de la existencia. Comunidad, comunión: hechos al fin, más que conceptos, de los que no podría participar un ateo auténtico, tal y como demostró el ortodoxo profundísimo Dostoievski en su gran novela Los demonios, poniendo en boca del personaje de Kirilov una de las más lúcidas disertaciones sobre el problema esencial del ateísmo. Inútil imaginar una “comunidad de ateos” (sic). El ateo auténtico -no confundir con el “ateo” práctico, conceptualizado, vago remedo de liberalismo post-ilustrado y anticlericalismo- no puede comulgar con nada ni con nadie: su único destino honroso, legítimo, sería el suicidio, al que Kirilov, en su pretensión de “ser Dios”, se arroja como única escapatoria.

De este modo, el problema metafísico entrañaría en Menéndez Pelayo una filosofía de la religión, que como la ética aparece subordinada a la ciencia primera.

Por ende, sus ideas sobre filosofía de la religión encontrarán un fuerte punto de contacto en su concepción filosófica de la historia. Mas, a diferencia de un Herder, los principios de filosofía de la historia en Menéndez Pelayo distan mucho de ser generalizaciones abstractas suspendidas en el vacío de una especulación escasamente rigurosa. La lectura del pasado acometida por Herder, por entero global, sería pues antitética del método analítico del santanderino, sustentado en el insistente estudio crítico de las fuentes (ya primarias, ya secundarias) y la acotación de unos límites abarcables para con las mismas. En este sentido, el fin de su estudio no es otro que una idea territorial, no por amplia menos definida: ESPAÑA. Y el fundamento de esta idea, en el tiempo y en el espacio, no es otra que esa pasta unificadora que resultó el CATOLICISMO:

“La Iglesia es el eje de oro de nuestra cultura: cuando todas las instituciones caen, ella permanece en pie; cuando la unidad se rompe por guerra o conquista, ella la restablece, y en medio de los siglos más oscuros y tormentosos de la vida nacional, se levanta, como la columna de fuego que guiaba a los israelitas en su peregrinación por el desierto. Con nuestra Iglesia se explica todo; sin ella, la historia de España se reduciría a fragmentos” (HHE, I 237).

José Antonio Bielsa Arbiol

1 Comentario

  1. Dice José Antonio Bielsa Arbiol: “Así, la que conocemos como la ciencia de los principios de la moral, aparece en el pensamiento del autor profundamente vinculada -y subordinada- a la metafísica, hasta el punto de llegar a afirmar -o casi- la imposibilidad de la primera sin la segunda:
    “Todo sistema sin metafísica está condenado a no tener moral. Vanas e infructuosas serán cuantas sutilezas se imaginen para fundar una ética y una política sin conceptos universales y necesarios de lo justo y de lo injusto, del derecho y del deber” (HHE, V 10)
    Continúa el autor: “todas las tentativas de abolir la metafísica e instaurar un monumento a la Ética como principio de la razón no han logrado sino saldarse en descomunales despropósitos. Y todo ello empezó a gestarse en el siglo ilustrado, consolidándose luego en el XIX:
    “todos aspiran, de un modo o de otro, a salvar los penates de la moral en el espantoso incendio de la ciudad metafísica” (ECF, 305-306)
    Continúa Bielsa Arbiol: “Sin metafísica, pues, los cimientos de la ética comienzan a tambalearse, hasta la quiebra inminente: un siglo tan inhumano como el XX, que apenas supuso una quinta parte de la existencia del santanderino, nos confirma tan desoladora evidencia. Los frutos perfeccionados de la razón y su continuidad práctica en la ética, despojados de metafísica, han degenerado dando al mundo algunos de los engendros más siniestros de la modernidad, desde los campos de concentración comunistas y nazis, hasta la aniquilación burocrática de pueblos enteros, como ha ocurrido en incontables ocasiones en los cuarteles de la China. El polígrafo se enfrenta aquí, en su visión de una ética y una metafísica aunadas, al problema de toda una época (una época que, bien mirado, todavía es la nuestra): la del descrédito y desmantelamiento del idealismo por la dictadura ambivalente del relativismo de signo sionista, seña de identidad del siglo XX y principio motor del mismo, así desde el advenimiento de la Teoría de la relatividad de Einstein, al tiempo que Freud perfecciona sus investigaciones psicoanalíticas y la divisa de Marx comienza a fraguarse y tergiversarse en un proyecto terrible y sin precedentes: el comunismo soviético. No es posible dar la espalda a todos estos hechos que Menéndez Pelayo -como crítico en sus días de la precursora moral naturalista- no llegó a conocer plenamente realizados, ni ignorar tampoco cómo la ética, progresivamente desvinculada de la metafísica, ha decaído en nuestros días hasta sumergirse en terrenos tan neblinosos como el seudo-misticismo importado del bazar de Oriente, o bien en el pesimismo desesperado que conduce al quietismo indiferente.”
    Bielsa Arbiol sintetiza: “Las razones últimas de esta postura en torno a la metafísica, de todo punto coherentes, y que no harían sino ratificar la valía intelectual del hombre, su reacción frente a las modas y los discursos dominantes, deben vincularse a su catolicismo profundo y asumido. Sobre esta última cuestión se destaca sobremanera su función como educador, como EDUCADOR DE LA HISPANIDAD CATÓLICA, hoy más que nunca necesitada de un apoyo espiritual consistente y vigorizador.”
    Cita a Menéndez Pelayo: “La Iglesia es el eje de oro de nuestra cultura: cuando todas las instituciones caen, ella permanece en pie; cuando la unidad se rompe por guerra o conquista, ella la restablece, y en medio de los siglos más oscuros y tormentosos de la vida nacional, se levanta, como la columna de fuego que guiaba a los israelitas en su peregrinación por el desierto. Con nuestra Iglesia se explica todo; sin ella, la historia de España se reduciría a fragmentos” (HHE, I 237).
    Si me he extendido en estas citas del autor, se debe a que encuentro en ellas las razones que me permiten enraizar en la hispanidad católica nuevos elementos filosófico-teológicos que pueden conducir no sólo a la hispanidad católica a nuevos ámbitos del espíritu sino a toda la humanidad. Nuestro tiempo NO ADMITE RESPUESTAS ESPIRITUALES QUE NO SEAN VÁLIDAS PARA LA ENTERA HUMANIDAD. Y España y el Nuevo Mundo pueden hacer de la hispanidad católica un INSTRUMENTO UNIVERSAL capaz de quitar del mundo la peste del racionalismo-irracional con todas sus desvaríos, sino sobre todo ABRIR LAS PUERTAS DE LA INTELIGENCIA A LA SABIDURÍA, la que viene por la vía de la filosofía y entronca con la inteligibilidad, última realidad de las cosas; y la que procede de la Fe, se aúna con aquella y reconoce la realidad del hombre y del universo como sustancias que vibran, viven, agitadas e impulsadas por el verbo creador, que despliega más y más el Discurso de su designio eterno: Creación-Redención-Reino glorioso de Cristo.
    Mas, la hispanidad católica requiere de la Iglesia , como lo señala el autor, en cita de Menéndez Pelayo: “Con nuestra Iglesia se explica todo; sin ella, la historia de España se reduciría a fragmentos” (HHE, I 237).
    Pero, hoy la Iglesia padece una grave crisis en los miembros de la Jerarquía y, por consecuencia de ésta, también en los fieles. En el tiempo de Menéndez Pelayo, arreciaba ya una gran corrupción en el clero y en los fieles, como lo atestigua la Virgen de La Salette en su Secreto confiado a Melania el 19 de setiembre de 1846, es decir, diez años antes del nacimiento de don Marcelino, no obstante no se había manifestado con la conmoción y amplitud actuales.
    Es necesario señalar esto, porque hemos llegado al extremo de no resultar empeño fácil apelar a la Iglesia como fuerza designada por Dios para contener la acción corruptora del demonio y edificar el Reino de Dios entre los hombres.
    Los hechos lo han demostrado, no obstante los esfuerzos realizados por los Papas desde pocos años después de fundarse la francmasonería en Inglaterra (24-junio-1717), como podemos leer en Alberto Caturelli ( LA IGLESIA CATÓLICA Y LA MASONERÍA Doctrina y Documentos): “Debe tenerse en cuenta que la encíclica Humanum genus (20-abril-1884) es como la culminación de un proceso histórico que comienza con la condena de la masonería por Clemente XII (1738), continuada por Benedicto XIV (1751), ratificada por Pío VIII (1821), nuevamente reiterada por León XII (1825), por Gregorio XVI (1832) y por la Qui pluríbus de Pío IX (1846). Este último Pontífice insistió en 1865 (alocución al Consistorio del 25/9/1865 ) y en 1869, al incluir a la masonería en las penas previstas por la constitución Apostolícae Sedis”.
    Cabe agregar que el extraordinario pontificado de Pïo IX, interviene activamente en defensa de la Fe con otros varios documentos fundamentales: desde la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 1854) a las tempranas condenas de los errores del mundo moderno (Quanta cura y Syllabus – 8 de diciembre de 1864), a la convocatoria del Concilio Vaticano I y la Constitución Dogmática Pastor Æternus, sobre la infabilidad papal ex-cathedra promulgada el 18 de julio de 1870. El derrumbe dentro y fuera de la Iglesia ha continuado en aumento a pesar de los grandes pontificados que sucedieron a aquél. Esto pone de manifiesto que la fuerza destructora que está operando contra la Iglesia ha sobrepasado los esfuerzos por resistirla y vencerla por parte de ésta. Se entiende, la Iglesia en cuanto constituida por hombres, es decir, en su dimensión humana se muestra incapaz de resistir al ataque del demonio; en cuanto Cuerpo Místico de Cristo, en cuanto institución fundada por Cristo sobre la roca inquebrantable de Pedro, Su Vicario, es indestructible, “las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella”. Pero, al estar expuestos sus miembros al ataque del demonio y mostrar su debilidad frente a éste, resulta poco alentador, si no casi imposible, contar con una Iglesia desquiciada para llevar adelante el propósito de la hispanidad católica de defender y restablecer la cristiandad.
    Aquí se origina una dificultad respecto a la intervención de la Virgen en defensa de la Iglesia. Porque si se admiten las manifestaciones extraordinarias de María, me refiero a aquellas que cuentan con la aprobación por parte del obispo competente conforme a las disposiciones canónicas vigentes, la respuesta al ataque del demonio diferirá de la de quienes no aceptan estas manifestaciones. Porque la Virgen aparece en ellas combatiendo de modo decisivo contra el dragón y promete aniquilarlo, mientras que si no contamos con esta acción victoriosa de María la respuesta será incierta, contra la evidencia irrefutable de los hechos. ¿Quién puede ofrecer la posibilidad cierta de derrotar al mal que domina en la Iglesia y en el mundo? Si los hechos indican que la Iglesia, instancia máxima, padece una crisis excepcional que la paraliza, no parece vislumbrarse una respuesta positiva.
    Aquí no cabe sino afirmar de modo categórico que hay quienes creemos que la Virgen ha sido enviada por Cristo en momentos de extrema gravedad que corresponden a tiempos escatológicos descriptos en el Apocalipsis. Que la Madre de Dios ha sido designada para pisar la cabeza de la serpiente y derrotar a satanás de modo absoluto y definitivo. Que Ella trae el “nuevo tiempo” de su Aurora, La Señora Vestido de Sol, que irradia la Luz transfigurante de Cristo sobre la Iglesia y la humanidad toda a fin de preparar el camino a la Segunda Venida de Cristo que viene a instaurar Su Reino de Gloria. Habrá quienes acepten las manifestaciones extraordinarias de María, y quienes no las acepten. No son de fe obligatoria, ningún cargo corresponde formular respecto de quienes no creen en ellas. Lo que sí es de prever es que unos actuarán según una perspectiva y otros según otra.
    Ahora bien, ¿fundados en qué razones podemos adherirnos a las manifestaciones extraordinarias de la Virgen?
    1 – La Salette, Lourdes y Fátima hasta las actuales. Menciono las tres más reconocidas por la Iglesia de modo universal, porque ellas demuestran que es posible que la Virgen haya intervenido en algunas ocasiones de modo extraordinario. Pero debe añadirse otras más antiguas, la del Pilar de Zaragoza, la de Guadalupe de México, y un sin fin de otras tantas manifestaciones extraordinarias en el mundo hispánico del Nuevo Mundo y fuera de él. Se sigue de aquí que no son extrañas al sentir de la Iglesia tales intervenciones de la Madre de Dios.
    2 – El título de Madre y Reina de la Iglesia reconoce una supremacía particular a la Virgen en la Iglesia. La Constitución Lumen gentium en el cap. VIII (Vat. II), trata extensamente la cuestión de la Virgen. “Aparece ya proféticamente bosquejada en la promesa de victoria sobre la serpiente hecha a los primeros padres (Gen, 3, 15)” (L.G.55). Por lo tanto nada permite extrañar que la Madre de la Iglesia venga a cumplir su misión en un combate final y decisivo contra el demonio, combate al que Ella se refiere desde su afirmación hecha en Fátima, “Al fin triunfará Mi Corazón Inmaculado” (13 de julio de 1917) y lo repita reiteradas veces en sus mensajes dados al P. E. Gobbi, o en San Nicolás (Argentina) y en otros.
    3 – Se suele observar que tales manifestaciones de la Virgen: A) no añaden nada nuevo a la Revelación publica recibida por la Iglesia y cerrada luego de la muerte del último Apóstol. Esto es una verdad insuficientemente expresada, porque el Depósito de la Fe le ha sido dado a la Iglesia bajo la forma de Misterio, por lo cual no le ha sido revelado sino muy parcialmente una parte de él. El Magisterio ha trabajado intensamente para llegar a establecer con firmeza algunas verdades indubitables, de fe obligatoria. Así, ha tardado 1854 años para proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, y 1950 años para el dogma de la Asunción. Esto demuestra que la Revelación pública está depositada efectivamente en la Iglesia pero bajo el velo del Misterio que le exige un esfuerzo sistemático para desentrañar de él nuevas verdades. El caso de los esperados dogmas de María Corredentora y Medianera ilustran lo afirmado. Por lo cual, cabe afirmar que María “revela”, conforme Ella lo afirma, verdades nuevas aún no conocidas de modo cierto. Más adelante nos referiremos a algunas de llas.
    B) Se suele afirmar que no son de fe obligatoria, sino sólo de fe humana. Gran error. La fe sólo humana se refiere a hechos naturales, no a hechos sobrenaturales, como lo son las manifestaciones de la Virgen. Tenemos fe humana acerca de la historia antigua, acerca del Descubrimiento, o del sistema solar, creemos que Europa existe más allá de lo que hemos visto, que la tierra es redonda, etc. Pero no podemos tener fe humana en hechos que sobrepasan la razón, ni ser movidas las multitudes de peregrinos a Santuarios que no presentan signos asombrosos, ni que personas capacitadas intelectualmente acepten con devoción los mensajes dados por Jesús o por Su Madre. La Iglesia reconoce en los testimonios del pueblo fiel un signo de autenticidad en tales manifestaciones extraordinarias. Reducir la fe a los dogmas de fe obligatoria es un grave error doctrinario. La Iglesia, el pueblo fiel, es constantemente asistido y movido por la fe común, don del Espíritu Santo recibido por el bautismo y los demás sacramentos, así como por la oración, los actos virtuosos y la vida cristiana en general. Por consiguiente, la aceptación de la intervención de María en el mundo actual tal como Ella lo manifiesta en sus mensajes, y en el caso de San Nicolás, Jesús respalda con sus propios mensajes, es un acto fruto de la fe del creyente, es un don particular que no todos han recibido al mismo tiempo, pero que están llamados a recibir si no oponen resistencia, sea por orgullo intelectual, por espíritu mundano, o por tantas otras razones que el príncipe de este mundo agita desesperado para neutralizar la acción de María.
    Aclaradas estas objeciones que suelen plantearse de modo frecuente, muchas veces no explícito, creo cabe considerar cómo se vincula la hispanidad católica con el plan escatológico que cumple la Virgen de modo vigoroso en nuestro tiempo presente. Lo primero a reiterar es que no existe fuerza humana, eclesiástica o de simples fieles, que pueda resistir o contraatacar de modo adecuado a la poderosa ofensiva del demonio. No tanto por la complicidad de los grandes medios humanos con que cuenta, sino por la potencia infernal de sus legiones y por la capacidad de conducirlas hasta el interior del hombre violentando la inteligencia y la voluntad. Por estas razones, creo, la hispanidad católica debe recurrir a la Virgen en procura de la ayuda que nos ofrece participándonos su sabiduría, poder, y santidad. Esto supone una actitud de verdadero amor y confianza filial hacia nuestra Madre, aceptando la Conducción que Ella ejerce de su ejército constituido por las milicias celestiales bajo el mando del Arcángel San Miguel. Significa además, debemos ofrecernos como soldados dispuestos a aceptar el destino que nos fije, a recibir las armas que nos entregue, a combatir con la fuerza heroica que nos conceda, a tener absoluta convicción de la victoria que alcanzaremos, a tener el valor de proclamarla ante el mundo que se derrumba, ante la Babilonia que será abatida, ante los demonios que se enfurecen, ante los escépticos, atemorizados o deslumbrados por los prodigios del “progreso”, y “estar siempre prontos para dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere, pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia” (I Pedro 3, 15-16).
    La hispanidad católica dotada de su espíritu universal está llamada a intervenir en esta magna tarea emprendida por nuestra Madre, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia. La Aurora de María que inicia los “tiempos nuevos” del “hombre nuevo” (Col. 3, 9-10) nos participa la sabiduría necesaria para sellar la unidad fundamental entre la metafísica de los universales y la inteligibilidad última de las cosas materiales y singulares. No permanece más ningún resto opaco a la inteligencia racional en los seres materiales físicos-sensibles. El universo o cosmos nos muestra sus raíces ontológicas que hunden en los abismos de Dios Creador, que alimentan su voz atronadora del verbo participado que lo constituye como sustancia existente, como concreción singular de una esencia universal, esto es, inconmensurable, ilimitada en su potencialidad de realización en innúmeros individuos. Universo sacro que cumple con el designio eminente del misterio creador, sobreelevado por Cristo, a realizarse de modo siempre creciente en la eternidad. Reino de Dios por el que María nos convoca a trabajar.

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