Nota del director: Es una gran alegría la gran aceptación que está teniendo la página y el interés de muchos intelectuales en participar, tanto de España como de nuestros hermanos de Hispanoamérica. En esta ocasión nos envía un texto el historiador limeño Rafael Sánchez-Concha Barrios. Una interesante reflexión sobre la Navidad que se avecina.

Descubrir en la época de Navidad un período despojado de su verdadero sentido es ya un discurso manido de quienes pretenden moralizar. Sacerdotes católicos —y también predicadores protestantes— se desgañitan por mostrar la verdadera razón de ser de una de las pocas fiestas en la que confluye toda la Cristiandad. Y no les falta razón, pues el mundo comercial y sus nuevos dogmas, como los de la calidad total y la reingeniería, parece haber borrado de la memoria colectiva la imagen del Nacimiento de Jesús. Los medios de comunicación ya no transmiten sino simples anuncios en los que se atiborra a los niños del deseo por poseer juegos de nintendo, humanoides robotizados, y monstruos importados del Japón, produciéndoles una confusión entre su ser y su tener.

Aquellos que no profesan ningún credo reducen la Navidad tan sólo a una fiesta de reunión familiar, donde debe disfrutarse de una cena abundante, beber una incongruente taza de chocolate caliente (a inicios del verano), departir amenamente alrededor de un pino cubierto de nieve artificial, y aprovechar la ocasión para desagraviarse con regalos. Esta mentalidad sólo puede concebir la fiesta pascual en rojo y verde, y admite que la música navideña cambie el misterio del Nacimiento del Redentor por el gingle bells, y que en los días de Adviento se vendan calendarios de modelos semidesnudas cubriendo partes de su cuerpo con muérdagos y ostentando la gorra del viejo Noel. Poco nos queda, en verdad de la Navidad, una celebración empobrecida en la que Cristo parece ocupar un lugar secundario.

La miseria contemporánea de las pascuas encuentra su explicación en las mismas actitudes que demuestra la gente frente a la muerte. Ese horror que comienza con la guerra contra la vejez, y que se combate con cremas faciales, polvillos reductores de peso y los aérobicos televisados. Este miedo, que consiste en vivir a espaldas de la eternidad y de lo trascendente, hace del hombre un esclavo de sus limitaciones, de sus defectos y de los arquetipos estéticos impuestos por una cultura light, que a la larga nos traen la desdicha. Aún más, esa forma secularizada de ver el mundo opaca la Navidad con la fiesta del Año Nuevo, considerada una ocasión propicia para festejar a sus anchas, permitiéndose lo que los rezagos de la religión y moral cristianas censuraron el 25 de diciembre. Y lo que es más triste aún, se produce una identificación, establecida por la gente mal formada en el cristianismo, entre esta fecha y la apoteosis de huachafería que irradian las lucecillas chillonas y los Santa Claus con sus sudorosas barbas de algodón.

Para la celebración navideña no es necesario dejarnos imponer los patrones culturales del hemisferio norte. La Navidad es sencilla, y es para todos. No es necesario convertirse en el arrepentido señor Scrooge, del Christmas Carol de Dickens, para descubrir la gran riqueza que hay detrás de la presencia del Niño Jesús, que ha de nacer en cada uno de nosotros.

Y a usted, buen lector, que ha tenido la paciencia de pasear su vista por estas líneas, tenga una feliz Navidad, si es que algo le queda de ella.