La Cristiandad ha sido una realidad histórica que ha dado al mundo inmensos beneficios espirituales y materiales.

No podía ser de otro modo, porque a fin de cuentas, una sociedad modelada según el mensaje del Evangelio y sometida al imperio de Cristo, no puede sino ser provechosa para todos. Pensar lo contrario, sería tanto como afirmar que Cristo, en alguna circunstancia o bajo algún aspecto podría ser perjudicial para alguien: una blasfemia.

Restaurar la Cristiandad (una comunidad de naciones cristianas cuyas relaciones se rijan por la ley moral de Cristo y el reconocimiento de su Autoridad Divina) es una obligación para todo cristiano.

Obligación derivada del deber moral de todas las sociedades para con Cristo.

Deber moral que es consecuencia de los derechos que Cristo, como Creador y como Redentor, tiene sobre todos los hombres, individual y socialmente.

Deber moral que obliga a todas las sociedades, también las políticas, a dar culto público a Dios; profesar la única religión verdadera; inspirar sus leyes civiles en la ley eterna, revelada y natural; reconocer la independencia de la Iglesia y acatar su autoridad en lo que se refiere a la doctrina de fe y moral cuando se pronuncia infaliblemente; defender el cristianismo frente a sus agresores y ayudar a la Iglesia en su triple misión de gobernar, santificar y enseñar a los fieles.

Tal es la doctrina tradicional católica sobre los deberes de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo. Doctrina que, aun el Concilio Vaticano II, a pesar de sus ambigüedades e imprecisiones en otras cuestiones, afirma dejar íntegra. Doctrina confirmada por el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, que nos remite, nada menos que a las dos más importantes encíclicas acerca de este tema: Inmortale Dei, de León XIII (sobre la constitución cristiana de los Estados) y Quas primas, de Pío XI (sobre la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo). Doctrina que ha sido predicada siempre y en todas partes, implícita o explícitamente, por todos los Papas y obispos y que, por tanto, cabe razonablemente pensar que forma parte del Magisterio Ordinario y Universal, al que todos los fieles debemos prestar el mismo asentimiento que si se tratare de una verdad de fe católica definida de modo extraordinario, ex cathedra, por un Papa. Doctrina que, en definitiva, según León XIII, es de ley natural y, consecuentemente, al igual que la ley natural, universal, inmutable y eterna.

Los católicos, debemos participar en primera línea de combate en la contrarrevolución para la restauración de la Cristiandad.

Para ello en primer lugar, debemos formarnos, conocer los fundamentos teológicos de la Cristiandad y su historia. Debemos estudiar la doctrina social y política de la Iglesia Católica. Debemos leer las obras de los grandes maestros pensadores de la contrarrevolución: Balmes, Donoso Cortés, Vázquez de Mella, Víctor Pradera, Plinio Correa, Jean Ousset, etc.

En segundo lugar, debemos hacer apologética y apostolado de la Cristiandad. Saber defender la Cristiandad, sus logros, su conveniencia y su necesidad frente a sus adversarios, entre los cuales, por maldad o por ignorancia, se encuentran muchos de nuestros hermanos en la fe, seglares, sacerdotes y obispos.

Es necesario hacer un apostolado específico de la Cristiandad. Del mismo modo que otros grupos, congregaciones, institutos… se centran en otro tipo de apostolados (misiones para convertir a los paganos, iniciativas para el retorno de los herejes a la Iglesia, obras de misericordia, etc), es apremiante que algunos católicos nos centremos en defender y difundir la doctrina de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo y, consiguientemente, reivindicar el recobro de nuestra unidad religiosa y la instauración y restauración de la Cristiandad en el orbe y de la unidad católica en cada una de nuestras naciones.

Sobre todo, debemos rezar. Suplicar a Dios que venga a nosotros Su Reino. No sólo el reino de su gracia en nuestros corazones, que es lo más importante, sino también el reino de su Ley en toda comunidad política, local, nacional o supranacional; y en todos los ámbitos de la vida social (cultural, económico, jurídico, lúdico, artístico, etc.).

José María Permuy Rey

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