Se cumple el primer centenario de la muerte de Rubén Darío (vinculado a Asturias por motivos sentimentales y amorosos) es una de las cumbres de la lírica española de todos los tiempos. En esta época postmoderna en la que la vulgaridad y la fealdad imponen su tiranía estética, por la que bello y lo verdadero son objeto de mofa y desprecio, es más necesario que nunca volver al gran autor de Cantos de Vida y Esperanza; Prosa Profanas, Salutación Optimista o Los motivos del Lobo.

El modernismo de Rubén Darío es mucho más que una simple cosmética formal poética. Supone la superación del mundo cerrado del realismo y naturalismo, para bucear en el yo más profundo del poeta abierto a la transcendencia, en forma de evocaciones fastuosas de lejanos ambientes situados en Grecia, Roma o en la Edad Media, o en la Francia de Varlaine.

En su poesía viven princesas de ojos azules, califas pensativos y vizcondes rubios (…) Dos componentes de la poesía de Rubén Darío son el cosmopolitismo y el mestizaje. Todo este universo poético es sometido a un proceso de depuración estética de gran esplendor por su color y musicalidad y por su riqueza métrica y estrófica. Rubén no rechaza a la herencia literaria del Siglo de Oro, sino que es un gran admirador de Lope y de Garcilaso, de Santa Teresa y de Cervantes. Rubén Darío nunca crítico ni rechazo el gran legado de España que pervive en Hispanoamérica, por mucho que los seguidores de la leyenda negra continúen continúan con sus mentiras y su sectarismo reaccionario: la realidad es como la describió Rubén Darío cuando exalto los ideales hispánicos: (…) la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.

Rubén Darío se definió perfectamente cuando poetizó: Yo soy aquel que ayer no más decía/ el verso azul y la canción profana/ en cuya noche un ruiseñor había/ que era alondra de luz por la mañana//