Alberto Bárcena es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense, doctor en Historia Contemporánea por la CEU San Pablo; profesor, desde 2001, del Instituto de Humanidades Ángel Ayala de la Universidad CEU San Pablo donde imparte y ha impartido las siguientes asignaturas: Historia de las Civilizaciones, Historia de España (coordinador), Historia Social de Europa, Historia y Sociedad y Doctrina Social de la Iglesia en las facultades de Derecho, Económicas y Humanidades; profesor de la Universitas Senioribvs desde el curso 2009-2010 donde imparte Historia III (Moderna) e historia IV (Contemporánea).

En esta entrevista analiza los aspectos más importantes de su libro: Los presos del Valle de los Caídos. En el Valle de los Caídos no hubo trabajos forzados, ni Cuelgamuros fue un campo de concentración. Los presos del Valle solicitaron ir allí por las ventajas que representaba para ellos: la redención de penas por el trabajo; el salario igual al de los obreros libres que también trabajaron allí y con las mismas condiciones laborales presos y libres; y, sobre todo, la instalación de sus familias junto a ellos, cuando lo solicitaron, en cuatro poblados que se construyeron dentro del Valle con su escuela, hospital, economato e iglesia. Por primera vez se cuenta la verdad de lo que allí pasó, y Alberto Bárcena lo narra con pasión, pero sin odio, que en este libro ha sido desplazado por las fuentes documentales.

¿Está perfectamente demostrado que en el Valle de los Caídos no hubo trabajos forzados ni fue un campo de concentración como nos quieren hacer creer?

Exactamente, nada más lejano. Lo primero que tenemos que decir es que los trabajadores presos, de 19 años que dura la obra, estuvieron sólo 7 años. Ellos llegan entre el 43 y el 50 y porque lo solicitan libremente. No era tan fácil el trámite. Acogiéndose a la redención de penas, tenían que hacer una instancia y presentarla en el Ministerio de Justicia, en el Patronato de Nuestra Señora de la Merced, que se creó al efecto y solicitarlo y esperar a que se les concediera ir allí. Hubo mucha gente incluso que pidió recomendación para poder ir a trabajar allí y no fueron casos aislados.

¿Por qué pedían los presos ir voluntariamente a trabajar al Valle?

Porque las ventajas eran evidentes. En primer lugar iban reduciendo su condena. Allí en el Valle se llegó a aplicar el reducir 6 días de pena por cada día trabajado. Las condenas de 30 años, se quedaban en 5 o 6. Eran en su mayoría condenas de penas de muerte. Otro dato que no se conoce es que Franco, al acabar la Guerra, nombró unas comisiones de reducción de sentencia y esas comisiones conmutaron 16.300 penas de muerte por la pena inferior en grado, que es la pena de 30 años.

Es muy raro ver a un país del mundo en donde se perdonen tantas penas de muerte.

Evidentemente no era tan sencillo, y menos después de una Guerra como la que había habido aquí. Es un hecho bastante excepcional. Todos pedían ir allí porque se les quedaba la condena en la sexta parte y a veces incluso en menos. Tras el indulto de 1945, al que se acogieron muchos de ellos, gente que tenía hasta dos penas de muerte quedó libre.

Las condiciones de trabajo y el sueldo de los presos eran idénticas a las de un trabajador normal.

En el Valle había trabajadores libres desde hacía años y otros que siguieron llegando. Nunca estuvieron solos. Siempre hubo trabajadores libres y penados en un porcentaje que puede oscilar entre un 50 y 60%. A veces había más presos y a veces más libres. Ganaban todos lo mismo, fuesen libres o penados, en función de su cualificación. Muchos de ellos siguieron haciendo el trabajo que tenían antes de la guerra: médico, maestro o practicante.

Es justo lo contrario de lo que nos han contado, que los perdedores fueron llevados a la fuerza y castigados con trabajos forzados.

Justamente lo contrario. Tenían el mismo horario y sueldo que los trabajadores libres y comían lo mismo. Podían si querían hacer obras extraordinarias, que les computaban a la hora de reducir condena. También les computaban las bajas laborales, les computaban los domingos etc. Todo lo que pudiera ir reduciendo la condena se les tomaba en consideración. Muchos de estos presos pudieron, solicitándolo, llevar allí a sus familias, cosa que reconocen ellos mismos, cuando se les entrevistó en el año 76, sin ningún problema.

¿Todo esto está bien documentado?

Yo mismo he mirado a conciencia la documentación más directa, que es la que está en el archivo del Palacio Real de Madrid, donde tenemos un fondo que se llama Valle de los Caídos con 69 cajas, que recogen toda la obra de esos 19 años. Allí ves como los presos llevan a sus familias, piden muchas veces incluso cambio de vivienda para estar más cerca de algún pariente. La escuela no sólo era gratuita sino obligatoria para todos los niños que estuviesen viviendo en el Valle, incluyendo a los hijos de los presos. Se juntaban en aquella escuela los hijos de los libres, de los presos, de los profesionales, de los funcionarios de prisiones etc sin que hubiera ningún incidente nunca. Y todos esos niños, la inmensa mayoría de ellos, acabaron el Bachillerato en Madrid en el Instituto San Isidro. La mayor parte pasaron a la Universidad, algo que en la España de su tiempo no era lo normal. En verano por ejemplo crecía la población de los poblados de forma exponencial porque traían de veraneo amigos y parientes, tanto los libres como los presos.

Es muy curioso que en los documentos de esa época nadie habló de tratos inhumanos ni de nada parecido.

Tanto es así que cuando se inaugura el Valle, en 1959, el New York Times, que no es dudoso precisamente de ser franquista, tiene un titular el 3 de abril que dice: Franco tiende el ramo de olivo (de la paz) al bando derrotado de la Guerra Civil. Es decir, se interpreta, incluso en Estados Unidos, que es un monumento a la Reconciliación. No es que lo dijera el Régimen, sino lo decía un país que no tenía ningún condicionante a favor de Franco, ni mucho menos, pero así lo expresó como consta en las hemerotecas.

Háblenos del testimonio de los presos que confesaron la verdad, lo que desmiente todas las mentiras que se han inventado en los últimos años.

Hay un escritor anti franquista, que es Daniel Sueiro, que escribe en el 76, muerto Franco ya, un libro llamado La verdadera historia del Valle de los Caídos. Ese libro, que ya trata de poner en cuestión la construcción del monumento, tiene un enorme valor porque salen las entrevistas de varios presos, que habían estado allí. Por edad había muchos supervivientes. Admiten varias cosas que son muy importantes históricamente hablando. Todos reconocen (aunque sea sin entusiasmo) que ellos mismos pidieron ir allí. También reconocen que llevaron allí a sus familias. En definitiva el libro, aunque es anti franquista, viene a demoler la leyenda negra. Si comparamos ese libro con lo que luego se ha dicho no tiene nada que ver. Te encuentras que los presos con nombres y apellidos como Teodoro García Cañas, Candelar etc van diciendo que llevaban allí a las familias porque era una ventaja enorme y porque sabían que en el Valle una condena de 30 años se quedaba en unos 6. Lo dicen abiertamente.

Cuando hablan los presos del Valle el mito se cae porque empieza a salir a la superficie una realidad que desde luego es completamente opuesta a todo lo que luego se ha dicho.

Por ejemplo el número de muertos…

Así es, pues dos presos, el médico el Sr. Lausín y el practicante Sr. Orejas, dan dos cifras impresionantes: nos hablan de sólo 14 o 18 muertos en total en los 19 años que dura aquello. Es una mortandad por debajo de la media. Lausín estaba al frente del hospital botiquín del Valle y por lo tanto sabía perfectamente de lo que estaba hablando. Y son cifras que están dando cuando Franco está ya muerto, sin ninguna presión.

La viuda del primer muerto, que se llamaba Jerónima Díaz Organista, solicitó una vivienda en Madrid porque a los trabajadores del Valle (presos o libres) se les daba viviendas de protección oficial. Ella dice que es viuda del primer muerto que hubo en el Valle. Por eso sabemos que hasta el año 48, que es cuando muere su marido, Alberto Pérez Alonso, no hay ningún muerto. Por todo ello son inverosímiles las cifras que han dado de miles de muertos.

Toda esta manipulación de la Historia es en definitiva una obra de ingeniería social pura.

Efectivamente y llevamos oyendo este discurso como poco 30 años y cada vez ha ido a más sin que hubiese apenas oposición. Casi nadie ha salido a desmentirlo. Hay muy poca cosa escrita, exceptuando el libro de Juan Blanco, que desmiente muchos de estos datos, pero ese libro pasó muy desapercibido para gran parte de la opinión pública española. Quitando eso, aparte de mi libro y algún artículo previo que publiqué apenas hay nada más. La gente joven y la no tan joven ha ido asumiendo que aquello era un campo de concentración terrorífico donde pasaron cosas atroces. Y no hablo de gente dudosa, sino de personas que vienen de familias franquistas, con una formación religiosa. En ese punto del Valle tenían sus dudas. A mí en el CEU hace años un compañero de trabajo me preguntó por los miles de muertos, como si fuese un campo de exterminio. Ha habido una dejación de parte de los que tenían que defender la verdad del Valle desde la política al mundo académico.

Javier Navascués Pérez

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Alberto Bárcena
Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense, doctor en Historia Contemporánea por la CEU San Pablo; profesor, desde 2001, del Instituto de Humanidades Ángel Ayala de la Universidad CEU San Pablo donde imparte y ha impartido las siguientes asignaturas: Historia de las Civilizaciones, Historia de España (coordinador), Historia Social de Europa, Historia y Sociedad y Doctrina Social de la Iglesia en las facultades de Derecho, Económicas y Humanidades; profesor de la Universitas Senioribvs desde el curso 2009-2010 donde imparte Historia III (Moderna) e historia IV (Contemporánea).