Recuerdo como uno de los sucesos más importantes de mi existencia, la ruptura de aquel noviazgo, me sentí entonces como un triste arbolillo desgajado al que ninguna primavera daría otra oportunidad; pero no fue así, volví a la vida con nuevo follaje y pude encontrar, conservar y acrecentar el verdadero amor de mi vida fundando mi familia.

–A las personas le suele doler –dijo mi padre-, pero debemos confiar, pues Dios es nuestro jardinero. ¡Vaya que me dolió cuando cayeron mis ramas y mis hojas! Pero la poda fue la oportunidad para aprender las más importantes lecciones del amor humano y corregir errores que habrían dañado profundamente mi vida. De entender mejor que Dios es amor, y por lo tanto es Él quien pone esta capacidad en nuestros corazones para nuestro bien.

La lección más importante que aprendí, es que, si bien los seres humanos estamos necesitados de amar y ser amados, madurar en el amor es ir trasformando mediante la vida vivida, nuestra necesidad de amor, en capacidad de amar. El amor es participación activa, total implicación de nuestro espíritu inteligente y libre. El amor nos hace responsables.

Así, aprendí a llevar un noviazgo con el decidido compromiso a considerarlo como lo que era: la preparación para un posible matrimonio. Aprendí por ello, que es importante en la etapa de noviazgo alcanzar el mutuo conocimiento, propio de un amor personal. A darle mucho valor, pues si el noviazgo no es valorado, tampoco lo será el matrimonio.

El amor entre novios tiene sus actitudes específicas, no cualquier actitud es propia del amarse y respetarse en esta etapa. El tránsito a la seguridad de desear y consentir en la unión del matrimonio puede requerir necesarias experiencias.

Y sobre todo encontrar las respuestas correctas.

Algunas preguntas antes de dar el sí al matrimonio:

• ¿Qué es lo que te atrae de él o de ella? ¿Son profundas sus cualidades?

• ¿Se comparten los mismos valores, la misma espiritualidad y los mismos proyectos, así como el concepto sobre el noviazgo y el matrimonio?

• ¿Se está de acuerdo respecto del número de hijos que se desea tener?

• ¿Se demuestra el cariño y el respeto suficiente? ¿Existe atracción y deseo físico? ¿Se manifiesta castamente, es decir con delicadeza y respeto?

• ¿Los caracteres y los comportamientos de cada uno son lo suficientemente equilibrados y estables?

• ¿Los desacuerdos se tratan y se superan por medio del dialogo y la comprensión mutua? ¿Se acepta el reconocer los errores propios y pedir perdón?

• ¿Se conoce bien la vida profesional y los recursos del otro? ¿Se acepta su profesión y sus compromisos?

• ¿Se es una persona trabajadora, concienzuda y honesta? ¿Cómo administra cada uno su dinero?

• ¿Cómo es el trato mostrado hacia los demás: hacia los subordinados, hacia los amigos, hacia los miembros de la familia, etc.?

• Por ambas partes ¿se está orgulloso de presentar al otro a los amigos, a familiares y compañeros de trabajo?

• ¿Se aceptan los consejos del otro? ¿Dialogan serenamente y se contrastan pacíficamente?

• ¿Se comparten confidencias e intereses?

• ¿Se tiene paz en la relación o por el contrario, lo es de malestar e incomodidad?

• ¿Se es libre en la elección del otro, sin coacciones paternas o familiares, por ejemplo?

• ¿Se acepta una preparación seria para el matrimonio?

Un noviazgo debe ser lo suficientemente largo para conocerse bien y lo suficientemente corto para no aburrirse.

Al menos una vez: un verano, una navidad, una primavera, un aniversario, un cumpleaños, un éxito, un fracaso, una comida con sus padres, un encuentro y un desencuentro con ellos, una cena, un disgusto, un enfado, un rechazo, un enfriamiento, una vuelta a empezar.

Se debe tener el valor de terminar una relación en la que resulta evidente que no es la que mejor responde a tus valores, tu dignidad, tu personal forma der ser.

Tal vez duela, pero será necesario para el verdadero crecimiento en el amor.

Aleteia, basado en el testimonio del profesor Javier Escivá Ivars. Director del Máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.