PELIGRO DE SACRILEGIO. CONSIDERACIONES HISTÓRICAS Y PATRÍSTICAS ACERCA DE LA COMUNIÓN EN LA MANO

La verdadera historia. Los Papas, Santos Padres.

El Sagrado Concilio de Trento declara que es una Tradición Apostólica la costumbre de que sólo el sacerdote que celebra la Misa se dé la Comunión a sí mismo (con sus propias manos) y que los fieles la reciban de él.

Un estudio más riguroso de las evidencias disponibles en la historia de la Iglesia y de los escritos de los Padres, no apoya la aserción de que la Comunión en la mano era una práctica universal que fue gradualmente suplantada y efectivamente reemplazada por la práctica de la comunión en la mano. Más bien, los hechos parecen apuntar a una conclusión diferente.

El Papa San León Magno (440-461), ya en el siglo V, es un testigo temprano de la práctica tradicional. En sus comentarios al sexto capítulo de San Juan, habla de la Comunión en la boca como del uso corriente: “Se recibe en la boca lo que se cree por la Fe” 2. El Papa no habla como si estuviera introduciendo una novedad, sino como si fuera un hecho ya bien establecido.

Un siglo y medio más tarde, pero todavía tres siglos antes de que la práctica fuera supuestamente introducida (según el relato comúnmente difundido al que antes hicimos referencia) el Papa San Gregorio Magno (590-604) es otro testigo. En sus Diálogos (Roman 3, c. 3) relata cómo el Papa San Agapito obró un milagro durante la Misa, después de haber colocado la Hostia en la lengua de una persona. También Juan el Diácono nos habla acerca de esta manera de distribuir la Santa Comunión por ese Pontífice.

Estos testigos son del siglo V y VI. ¿Cómo se puede razonablemente decir que la Comunión en la mano fue la práctica oficial hasta el siglo X? ¿Cómo alguien puede sostener que la Comunión en la boca es una invención medieval? No estamos afirmando que en ninguna circunstancia los fieles la hayan recibido en sus propias manos. Pero, ¿en qué circunstancias? Parece que desde muy temprano era usual que el sacerdote colocara la Sagrada Hostia en la boca del comulgante.

Excepciones

Sin embargo, en tiempos de persecución, cuando no había sacerdotes disponibles, y los fieles llevaban el Santísimo a sus casas, se daban la Comunión a sí mismos, con sus propias manos. En otras palabras, antes que quedar totalmente privados del Pan de Vida, podían recibirlo en la mano, cuando no hacerlo implicaba quedar privados de este imprescindible alimento espiritual. Lo mismo se aplicaba a los monjes que se habían retirado al desierto, donde no disponían del ministerio de un sacerdote y no querían dejar la práctica de la Comunión diaria.

Resumiendo

Para resumir, la práctica era que se podía tocar la Hostia cuando no hacerlo equivalía a quedar privado del Sacramento. Pero cuando había un sacerdote, no se la recibía en la mano. Así, San Basilio (330-379) afirma claramente que sólo está permitido recibir la Comunión en la mano en tiempos de persecución o, como era el caso de los monjes en el desierto, cuando no hubiera un diácono o un sacerdote que pudiera distribuirla. “No hace falta demostrar que no constituye una falta grave para una persona comulgar con su propia mano en épocas de persecución cuando no hay sacerdote o diácono” (Carta 93). Lo que implica que recibirla en la mano en otras circunstancias, fuera de persecución, será una grave falta3. El Santo basa su opinión en la costumbre de los monjes solitarios, que reservaban el Santísimo en sus celdas, y en ausencia de sacerdote o diácono, se daban a sí mismos la Comunión.

En su artículo “Comunión” en el Dictionnaire d’Archéologie Chrétienne, Leclercq afirma que la paz de Constantino llevó la práctica de la Comunión en la mano a su fin. Esto reafirma el razonamiento de San Basilio, que la persecución era la que creaba la alternativa de recibir la Comunión en la mano o verse privado de Ella. Cuando la persecución cesó, evidentemente la práctica de la Comunión en la mano persistía aquí y allí. Era considerada como un abuso por la autoridad de la Iglesia, puesto que era juzgada contraria a la costumbre de los Apóstoles. Así, el Concilio de Rouen que se reunió en el año 650, dice: “No se coloque la Eucaristía en las manos de ningún laico o laica, sino únicamente en su boca”.

El Concilio de Constantinopla, conocido como in trullo (por no ser uno de los concilios ecuménicos realizados allí) prohibía a los fieles darse la Comunión a sí mismos (que es lo que sucede cuando la Sagrada Partícula es colocada en la mano del comulgante). Decretó una excomunión de una semana de duración para aquellos que lo hicieran en la presencia de un obispo, un sacerdote o un diácono.

¿Clericalismo?

¿No es una forma de clericalismo permitir al sacerdote tocar la Hostia y prohibírselo a los fieles? De ningún modo, pues a los sacerdotes sólo les estaba permitido tocar el Santísimo Sacramento en casos de necesidad. En efecto, aparte del celebrante de la Misa, nadie que recibiera la Comunión, aunque fuera sacerdote, podía hacerlo en la mano. De tal modo que, en la práctica tradicional del Rito Romano, si un sacerdote estaba oyendo Misa (y no celebrando) y deseaba recibir la Sagrada Comunión, no lo hacía en sus propias manos: la recibía de otro sacerdote, en la lengua. Lo mismo sucedía con un Obispo. Lo mismo si se tratara de un Papa. Cuando San Pío X, por ejemplo, estaba en su lecho de muerte, en Agosto de 1914, y se le administró la Sagrada Comunión como Viático, no la recibió, y no le estaba permitido, recibirla en la mano: la recibió en la lengua de acuerdo a la ley y a la práctica de la Iglesia Católica. Esto confirma un punto fundamental: por principio de reverencia, la Hostia no debe tocarse innecesariamente. Obviamente alguien debe distribuir el Pan de Vida. Pero no es necesario hacer de cada hombre, de cada mujer y de cada niño su propio “ministro de la Eucaristía” y multiplicar la manipulación torpe y chapucera y el peligro de que se caigan y se pierdan Fragmentos eucarísticos. Aún aquellos cuyas manos fueron especialmente consagradas para tocar la Sagrada Eucaristía, particularmente los sacerdotes, no deben hacerlo sin necesidad.

OBJECIONES

Es tiempo de hacer todo lo razonablemente posible y lícito para disuadir la práctica de la Comunión en la mano.

Procedencia del uso de la Comunión en la mano.

El origen de la presente práctica de la comunión en la mano en la cristiandad de Occidente puede rastrearse hasta la Revolución Protestante o “Reforma”. Algunos dirán que es la reimplementación de una costumbre antiguamente universal y venerable. Nos ocuparemos de este argumento más adelante. Pero aun cuando ése fuera el caso, de que antiguamente hubiera sido una costumbre de la Iglesia Católica, difícilmente pueda considerarse ortodoxa su introducción en el siglo XVI. Más bien, fue una forma de manifestar la negación de la Presencia Real como lo enseñaran Cristo y Su Iglesia y de la autenticidad del Sacerdocio Católico. Es la consecuencia, a nivel litúrgico, de una herejía previa.

Es bien sabido que la comunión en la mano comenzó a difundirse durante el comienzo de la década de 1960 en los círculos católicos de Holanda. Entonces comenzó como un remedo del uso protestante o, lo que parece más probable, como un falso “arqueologismo”, esto es, como una idolatría de supuestas costumbres de la Iglesia antigua. Esto implicó un olvido (¡o una negación!) de la verdad y de la evolución de la doctrina de la Eucaristía Católica hacia una forma más clara e inequívoca. Implicó un rechazo de lo que, en realidad, nos había sido legado con la evolución natural de la Liturgia. Se trató de un caso de flagrante desafío y desobediencia a la autoridad eclesiástica y a su ley. El deseo de esta costumbre no procedió de la autoridad suprema de la Iglesia, que se oponía a ella, ni tampoco de las filas de los fieles de Cristo (quienes, por definición, mantienen su fe en el dogma de la transubstanciación) que jamás solicitaron semejante práctica. Más bien, procedió de los cuerpos intermedios de la Iglesia y del “estamento litúrgico” en particular, y de un modo típicamente revolucionario. Cuando llegó el momento de comenzar a presionar para lograr la práctica en América del Norte, no siempre se recurrió a medios honestos. En realidad, se emplearon formas de engaño o, por lo menos, de “desinformación”. Es mejor echar un manto de olvido sobre la sordidez de los detalles, pero si alguien cuestionara que las cosas se hicieron de este modo, se puede conseguir una amplia documentación para atestiguarlo. Podemos resumir que el uso de la comunión en la mano surgió, en épocas modernas, de la herejía y la desobediencia. ¿Es esto lo que nos inspira el Espíritu Santo cuando se trata de efectuar algún cambio litúrgico deseado? Bien cabe pensar que es otro espíritu el que estuvo obrando.

LAS PARTÍCULAS.

Si analizamos la costumbre de colocar la Sagrada Hostia en la mano del que comulga, inmediatamente nos viene a la mente un dogma de la Iglesia: la presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y perdura mientras permanezcan las especies eucarísticas. Cristo está presente completo e íntegramente en cada una de las especies y en cada uno de sus fragmentos, de modo tal que partir el pan no fragmenta a Cristo. [Nota 205: Cf. Concilio de Trento: DS 1641.] (CCC, 1377). El Catecismo romano lo establece de esta forma: Cristo, completo e íntegramente, está contenido no solamente en cada una de las especies, sino también en cada una de las partículas de ambas especies. Cada uno, afirma San Agustín, recibe a Cristo, el Señor, y a Él completo en cada porción. El no disminuye al ser dado a muchos, sino que se da completo e íntegramente a cada uno … el cuerpo de Nuestro Señor está contenido completo e íntegramente hasta en la más mínima partícula del pan. Por lo tanto, debe tenerse gran reverencia, respeto y cuidado con estas partículas. Puesto que de esto se trata, ¿por qué habríamos de multiplicar el número de personas que manipulan la Sagrada Hostia, algunas de las cuales son torpes, o no ven bien, o no se preocupan, o no saben, etc., etc? Para aquellos que creen con una fe viva, la siguiente pregunta bastaría para poner fin a la práctica de la comunión en la mano: “¿Qué pasa con las Partículas?”

¿Quiénes promueven la comunión en la mano?

Quienes pertenecen a la corriente principal del establishment litúrgico (y sus seguidores) y promueven la comunión en la mano son los mismos que, en su mayoría, sienten desagrado, en general, por el culto al Señor en la Santa Eucaristía y, en particular, por la Adoración perpetua. Los liturgistas modernos no se destacan particularmente por otorgar un énfasis firme y merecido a la Presencia Real corporal y personal de Cristo Nuestro Señor en la Santa Comunión. En realidad, inclusive la desalientan. Nuestra atención se centra en la comunidad, dicen. En general, podemos aplicar a los tergiversadores (intencionados o no) de la doctrina y la práctica católicas referidas a la Misa, las palabras de G. K. Chesterton: ellos son culpables “desde la idolatría de lo intermediario hasta el olvido de fin último”. Bien, éstos son los que promueven la comunión en la mano. Y son ellos los que tienen aversión y los que desalientan la forma tradicional de recibir la comunión. ¿Por qué?

“Comunión en la mano” es un término erróneo.

Colocar la Sagrada Hostia en la mano de una persona no es darle la Santa Comunión. El sacramento de la Santa Comunión consiste en comer el Pan de Vida. En realidad, lo que sucede aquí es que cada persona que recibe la Sagrada Hostia en su mano, se está administrando a sí misma la Santa Comunión. Cada persona se constituye en su propio ministro de la Comunión (lo excepcional pasa a ser la regla). De este modo, el ministerio de los sacerdotes (y de los diáconos) o incluso el de los legítimos ministros extraordinarios de la Santa Comunión, queda eclipsado o incluso anulado. Se ha sugerido que esta práctica debería ser rebautizada como “autocomunión manual ordinaria”.

La Comunión en la mano es excesivamente informal.

¿Qué clase de alimentos tomamos con las manos? A menudo, en nuestra “cultura”, lo hacemos con aquellos alimentos a los que no les prestamos atención. Comemos pochoclo con las manos, al que no prestamos la mínima atención, mientras nuestros ojos están fijos en la pantalla del cine. Nos llevamos a la boca bocados crocantes mientras conversamos. Especialmente con los niños, pero no solamente con ellos, parece bastante necio asociar esto con la Santísima Eucaristía.

Por sus frutos…

Debemos ser rigurosamente honestos con nosotros mismos. Esta práctica, ¿ha fortalecido y clarificado realmente nuestra fe en la Presencia Real?

¿Ha producido una mayor devoción a la oración, más amor y más caridad fraterna? ¿Mostramos un mayor temor reverente al tomar el Cuerpo de Nuestro Señor en nuestras manos? Existe por lo menos un fruto que no proviene obviamente de la introducción de esta práctica; y es un rasgo también de la reforma general más amplia de la liturgia: se ha dañado la unidad.

Es también opinión del autor que, por lo menos, la comunión en la mano debe compartir la culpa por la pérdida de fe de los católicos en la Presencia Real de Cristo.

¿Fue alguna vez universal?

Para demostrar que la Comunión en la mano fue universal alguna vez, suele citarse un texto particular de San Cirilo de Alejandría, en el que explica cómo debemos hacer un trono de nuestras manos para recibir al Rey. Sin embargo, lo que habitualmente no se observa es lo que cualquier patrista confiable podría verificar: que el texto en cuestión es de origen dudoso. En realidad, es más factible que proceda de un obispo X, nestoriano. Además, contamos con los textos de San León Magno, San Gregorio el Grande … y los de San Basilio, etc.

La Última Cena. ¿Recibieron realmente los apóstoles la Comunión en la mano en la Última Cena?

En general se supone que sí. Pero aunque así hubiera sido debe tenerse presente que los propios Apóstoles eran sacerdotes o, incluso, obispos. Pero no debemos olvidar la costumbre hospitalaria del Medio Oriente, que se practicaba en tiempos de Jesús y que todavía subsiste: se alimentaba a los propios huéspedes sirviéndoles con la mano, colocando un bocado simbólico en la boca del convidado. Tenemos prueba de esto en las Escrituras: Nuestro Señor embebió un trozo de pan en vino y se lo ofreció a Judas. ¿Colocó el bocado mojado en la mano de Judas? Habría resultado algo engorroso. ¿Acaso no se dirigió a aquél más tarde en el Monte de los Olivos llamándolo “amigo” en el gesto de hospitalidad que hemos mencionado? Y entonces, ¿por qué no haberlo hecho con su Santa Comunión, “dándose a Sí Mismo con Su propia mano?”.

Consideraciones a partir de las Escrituras.

En la Santa Comunión recibimos la Palabra hecha carne. Cuando Ezequiel recibió la palabra de Dios, en forma maravillosa, pero inferior a como la recibimos nosotros, fue así: “Y [el Señor] me dijo: … ‘Pero tú, hijo de hombre, escucha lo que te digo; no te rebeles como la casa rebelde; abre tu boca, y come de lo que Yo te doy’. Y cuando miré, he aquí que una mano estaba extendida a mí, ¡he aquí!, en ella, un rollo escrito … Y Él me dijo, ‘Hijo de hombre, come lo que te he ofrecido; come este rollo, y ve a hablar a la casa de Israel’. Así que abrí mi boca, y Él me dio a comer el rollo [‘Y abrí mi boca, y Él me hizo comer aquel libro’ = 97 Vulgata]. Y me dijo, ‘Hijo de hombre, come este rollo que te doy y llena tu estómago con él. Entonces lo comí, y en mi boca supo dulce como la miel” (Ez. 2:1,8,9; 3:13, RSV). No dice que el profeta extendiera su propia mano, sino que abrió su boca. ¿Y no es esto acaso lo adecuado, puesto que hemos de recibir la palabra como niños pequeños, sea ésta el pan de la doctrina o el Pan bajado del Cielo? En otra parte, en un salmo con evidente profecía, con alusiones a la Eucaristía y que se emplea en el oficio de Corpus Christi, el Señor nos dice: “Yo soy el Señor tu Dios, que te trajo de la tierra de Egipto. Abre bien tu boca que la llenaré … Pero Yo alimentaré a Israel con el trigo más fino y Yo la llenaré con miel de la roca”. Dice “Yo la llenaré”, y no “llenadla vosotros mismos”. Admitamos que esto no constituye una prueba, pero apunta en una dirección determinada.

Conclusión.

Santo Tomás de Aquino nos recuerda que la veneración debida requiere que el Santísimo Sacramento sólo sea tocado por lo que ha sido consagrado. El cristiano, mediante el bautismo, ha sido consagrado para recibir al Señor en la Santa Comunión, pero no para distribuir la Sagrada Hostia a otros ni para tocarla si no hay necesidad. “Tocar las sagradas especies y distribuirlas con sus propias manos es un privilegio del que ha sido ordenado, de quien denota una participación activa en el ministerio de la Eucaristía” (Juan Pablo II, “Dominicae Coenae”, 11).

Notas:

1. El Sagrado Concilio de Trento declaró que es de Tradición Apostólica la costumbre de que sea solamente el sacerdote que celebra la Misa quien se administre a sí mismo la Comunión (con sus propias manos) y que los laicos la reciban de él (ses. 13, c. 8): “En cuanto a la recepción del Sacramento, siempre ha sido la costumbre de la Iglesia de Dios, que los laicos reciban la Comunión de los sacerdotes; pero que los sacerdotes celebrantes se den la comunión a sí mismos; tal costumbre, en cuanto a que ha sido legada por la tradición apostólica, debe, por razón y justicia ser mantenida” (In sacramentale autem sumptione semper in Ecclesia Dei mos fuit, ut laici a Sacerdotibus communionem acciperent; Sacerdotes autem celebrantes seipsos communicarent: qui mos, tamquam ex traditione Apostolica descendens, jure, ac merito retinere debet).

2. El Papa San León Magno (440461), ya en el s. V, es un testigo inicial de la práctica tradicional. En sus comentarios sobre el capítulo sexto del Evangelio según San Juan se refiere a la comunión en la boca como el uso habitual: “Se recibe en la boca lo que se cree por la fe” (“Hoc enim ore sumiter quod fide creditur”, Serm. 91.3). El Papa no habla como si se refiriera a una novedad, sino como de un hecho bien establecido.

3. Cuando hay sacerdote, no se la recibe en la mano. Así, San Basilio (330379) dice claramente que recibir la comunión en la propia mano debe estar permitido sólo en tiempos de persecución o, como es el caso de los monjes en el desierto, cuando no hay diáconos ni sacerdotes que puedan administrarla. “No hace falta demostrar que no constituye una falta grave que una persona comulgue con la mano en tiempos de persecución, cuando no hay ni sacerdotes ni diáconos ” (Carta 93, el énfasis es del autor). El texto implica que, recibir la comunión en la mano en otras circunstancias, a excepción del caso de persecución, constituiría una falta grave. Sería exactamente como si yo dijese, “Faltar a la Misa del domingo no constituye una falta grave si uno debe cuidar a un enfermo”. Esto implica que (algo que ya sabemos), cuando no existe esa causa que la excuse, perder la Misa sería una falta grave.

R. P. Paul McDonald (Cura Párroco)
St. Patrick’s Church
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(L3K 4G3) Canada
Tel (905) 834-6426 / fax (905) 834-1215
Publicado en Una Voce Argentina

1 Comentario

  1. Imitación de Cristo

    “Entonces verá y abundará, y se maravillará, y se dilatará su corazón; por que la mano del Señor está con él, y él se puso enteramente en sus manos para siempre. De esta manera será bendito el hombre que busca a Dios con todo su corazón, y no ha recibido su alma en vano. Este, cuando recibe la santa Comunión, merece la singular gracia de la unión divina; porque no mira a su propia devoción y consuelo, sino sobre todo a la gloria y honra de Dios.”

    🔔 Tomás de Kempis

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