“Los periódicos comenzaron para decir la verdad, y hoy existen para impedir que la verdad se diga”. G. K. Chesterton.

Contra el periodismo y los medios como vehículos transmisores de la mentira, de la disipación mental, de la superficialidad, de la irresponsabilidad, de la desmoralización, de la banalización, de la confusión, de la idiotización, de la corrupción moral y de la lengua, este libro presenta -en su segunda parte, tras una introducción general, un análisis puntual de los medios y un conclusivo epítome de la segunda-, abundantísimos testimonios para que el lector interesado pueda sacar las conclusiones irrebatibles al respecto, pues el mismo se propone como un extenso archivo documental, donde, “cuantos han tenido algo entitativo que decir sobre las amenazas del periodismo –como afirma Antonio Caponnetto en el Prólogo-, aquí están registrados. Pontífices, santos, ensayistas, escritores, poetas, profetas. Una larguísima nómina de juicios sensatos, para que el lector pueda rumiar y meditar largamente y arribar a conclusiones propias”.

Este estudio exhaustivo y “poderosa antología, única en su género” pone en evidencia de qué manera han coincidido grandes pensadores sobre un asunto que está en el centro del problema del mundo en que vivimos. Obra que servirá tanto al estudioso de la materia, como así también para gozo del buen lector que ansía la verdad y comprueba penosamente cada día cómo la confusión y la mentira ocupan todos los espacios mediáticos a su alcance hasta volver irrespirable el ambiente; pero que a pesar de ello se siente acompañado por todos aquellos que han comprendido lo que afirmaba Nicolás Gómez Dávila: “La verdad nunca es conquista definitiva. Siempre es posición que toca defender”, y por lo tanto puede saberse un seguidor de la misma lucha por el triunfo de la verdad en el presente.

Fragmentos del Prólogo de Antonio Caponnetto:

El autor empieza por encuadrar el tema del periodismo, no en el marco fenomenológico en que suele abordárselo, sino en el más alto y más hondo telón de fondo de la teología católica.

Existe un misterio de iniquidad; existe el demonio; existe el Mal desatado por el mundo, y existe una bandera preternaturalmente ruin, que es divisa de la contienda librada por los protervos.

No puede sorprender entonces que al mismísimo demonio pueda adjudicársele la paternidad del periodismo. Porque él es el responsable final de los cuatro movimientos por los cuales la inteligencia se aparta de la Verdad: el error, la ignorancia, la confusión y la mentira.

Y si alguna especialidad y finalidad poseen hoy los periodistas, ésa no es otra que la conjura sistemática contra la Verdad.

Ver detrás de toda cuestión política una cuestión teológica, es lo propio del sabio, según enseñanza del Marqués de Valdegamas.

Flavio Mateos ha visto esta cuestión teológica con abundancia de razones y solvencia de argumentos. Pero la ha visto no tras un problema subalterno o menor, como quien exagera la nota o padece de cierto aparicionismo célico. Ha visto la cuestión teológica de la infestación demoníaca allí donde veramente existe: en el despliegue infernal de cientos de multimedios, ocupados sistemáticamente en falsearlo todo, en corromperlo todo.

Otros comienzan por indagar los móviles ideológicos de los mass media, los ocultos resortes financieros, las maquinaciones turbias entre poderes combinados. No negamos esta vía de acceso a la funesta cuestión. Bien necesaria es.

Pero lo primero es lo primero, si cabe la redundancia. Y lo primero es saber que ultrajar la Verdad es ofender a Dios, y que sólo hay un Maldito que puede estar interesado en tan nefasta medida.

Hasta La Fontaine, que tenía lo suyo, en su Lettre a M. Simon de Troyes, del año 1686, dejó dicho que “todo periodista es tributario del Maligno”. Por algo habrá sido. Y ese “algo” lo sabe luminosamente nuestro autor que ha acumulado pruebas de los efectos causados por esta presencia luciferina tras los medios.

Léase con particular detenimiento, entonces, el apartado dedicado especialmente a estos efectos causados. Allí verán los escépticos, y hasta los relativistas, que tamaños frutos de envilecimiento del alma humana no pueden ser la simple consecuencia de un grupúsculo de escribas o de parlanchines. Hay otro Innombrable que inspira la tragedia.

Por lo tanto, la recurrencia del autor a la teología no debe ser objetada. Porque no es explicar el chaparrón de hoy por el diluvio de los tiempos de Noé. Es inteligir la plena dimensión de la mentira buscando a su progenitor. Así de simple y de trágico.

(…)
Cuantos han tenido algo entitativo que decir sobre las amenazas del periodismo, aquí están registrados. Pontífices, santos, ensayistas, escritores, poetas, profetas. Una larguísima nómina de juicios sensatos, para que el lector pueda rumiar y meditar largamente y arribar a conclusiones propias. Confieso que no he visto antología semejante.

Objetarán algunos que queda afuera de la consideración de esta obra la acción tenaz y esclarecedora de los buenos periodistas.

Si se escribe el libro negro de una profesión, oficio o sistema, es fácil deducir que se está queriendo alertar sobre sus peligros. Las excepciones confirman la regla. Y Flavio Mateos no desconoce estas excepciones, puesto que a muchas de ellas menciona. A él mismo, por otra parte, lo hemos sorprendido en más de una ocasión, haciendo las veces de articulista, cronista o reportero. Y está muy bien que así sea.

Porque Ramiro de Maeztu distinguía entre periodistas y además periodistas. Los segundos eran personas decentes y sensatas, que vivían limpiamente su vida, pero que, en determinadas circunstancias, se valían de los modos periodísticos para difundir la Verdad. Los primeros en cambio, consagran sus esfuerzos a la entronización de la falsía, y cuanto más lo logran, más se encumbran en su oficio y en su patrimonio.

Acierto grande es que este esforzado ensayo se llame “El libro negro del periodismo”.