“Han de venir unas modas que ofenderán mucho a Nuestro Señor…los pecados de la carne son los que más almas llevan al infierno”

Con esta contundencia habló la Virgen a tres inocentes pastorcitos. Los niños sabían que la condenación eterna era real y no un asunto baladí. Vieron con pavor el infierno abierto y la desgarradora desesperación de los condenados. La canción “Ave de Fátima” refleja esta misma enseñanza: “Las modas arrastran al fuego infernal, vestid con decencia si os queréis salvar”. Hoy tristemente estos versales son mutilados en las versiones edulcoradas del cántico.

Aunque sea de perogrullo no está de más recordar al alma dormida de los católicos light estas verdades. Parecen obvias, pero pocos caen en la cuenta, al perderse el sentido de pecado en la sociedad, desgraciadamente también entre muchos católicos infectados de modernismo.

A través del cine clásico es fácil comprobar la involución de las modas en el siglo XX. Hubo una época, que hoy nos parece remota, en la que se vestía con elegancia y modestia. Los hombres, también los jóvenes, vestían con traje, corbata y sombrero. Las mujeres con recatados vestidos que realzaban su belleza sin necesidad de mostrar ciertas partes de su cuerpo.

A raíz de la revolución sexual de mayo del 68 varias rebeliones contraculturales fueron cambiando las costumbres y la moral de la sociedad. La aparición de las mini faldas, los escotes, el bikini etc. y el poder seductor de la publicidad convirtieron a muchas mujeres en objeto de deseo sexual. La mujer objeto está en las antípodas del modelo de modesta madre cristiana, que tiene a la Santísima Virgen como referente. La ingeniería social convirtió igualmente al hombre en objeto de deseo, afeminándolo y aficionándolo a cremas, dietas, depilaciones…

Este proceso de degeneración en el vestir ha ido creciendo paulatinamente en los albores del siglo XXI. En cualquier ciudad occidental el pudor ha desaparecido totalmente en el vestir, especialmente en verano. Ello es fuente de muchos pecados y ocasiones de pecado. Todo el que viste provocativamente el día del Juicio tendrá que dar cuenta a Dios de esta iniquidad y de los pecados de todas las personas a las que ha hecho caer.

Los católicos tenemos el deber grave de dar ejemplo y de vestir con decencia en este mundo hedonista. Así demostramos que el alma vale más que el cuerpo y no ofenderemos a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, que tanto sufren por los pecados de la humanidad. Uno de los que les causa gran dolor es la lascivia, fomentada por las modas y la publicidad.

SACRILEGIOS QUE CLAMAN AL CIELO

Y es sangrante que se permita la entrada de personas indecentemente vestidas en la iglesia. Los sacerdotes y los obispos son gravemente responsables. Deben impedir rotundamente que nadie entre en la iglesia sin vestir modestamente y mucho menos aún que asista al Santo Sacrifico del Altar. Tendrán que dar cuenta a Dios si permiten estos viles sacrilegios y escándalos.

“Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños” (Lucas 17, 1)

Es deber de los católicos celosos advertir al párroco y si es preciso al prelado de estos dolorosos abusos y de corregir a las personas mal vestidas en el templo. No podía dejar de nombrar la falta de modestia en ciertos eventos eclesiales, por ejemplo en las Jornadas Mundiales de la Juventud. Al asistir se intuye claramente que allí se ofende mucho al Señor por la falta de respeto, por las modas y los pecados de impureza. Igualmente es deber grave de los párrocos y catequistas velar para que los jóvenes vistan y se comporten cristianamente.