El terror, desde que emergió la primera Revolución moderna, la francesa, ha cumplido una función política y nunca ha sido una mera accidentalidad en este tipo de procesos sociales. Robespierre fue uno de los visionarios que teorizó sobre la función política del terror al que le dedicó frases como: “El terror, sin virtud, es desastroso. La virtud, sin terror, es impotente”; o, como se popularizó entre los revolucionarios franceses, “el terror os hará libres”. Kant, contemporáneo de la Revolución francesa, había teorizado sobre la función de la política de la violencia. Definía la violencia como un estado provisional en la historia de la humanidad hasta que llegara la Paz perpetua y definitiva.

A esta utópica idea le dedicó un opúsculo imprescindible para entender los orígenes del pacifismo falso moderno. La violencia, según Kant, vendría a ser un motor transitorio, de competencia y lucha, que permitiría la superación de los hombres y la formación de la Civilización. Pero esta dinámica violenta sería por fin sustituida por la Razón, como canon de acción ética universal. Con otras palabras, para que llegara una paz definitiva a una humanidad perfecta, el terror y la violencia eran necesarios. De ahí que el filósofo se alegrara al producirse la Revolución francesa.

El terror moderno, como etapa inherente a la Revolución, sería una forma de violencia que permitiría transformaciones sociales que de otra forma serían imposibles. La paradoja del terror es que causa caos y desorden social para proporcionar un “nuevo orden”. Por eso decía Hegel que el terror [de la Revolución francesa] es Kant puesto en práctica. El Terror, compartía con Kant, debía traer una nueva época de esplendor ilustrado y felicidad a todos los pueblos.

Georges Lefebvre, en su obra El gran pánico de 1789, habla del Gran Miedo que recorrió Francia. Distingue perfectamente entre el mero miedo a la violencia de la aparición del terror como un instrumento del poder revolucionario: “El miedo pasó de ser algo anárquico y deslavazado, algo desorganizado y tumultuoso a ser algo organizado algo dirigido por la justicia popular, pasó de mero estado anímico a instrumento o arma para la lucha política popular concentrada en esos momentos en la salvaguarda de la revolución”.

Que los tribunales populares y revolucionarios fueran inventados durante la Revolución francesa, y se replicaran en todas las revoluciones modernas, como la bolchevique, o en el periodo que estamos relatando en este libro, no es mera casualidad. El filósofo Maurice Merleau-Ponty, en Humanismo y Terror, recoge las polémicas sobre el terror surgidas especialmente durante la revolución rusa.

La esencia del marxismo –plantea- acepta que el terror es parte de la historia. Marx, en la Ideología alemana, con cierta inocencia, afirma que es la precisamente la Revolución la que minimiza el terror burgués y permite así que emerja la clase proletaria redentora de la Humanidad. O Marx se equivocó totalmente, o sus interpretadores lo entendieron absolutamente al revés: cuanto más terror, proponían muchos revolucionarios, más se aceleraría el paso a los objetivos de la Revolución. Merleau-Ponty asegura que según los bolcheviques rusos: “El terror culmina en la Revolución”.

Y sigue afirmando que los grandes teóricos como Trotsky, Bujarin, o Lenin: “Cada uno de ellos piensa realizar, a través de él [el terror], la verdadera historia humana, que no ha sido comenzada, y es eso lo que justifica según ellos la violencia revolucionaria. Más concretamente, los tres, como marxistas, reconocen el hecho de la contingencia y del Terror, pero también como marxistas admiten que esta violencia tiene un sentido, que es posible comprenderla, leer en ella un desarrollo racional, sacar de la violencia un futuro humano […] Si el marxismo es pues una teoría de la violencia y una justificación del Terror, hace surgir sin embargo la razón de la falta de razón, y la violencia que legitima debe llevar un signo que la distinga de la violencia retrógrada. Seamos marxistas o no, no se puede vivir ni profesar con consecuencia la violencia pura, que sólo está considerada en función de un nuevo futuro”.

Gran doble paradoja: el desorden crea orden y el terror trae la paz y felicidad. Todas estas doctrinas fueron perfectamente asimiladas por los revolucionarios de nuestras tierras. Y así quedará patente en múltiples publicaciones y artículos en los que teorizaban sobre el asunto. Joan Peiró, conocido como el líder anarquista “moderado” de Mataró, escribía en una recopilación de artículos bajo el título de Perill a la rereguarda (Peligro en la retaguardia): “Cuando los individuos no se adaptan a los imperativos de la Revolución […] Se les mata si es preciso” (Introducción a la recopilación). Así de simple, así de llano.

Javier Barraycoa

2 Comentarios

  1. ✡ Los Protocolos de los Sabios de Sión

    “Cuando el pueblo ve que en nombre de la libertad, se le hacen tantas concesiones, y se tienen con él tantas complacencias, se imagina que es dueño y señor, y se echa sobre el poder; pero, naturalmente, tropieza como un ciego con una multitud de obstáculos; entonces se echa a buscar quien lo conduzca a través de esos obstáculos, y no encontrándolo, acoge la idea de volver a lo pasado y depone todos sus poderes a nuestros pies.

    Acordaos, si no, de la Revolución Francesa, a la que nosotros hemos dado el calificativo de grande; los secretos de su preparación no son demasiado conocidos, porque esa revolución, tal como fue, es obra de nuestras manos.”

  2. ? Los Protocolos de Los Sabios de Sión

    Protocolo I

    “Dejemos de lado toda fraseología; estudiemos en sí misma cada idea e ilustremos la situación por medio de comparaciones y deducciones. Voy, pues, a formular nuestro sistema desde el punto de vista nuestro y desde el punto de vista de los Gentiles (Goyim).

    Hay que hacer notar ante todo que los hombres dotados de malos instintos abundan más que los de buenos sentimientos. Por esta razón hay que esperar mejores resultados cuando se gobierna a los hombres por medio de la violencia y el terror, que cuando se trata de gobernarles por medio de las discusiones académicas. Todo hombre aspira al poder; cada uno quisiera convertirse en dictador; si esto fuera posible al mismo tiempo, muy poco faltaría para que no estuvieran todos prontos a sacrificar el bien de los demás, a trueque de conseguir cada uno su propio provecho.”

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