¿Por qué Santo Tomás hoy? ¿Por qué a más de siete siglos de su muerte sus obras siguen concitando una permanente atención por parte de los estudiosos al tiempo que el Magisterio de la Iglesia no cesa de proponerlo y recomendarlo como Doctor universal de la Fe Católica? ¿Por qué nos animamos a sostener que Santo Tomás es capaz de dar respuestas válidas a las inquietudes de nuestro tiempo y a los complejos problemas del mundo en el que nos toca vivir? Son preguntas que nos parece oportuno formular en esta festividad litúrgica del Doctor Angélico que hoy celebramos.

En primer lugar, hay algo que debemos resaltar: Santo Tomás, que vivió y pensó en un mundo en crisis signado por grandes desafíos y no pocas turbulencias, supo hallar las respuestas adecuadas a su tiempo. Pero esas respuestas, si bien pensadas y elaboradas en los términos de la época para la que fueron propuestas, tienen, no obstante, la virtud de la perennidad por lo que conservan una asombrosa y renovada actualidad.

Con todos los distingos que cabe formular, también la nuestra es una época de profunda crisis y de agitación de los espíritus, también la nuestra es una época de grandes desafíos; y si bien nos hallamos ante problemas distintos en buena medida de los que debió enfrentar Santo Tomás, ello no impide que les alcance a nuestros actuales desafíos la perennidad de las respuestas que el genio del Aquinate encontró para los suyos. Santo Tomás, en efecto, nos ha legado una doctrina, un admirable corpus sistemático en el que la investigación y el estudio cuidadoso y solícito permiten descubrir principios y conclusiones que iluminan al hombre de estos agitados días que corren.

Pero Santo Tomás no sólo tiene vigencia por su pensamiento, por ese corpus de enseñanzas magníficamente concebido y articulado, expuesto con inigualable precisión y claridad en multitud de escritos que conforman una obra de vastedad oceánica. Tomás está vigente, también, por el espíritu que infundió a su empresa intelectual y que animó todos sus desvelos de pensador cristiano. Ese espíritu resulta el más adecuado para pensar, como cristianos, en el mundo de hoy.

¿Cómo definir o caracterizar ese espíritu? Diremos, en primer término, que él consiste en ver y pensar todas las cosas desde la Fe. Tomás fue, sobre todo, un doctor cristiano que pensó, reflexionó y obró a la luz de la fe. La fuente de la que manó toda su doctrina no fue otra que la Sagrada Escritura, esto es, la práctica constante de la lectio divina, hábito que provenía de su matriz benedictina forjada durante su infancia y adolescencia en el monasterio de Montecasino y que mantuvo a lo largo de toda su vida. Habla Señor que tu siervo escucha; tal el mérito fundamental de Santo Tomás, la escucha atenta y meditada de la Palabra viva de Dios.

Pero se ha de añadir algo más, sin lo cual no quedaría adecuadamente definido el espíritu del tomismo. En efecto, otro rasgo fuerte de ese espíritu fue una profunda confianza en el valor de la razón humana. Tomás fue consciente de la debilidad de nuestra razón pero también de su enorme dignidad. La razón, aunque débil, cuando se une a la Fe no sólo se trasciende a ella misma sino que se engrandece hasta límites insospechados; tal la convicción que animó desde el principio hasta el fin la formidable empresa intelectual del Doctor Angélico.

Por su doctrina y por su espíritu, pues, el Santo Doctor es el modelo de todo auténtico pensamiento cristiano y humano. Por eso en el siglo XXI seguimos empeñados en el estudio de su obra. Estamos convencidos de que frente a los problemas que tenemos que resolver hoy, sea en el plano del conocimiento científico, en el de la acción apostólica o en el del testimonio cristiano en la sociedad, Tomás sigue siendo indiscutiblemente el maestro perenne.

Pero, si como decimos, la luz que irradia de la obra del Aquinate se extiende a la totalidad de las inquietudes y los desafíos de nuestro tiempo, no debe dejar de señalarse la singular importancia que hoy reviste su obra de frente a las dificultades y tensiones que se observan en el campo de la teología actual. ¿Cómo se sitúa hoy Santo Tomás ante el actual panorama de la teología de nuestro tiempo? ¿Tiene algo que decirnos o, como pretenden algunos teólogos apresurados, la teología tomista no tiene otro destino que el arcón de los arcaísmos?

La labor teológica emprendida por Santo Tomás representa un formidable esfuerzo de síntesis y de orden. Tomás ha levantado, en realidad, como sabio arquitecto, una catedral y se ha valido para su propósito de un conjunto de materiales que, en su mayor parte, estaban disponibles en la época en que inició su carrera de Doctor cristiano. Sin embargo nadie puede negarle el justo título de haber llevado adelante una empresa tal de renovación y de originalidad en el campo teológico como pocas en la historia de la reflexión teológica cristiana.

Hemos pasado revista a varios de sus textos pero nos hemos detenido de modo particular a examinar la célebre cuestión primera que puso como una suerte de atrio de su Suma de Teología. No obstante, esta admirable cuestión no es solamente el pórtico de esta obra (aunque no puede suponerse un lugar más adecuado para ella), en realidad es el pórtico de toda la obra teológica del Aquinate, el paso obligado para aproximarse a su pensamiento pues en ella se hallan reunidos todos los elementos fundamentales de su sistema. Es, por eso mismo, la inagotable cantera de la que siempre es posible extraer cosas viejas y nuevas (Mateo, 13, 52).

En primer lugar, Tomás valoró la razón humana en sus justos límites y la empleó sin titubeos en la edificación de su Sacra Doctrina. Además, de cuantos filósofos y doctores supo valerse le otorgó un destacado lugar a Aristóteles aunque no desechó a ninguno que, a su juicio, pudiera aportar la menor cuota de verdad y de bien. Pero esto no hizo de él un racionalista al estilo de Abelardo. Se apartó, en lo que estimó oportuno, de San Agustín, pero estuvo en las antípodas de ser un revolucionario o un contestatario. Renovó los estudios teológicos pero no fue de esos innovadores que queman incienso en el altar de cualquier novedad. Por todo eso su Teología no cayó ni en el abismo del inmanentismo mundano ni en la frívola precariedad de los reformadores. Y si esto fue posible es porque Tomás no perdió jamás de vista dos cosas: que la Sacra Doctrina no tiene otra razón de ser que conducir al hombre a la salvación y que para alcanzar esa salvación no es necesario anular la naturaleza pero sin la gracia la naturaleza nada puede ni aún lo natural. He aquí las claves de su teología, una teología pensada desde la fe y sazonada con la abundancia de la oración.

Como toda obra humana, la Sacra Doctrina de Tomás de Aquino está hecha de letra y de espíritu. A menudo, a lo largo de la historia, pareció que, a veces, sólo permanecía su letra mientras su espíritu se eclipsaba; no faltaron, entonces, quienes se apresuraron a decretar su muerte. En otras épocas, en cambio, da la impresión de que se invocaba su espíritu con poco o ningún serio apego a la letra; y así apareció un Tomás acomodado a los gustos más variopintos y extraños. Para alejarnos de estos extremos nada mejor que leer este admirable texto de la cuestión primera (no menos que cuantos componen su obra oceánica), con diligencia y estudio, y aspirar a pulmón lleno, ese espíritu de fe que se respira en cada una de sus páginas. Al hacerlo caeremos en la cuenta de que Tomás renovó la teología pero no la cambió ni la adulteró sino que se mantuvo fiel a la fe de la Iglesia, a la Tradición y al Magisterio. No fue un teólogo de avanzada sino la poderosa avanzada de la fe en el mundo difícil y convulso en el que le tocó vivir. Y seguirá siendo esa avanzada toda vez que la verdad católica debe ser testimoniada, defendida y restablecida.

Mario Caponnetto

3 Comentarios

  1. Oración a Santo Tomás de Aquino

    Angélico doctor Santo Tomás, gloria inmortal de la religión, columna firmísima de la Iglesia, varón santísimo y sapientísimo, que por los admirables ejemplos de tu inocente vida fuiste elevado a la cumbre de una perfección consumada, y con tus prodigiosos escritos eres martillo de los herejes, luz de maestros y doctores, y milagro estupendo de sabiduría;

    ¡Oh! quien acertara, Santo mío, a ser en virtud y letras verdadero discípulo, aprendiendo en el libro de vuestras virtudes y en las obras que con tanto acierto escribiste la ciencia de los santos, que es la verdadera y única sabiduría. 

    ¡Quién supiera hermanar, como vos, la doctrina con la modestia, y la alta inteligencia con la profunda humildad! Alcanzadme del Señor esta gracia, junto con el inestimable don de la pureza y haced que, practicando tu doctrina y siguiendo tus ejemplos, consiga la eterna bienaventuranza. Amén.

  2. Oración para antes de estudiar de Santo Tomás de Aquino

    Creador inefable,
    que en los tesoros de tu sabiduría
    has establecido tres jerarquías de Ángeles,
    y las has colocado sobre el cielo empíreo
    con orden admirable
    y has dispuesto admirablemente
    todas las partes del universo.

    Tú, pues, que eres considerado verdadera
    fuente de la luz,
    y principio eminentísimo de la sabiduría,
    dígnate infundir un rayo de tu claridad
    en las tinieblas de mi inteligencia,
    alejando de mí las dos clases de tinieblas
    con las que he nacido:
    la del pecado y la de la ignorancia.

    Tú, que sueltas las lenguas de los niños,
    prepara mi lengua
    e infunde la gracia de tu bendición
    en mis labios.

    Concédeme la agudeza para entender,
    la capacidad para asimilar,
    el modo y la facilidad para aprender,
    la sutileza para interpretar
    y la gracia abundante para hablar.

    Instruye el comienzo,
    dirige el desarrollo,
    completa la conclusión.

    Tú, que eres verdadero Dios y hombre, y que
    vives y reinas por los siglos de los siglos.

    Amén.

  3. Este testimonio intelectual del doctor Mario Caponnetto tiene el gran mérito de traer a nuestra preocupada conciencia las vastas praderas, las formidables murallas, los cielos inescrutables del Santo Doctor de Aquino, que den sosiego a nuestros temores de hombres zarandeados por el más temible terremoto de la historia. Como bien lo afirma el autor, Tomás es juntamente una inteligencia que abarca todo y profundiza en todo hasta las raíces del ser, y un alma que contempla las cosas que nos rodean mientras vive en las alturas de Dios.

    Una pregunta, la dirijo a los estudiosos de Santo Tomás, es, no si es posible tender un puente entre su ciencia elevadísima y las cuestiones que nuestra época se plantea, cosa que doy por cierta y evidente, sino cómo vincular intelectualmente en el orden filosófico y teológico la sabiduría de Tomás con las realidades escatológicas, de las que muchos indicios parecen indicarnos corresponden a éste nuestro tiempo. Cuestiones tales como la acción extrema del misterio de iniquidad, la presencia de la Virgen como Conductora de la contraofensiva que llevan adelante las milicias angélicas, la Aurora de María como inicio de los “tiempos nuevos” en los que Cristo manifiesta de modo creciente la Luz de su Gloria, que María nos comunica haciendo que se “manifieste” en nosotros el “hombre nuevo” recibido en el bautismo: “vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también os manifestaréis en gloria con Él” (Col 3, 3-4), todo ello como preparación del camino de Cristo que Viene. Son cuestiones que surgen de la apreciación de los hechos que se viven en la Iglesia y en la humanidad, iluminados por la promesa de que “Al fin triunfará Mi Corazón Inmaculado” (Fátima), a los que cabe añadir el Secreto de La Salette, y los mensajes dados en sus actuales manifestaciones extraordinarias, las que hayan recibido la aprobación de autenticidad por parte del obispo competente, casos de los Mensajes dados para el Movimiento Sacerdotal Mariano a través del P. E. Gobbi, o de los dados por Jesús y por la Virgen en San Nicolás (Argentina). En verdad, es una revelación de cosas que permanecían de difícil interpretación para la exégesis, que iluminan el escenario que estamos viviendo, de modo coherente, que concierta con la doctrina de la Iglesia, realidades sobre las que Pío XII manifestó de modo explícito y bien fundado su certeza de que “se puede y debe restablecer la armonía primitiva” (Mensaje de Navidad 1957), Pablo VI esperaba “la Civilización del Amor”, y S.J.P.II nos invitaba a “Cruzar el umbral de la Esperanza”. Podemos prever, conforme a ciertos estudiosos de la Sagrada Liturgia (El Sentido Teológico de la Liturgia” del P. Cipriano Vagaggini, O.S.B- BAC, 1956) que cabe entender nuevas relaciones sacras entre las cosas materiales y el hombre, lo que conduciría a una profunda transformación de las actividades humano-temporales proyectadas como atinentes al Reino de Dios entre nosotros. Todo esto conduce, o hunde sus raíces filosófico-teológicas en la última realidad ontológica de los seres materiales singulares, concretos, esto es, en su absoluta inteligibilidad. Es un abismo que muestra una dimensión poco conocida de la realidad de la creación, el cosmos entendido como discurso inteligible del Verbo Creador. Las cosas comprendidas como realización substancial de la palabra de Dios participada por ellas. Lo que en palabras de San Juan de la Cruz: “las cosas nos dicen lo que ellas son en Dios, y lo que Dios es en cada una de ellas”. O sea, podríamos estar en condiciones de afirmar (apelo de nuevo a los teólogos y a los filósofos) que podemos concebir al hombre y al cosmos en la inteligibilidad del acto creador que les confiere la existencia y la sustancia singular inteligible que los constituye como seres materiales singulares, objeto del conocimiento inteligible. Ciertamente en este punto, digo algo que se aparta de lo afirmado por Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, que “sólo hay ciencia de lo universal”. Por lo cual el ángel no tendría conocimiento directo de las cosas materiales sensibles y singulares, sino sólo por medio de las especies divinas. Se entiende, el ángel carece de cuerpo, por lo tanto carece de sentidos que le permitan conocer las cosas sensibles singulares. Aquí me aparto nuevamente de Santo Tomás en tanto, entiendo, no previó la inteligibilidad de las cosas materiales sensibles y singulares, por lo cual el ángel sí puede conocerlas de modo inmediato, sin necesidad de recurrir a las nociones divinas.

    No es éste el lugar para exponer el innúmero universo que surge al aceptar la inteligibilidad última de los seres materiales sensibles singulares concretos. Podemos afirmar sin temor que permite concebir un Mundo Nuevo. Sea éste un pequeño y humilde testimonio de amor y admiración a la sabiduría del Docto Santo Tomás de Aquino, lumbrera de Occidente y faro inextinguible de los “nuevos tiempos” que María ilumina con su Aurora.

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