He adquirido el convencimiento de que para descubrir la unidad de sentido que encierra la lectura de Don Quijote de la Mancha hay que comenzar por el capítulo último de la segunda parte. Aquel Hidalgo de un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, aquel Hidalgo de rocín flaco y galgo corredor del que el autor duda del apellido, “unos dicen que tenía de sobrenombre Quijada o Quesana aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana” y que nos presenta con tanta vacilación en el primer capítulo de la primera parte, en el último nos desvela abiertamente que se llama Alonso Quijano y, lo que es más significativo, que era llamado y conocido por sus convecinos como “El Bueno” a causa de sus costumbres.

Sólo desde esta bondad ontológica se puede comprender la raíz de su aventura y de su arriesgada itinerancia. El mundo está colmado de injusticias, huérfanos desamparados y viudas, maleantes, entuertos y malandrines, encantadores maléficos. Alguien tendrá que poner remedio a tanto desafuero. Su ideal no puede ser más noble y plausible: restablecer la justicia entre los hombres. Como en toda persona, independientemente del oficio en que se desenvuelva, Don Quijote manifiesta en su actuar la faceta verdadera de su ser, es un hombre bueno, incapaz de doblez y engaño. Su locura se manifiesta en el instrumento elegido y en el modo, ni uno ni otro exento de nobleza y de exigente sacrificio: restaurar el ideal caballeresco, imponiéndose a sí mismo el encarnarlo en su tiempo.

Ideal anacrónico por los contravalores en que se mueve la sociedad, asentados incluso entre los que por linaje o condición de nobleza debían haber mantenido aspiraciones más concordes con su origen y posición. Recuérdese el comportamiento de los Duques en su paso hacia las justas de Zaragoza, aunque diesen ocasión a aventuras tan portentosas, como las del Clavileño, la ínsula de Barataria o a que Don Quijote aleccionase a Sancho con consejos de validez intemporal que debían dar la bienvenida en el zaguán de nuestras viviendas.. Anacronismo mayor que el que evidencian las armas antiguas o el lenguaje a veces arcaizante cuando imita la ficción literaria de los libros de caballería. Ese desajuste entre el modo y el fin será fuente constante del maravilloso humor que recorre toda la obra, humor y a la vez melancolía, quizás la aportación de mayor hondura humana que Cervantes ha aprendido en una biografía acosada tantas veces por la adversidad.

Recomiendo empezar por el final no sólo para conocer desde el principio el alma del protagonista tan de caballero cristiano en su vida como en su muerte. Serena, ejemplar y cristiana su definitiva salida, dejando cada cosa en su sitio: su confesión, su testamento, la recuperación de la razón, la valoración de su vida pasada y hasta el hecho de que no le mate otra causa sino la de la melancolía, rodeado de los suyos, serenamente, presagiando la cristiana muerte del propio Cervantes. El último capítulo encierra lecciones existenciales y aún filosóficas de gran calado.

Frente a la contienda de civililizaciones antagónicas Alonso Quijano optó por el campo de los grandes valores e ideales del espíritu, convertido en Don Quijote, y su espada y empresa quedaron derrotadas. El mundo del tener y de la búsqueda a cualquier precio de riquezas y placeres parecía imponerse. Contra este mundo es inútil la espada de los caballeros. Así lo entendió al final Alonso Quijano.

Ante esta realidad y tras tan doloroso desengaño ¿Qué actitud adoptar?La más elemental es la de la evasión. A ello le tientan Sansón Carrasco y Sancho y hasta el propio Don Quijote manifestó alguna veleidad “vayámosnos al monte, vistámosnos de pastores que tras cualquier mata puede aparecer desencantada Doña Dulcinea y no habrá más que ver” Lo que a juicio del bachiller Sansón Carrasco les permitirá una vida regalada y cómoda: “viviremos como píncipes”. A Don Alonso le hubiera dejado desazonado y vacío.

¿Qué otra opción cabía? Don Alonso lo tiene claro: “ojalá hubiese dedicado mi vida a la lectura de libros que hubieran hecho bien a mi alma”. Su afirmación pone en sobre salto a sobrina, Sancho y Sansón: “¿Qué nuevas locuras son esas? Déjese de cuentos. ¿No irá ahora a hacerse ermitaño” Cervantes señala, como alternativa, otro camino: la aventura teresiana del hacia dentro.

Alonso Quijano fue un hidalgo de la España de su tiempo. Salió a la contienda como Caballero y lo conocemos como Don Quijote. Pudo haber sido pastor de una Arcadia imaginada y lo hubiéramos llamado Don Quijotiz. Al final lamenta no haber seguido el camino olvidado de la mística, quizás lo hubiéramos conocido como un ermitaño santo…

Santiago Arellano Hernández

1 Comentario

  1. Don Santiago: hay un elemento que siempre me ha llamado la atención y nunca a nadie se lo he oido comentar… y es el del paralelismo que, a mi juicio, existe entre nuestro hidalgo y la conversión de San Ignacio.

    Cervantes publica el Quijote 85 años después de la conversión del guipozcoano. Bien podía, como ávido lector que era, haber leído la vida de San Ignacio de Ribadeneira. Y de ahí inspirarse al menos en la idea original. Pues San Ignacio, como Quijote, cambia su vida después de sus lecturas. Ama los libros de caballería, pero lee libros de santos que lo transforman. A Ignacio, los buenos libros le llevan a la santidad, a Quijote los malos a la locura. Pasan las noches en vela: Don Quijote con sus lecturas, San Ignacio con sus pensamientos de lo que ha de hacer por Cristo. Ambos dejan casa y hacienda; ambos velan armas como Amadís. Ambos tienen al comienzo incidentes por el honor de su señora: San Ignacio con el morisco por N. S. La Virgen, Quijote con los mercaderes por Dulcinea.

    Quizá no sea más que casualidades. San Ignacio y Cervantes participan de una misma cultura y época. Los dos tienen unos mismos referentes. Pero a mí no deja de llamarme la atención estas aparentes coincidencias.

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