Pasadas las fiestas mundanas de Noche Vieja y de Año Nuevo, cabe centrarnos de nuevo y reconsiderar las verdades elementales de nuestra fe y de nuestra vida.

Por eso, en esta primera semana del año, sin perder de vista al Niño-Dios que acaba de nacer al mundo trayendo consigo la Buena Nueva de nuestra Redención, se nos presenta una nueva ocasión de enmendar nuestras vidas y de honrar a Dios y a Su bendita Madre con la devoción de los nueve Primeros Viernes y de los cinco Primeros Sábados de mes.

Recordemos primero la consoladora Promesa que el propio Jesucristo Nuestro Señor, el mismo que la Virgen Santísima envolvió un día en pañales sobre un humilde pesebre, confiara a su fiel discípula Santa Margarita María Alacoque, religiosa de la Visitación en Paray-le-Monial en junio de 1675: « Yo te prometo, en el exceso de la Misericordia de Mi Corazón, que Mi Amor omnipotente concederá a todos los que comulguen los primeros viernes de mes, durante nueve meses consecutivos, la gracia de la penitencia final, y que no morirán en Mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, asegurándoles Mi asistencia en la hora postrera. »

Por otro lado, siglos más tarde, el 10 de diciembre de 1925, Nuestra Señor visitó nuevamente a la Hermana Lucía de Fátima para revelarle la devoción sabatina en honor a su Inmaculado Corazón: « Mira, hija mía, mi Corazón rodeado de espinas que los hombres ingratos, a cada momento,me clavan con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, haz algo por consolarme y di que a todos aquellos que durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me acompañen quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación. »

Anteayer celebrábamos el Santísimo Nombre de Jesús, pues “no se ha dado a los hombres otro Nombre debajo del Cielo por el cual debamos ser salvos”. Pues bien, tenemos aquí ante nosotros las dos prendas de salvación por excelencia de todo católico: por un lado, María, Estrella del mar y puerto seguro de salvación y por Ella, la segunda prenda — y sin duda la más preciada — que es Jesús mismo, su Hijo, salvación de los que en Él confían y esperanza de los que en Él mueren. No hay mejor camino hacia Nuestro Señor que Su propia Madre: Ad Iesum per Mariam!

¡No desaprovechemos, pues, esta nueva ocasión de honrar y desagraviar a los Sagrados Corazones de Jesús y de María para que, en nuestro lecho de muerte, sus rostros compasivos sean para nosotros fuente inagotable de consolación y de esperanza!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!
¡Dulce e inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía!