El verdadero propósito de la incineración, una NO-obra de misericordia

De modo alarmante en nuestro decadente presente, ebrio de laicismo y secularización, la inhumación de los cuerpos de los difuntos -y con ella el misericordioso hecho de la cristiana sepultura que toda humana criatura merece- está dejando predominante paso a la bárbara moda de la incineración industrial. Así, tras “prenderle fuego” (y nunca mejor dicho) al difunto en un siniestro horno crematorio, la cosa será reducir a cenizas dicho cuerpo previa inyección de minutos de calorífica destrucción: he aquí el resultado, drásticamente resumido.

            Pensemos, mortales como somos, pensemos en el cuerpo muerto de nuestro difunto amigo o pariente. Imaginemos lo que la incineración supondría con respecto a éste, y en un ligero esfuerzo, con respecto a nuestro propio cuerpo: el ejercicio de la violencia sobre el tan depreciado (por el moderno) cadáver, vía la agresión del fuego, “el fuego purificador”, como dicen todavía ciertos materialistas melifluos. Objetarán algunos melindrosos que esta práctica resulta preferible al horror de la putrefacción, puesto que así se evita la proliferación de insectos cadavéricos, de efluvios sepulcrales hediondos, así como la sórdida licuefacción del humano despojo. Y eso sin contar el alarmante problema de la presión demográfica en ciertos lugares del globo, todavía sin evangelizar apenas (como la atea China o la astrosa India): en un planeta con más de siete mil doscientos millones de almas (!) la cuestión del espacio no es cosa baladí: los cementerios, literalmente, están a rebosar. Mas esos pocos burócratas de la muerte ajena parecen olvidar que, en efecto, algunos cuerpos de santos, como los gloriosos restos de San Juan Bosco, Santa Catalina de Bolonia, Santa Clara de Asís o San Vicente de Paúl, tales cuerpos, decimos, han permanecido incorruptos, magníficos y magnéticos en su poderosa presencia física. De haber cremado a estos santos, no conservaríamos sus envoltorios carnales, otrora templos vivos del Espíritu Santo, ni mucho menos nadie acudiría a venerarlos, como en justicia se hace. Frente a esta argumentación nuestra que algún necio mequetrefe no dudará en calificar de “impresentable y pueblerina”, el laico cosmopolita embebido de seudo-ciencia y humanismo tolerante, amigo de las carillas dentales y la limpieza de cutis, alegará que la existencia de dichos cuerpos incorruptos no requiere de intervención divina alguna, sino de unas condiciones ambientales peculiares que así lo posibiliten. ¡Valiente explicación!

            Hasta el 5 de julio de 1963, la Iglesia era clara y preclara en esta materia: la cremación presuponía la negación de las Exequias para aquellos fieles que abogasen por el hecho violento con respecto a su cuerpo. Mas desde el Concilio Vaticano II, esta perspectiva se trocó, tornándose ambigua o meramente difusa, tal y como puede comprobarse en el Código de Derecho Canónico (canon 1176 § 3), al no prohibirse ya dicha costumbre, tan contraria como en el fondo debería ser a la doctrina cristiana. ¿Una concesión más de la Iglesia a los tiempos actuales?

            En cuanto al hecho mismo de la futura Resurrección de los cuerpos (a la espera de la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo), la cremación no es aquí tema pertinente, de puro inocuo en sí mismo: el “esfuerzo” que a Dios le supone resucitar un cuerpo a partir de una partícula de ceniza o de un omoplato abandonado en un osario es el mismo: ¿qué puede haber realmente difícil para Dios? Toda esta cuestión debe pues entenderse como un viraje con respecto a la Tradición, y por ser la cremación contraria como es a la Tradición, está de moda (la cremación): es chic. Y la modernidad, no lo olvidemos, es un perpetuo ataque a la Tradición, y por tanto a la inhumación, que ya no es vista como mera obra de misericordia hacia el reverenciado cuerpo del difunto, sino como necrófila perversidad antihigiénica propia de supersticiosos e ignorantes; así lo veía -ante el cadáver (que por supuesto fue debidamente incinerado) de su impía “Señora Madre”- un ateo auténtico tan digno de lástima como el suicida Albert Caraco, escritor por lo demás considerable, cuyo nihilismo bruto, por su sinceridad, nunca dejará de estremecernos.

            No creen los modernos relativistas en resurrección alguna, de puro alienados como están en la ruda materia que rige sus eones; para ellos las basuras y los cadáveres son una y la misma cosa: material de desecho. ¿Y qué podrían creer ellos, los relativistas modernos, que ubican el alma en alguna región localizada del cerebro? Nosotros les refutamos: la resurrección no es hipótesis peregrina, sino Verdad Una: la Historia nos ofrece algunos ejemplos implacablemente documentados, de puro flagrantes ya incontestables: sirva como botón de muestra la resurrección -por intercesión de la Virgen del Pilar- de la pierna muerta y enterrada de Miguel Pellicer, acaecido en Calanda el año de 1640, extraordinario hecho que bien nos puede servir como precedente de lo que habrá de ocurrir el día del Juicio. Aunque no es lo que resucita aquí la persona tal cual, sino una parte de ella, concretamente una porción muy considerable de su pierna amputada años ha, rodilla abajo.

            Incinerar a los muertos -salvo en ocasiones de excepción en que la coyuntura bien lo requiera: epidemias, contagios, etc.- no es sino bárbara brutalidad, más propia de los antiguos paganos y de los demacrados gentiles del Indostán que de los occidentales tibios y mediocres de nuestros días. A fin de cuentas, el fin último de la incineración en el mundo moderno, como escribimos en otra parte, no consiste sino en “borrar cualquier huella de algo que fue alguien”. ¡Borrar! Y a otra cosa.

José Antonio Bielsa Arbiol

5 Comentarios

  1. Lo ideal es que el difunto descanse en paz pero hay un pequeño problema, con el.tiempo nuestros restos terminarán en un osario, también es probable que por decisión de la comuna o la empresa en donde se compró el lugar para que descanse en paz decida que por falta de pago se cremen esos restos y vayan a urna común. Entonces no entiendo la reflexión??? Desde mi punto de vista es un respeto darle un destino final y permanente que en mi ciudad es la cremación y entrega de los restó en un cinerario de una Iglesia.

  2. Dios es omnipotente y omnipresente, no creo que diga. A ti te incineraron ya no resucitarás. Además regresar al final de los tiempos no será con este cuerpo, sino en espíritu.

  3. Don Mario, teológicamente se equivoca, la resurrección será con el mismo cuerpo que tuvo en vida.

  4. Que pasaría, si me dan cristiana sepultura, y con los años nadie se acuerda, puesto que no tengo hijos, y me incineran y me mandan a la Cruz Mayor?? Que pasa con mi cuerpo en la resurrección? Si serian tan amables de responderme. Saludos

  5. No se preocupe Fabiana, Dios al ser todopoderoso puede resucitar los cuerpos igual, aunque pasase eso que dice. El alma no muere y Dios tiene poder para resucitar los cuerpos independientemente de lo que pase. Otra cosa es que la Iglesia recomiende la santa sepultura por respeto a los cuerpos de los muertos, que esperan la resurrección.

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