Mi inmoderado afán bibliófilo me trae grandes problemas pero también me aporta momentos de gozo indescriptible como lo es encontrar un libro “inencontrable”. Hace poco días huroneando en una librería de viejo di con “Notice bibliográphique sur le Curé Merino” de Rodríguez de Abajo , coronel de infantería y compañero de armas y destierro del citado sacerdote. Es un libro de 1846, por lo tanto es un testimonio inmediato a su muerte que acaeció en 1844, y que además fue escrito por un amigo muy cercano.

Es un personaje incómodo este sacerdote montaraz que ningún obispo gustaría de tener entre su clero. Pero como yo soy miembro del “clero bajo” no puedo disimular mi admiración por él incluyéndolo entre mis devociones privadas.

Pirala, que era liberal, pero que aquí estaba muy acertado, decía que el acreditado gremio de los “viriatos” es producto nacional de España. El campo, en la España de aquella época, era duro y sometía a rudo entrenamiento a su habitantes que se podría decir que llevaban una vida cenobítica. Lo primero que uno siente al enfrentarse al paisaje de Castilla es el deseo de tirar una piedra. Ejercicio, por otra parte, muy propio de pastores que aquí, en este medio duro y castigador, fácilmente se metamorfosean en guerreros, si se les da una mínima razón para ello. Y esta es nuestra historia.

Hablamos de Jerónimo Merino Cob, “el cura Merino”, al que Napoleón llamaban simplemente “el cura”, porque si un sacerdote le incomodaba, era este.

El cura había nacido en el año 1769, de padres labradores en Villoviado, provincia de Burgos. Como segundón de familia humilde, fue enviado a Lerma para estudiar “latines” y así acceder a la carrera eclesiástica, pero la muerte de su hermano mayor le obligó a volver a su pueblo para hacerse cargo de las tierras de la familia. A la muerte de otro familiar, el entonces cura de Villoviado, decide con la ayuda del cura de Covarrubias prepararse para la ordenación sacerdotal que había quedado aplazada por razones familiares.

Ordenado a los 25 años Jerónimo Merino fue cura de su pueblo, un pueblo con unas pocas decenas de habitantes, y será desde entonces el cura tradicional de un pueblo castellano de aquella España de inicios del siglo XIX. Sus principios, no los podemos poner en duda: Dios, Patria y Rey.

Merino no era “un hombre de su tiempo”. No, no lo fue, ni “ilustrado”, ni “afrancesado”, ni “moderno”. No, no lo fue, como no lo era en España nadie bien nacido antes de la llegada de los invasores de peluca empolvada. Y no lo fue después, jamás, cuando con Cádiz, Riego y el liberalismo maldito se compraron tantas voluntades. Era un hombre del Antiguo Régimen, como se llamaba a la España tradicional de forma un tanto despectiva. Merino no era junco, movido por vientos oportunistas, él era encina vieja enraizada en tierra dura.

Ontañón en su biografía de Merino lo describe como un hombre agazapado en si mismo. El 16 de Enero de 1808 ese hombre agazapado abandonó para siempre su pequeño mundo de cura rural para saltar, carabina en mano, al palenque de la historia de España. Y fue así porqué aquel día los franceses llegados a Villoviado, con ademán violento y sacrílego, con actitudes humillantes, golpean y roban a sus gentes y obligan a algunos vecinos a transportar los bagajes del destacamento hasta Lerma. El cura, que se revuelve ante la injusticia, es humillado de forma más refinada y entre las risotadas, empellones y blasfemias de la soldadesca es forzado a cargar con los tambores como si fuera un mulo.

Era el año 1808 y los franceses avanzaban inexorablemente por la geografía española arrasando todo lo que encontraban en su camino: saqueando iglesias en busca del oro y la plata de los cálices; provocando escenas de brutalidad y sacrilegio; matando a los hombres y violando a las mujeres; robando el ganado y sometiendo a vejación a la gente de los pueblos; dejando tras de sí un rastro de sangre y pólvora. Cuando se oteaba la tricolor en el horizonte sólo se podía rezar ¿Sólo rezar? Era lo que se preguntaban los corazones ardientes.

La fe y la vocación de Merino no se puede poner en duda porque nunca renegó de ella, al contrario, siempre se sintió sacerdote y murió como tal. Y por eso en aquel trayecto humillante, el cura de Villoviado, seguramente se predicó a sí mismo acerca de las humillaciones de la pasión de Cristo y su necesidad de unirse a El. Sin duda lo hizo, pero lo cierto, es que al volver a su casa, descolgó de detrás de la puerta el trabuco naranjero y se tiró al monte. El hombre agazapado que había en el cura de Villoviado había saltado de detrás de las breñas para dar caza al lobo que ataca al rebaño. Ira de Dios.

Llevado por un celo digno de los macabeos dio comienzo su hostigamiento de las tropas francesas cerca del Camino Real, primero solo, después acompañado. No podía ser de otra manera, un cura es un líder natural, hace parroquia rápidamente: familiares, gente de su pueblo y de los pueblos de alrededor, otros sacerdotes y religiosos…de pronto ven emerger alguien que abre camino a su deseos de luchar por España, por la fe católica, por el Rey…

Aquel clero montaraz y tradicionalista de la época nutrió abundantemente las partidas guerrilleras y en no pocas ocasiones, como Merino, se convertían en líderes del grupo. El ejemplo del cura de Villoviado cundió entre los curas de Castillla, ya que consta que a su partida se le unieron no pocos: los curas de Coruña del Conde, Tinieblas, Huerta de Abajo, Palacios de la Sierra, San Leonardo, Espeja y La Gallega; y los ermitaños de San Roque, San Juan y Nuestra Señora de la Cuesta.

El cura era un hombre delgado, nervioso, de mirada dura, taciturno, poco hablador y austero que dormía no más de tres horas diarias; que vestía de forma extraña: llevaba siempre una mezcla de ropas de clérigo con las de cazador o pastor. No era un hombre simpático, ni un líder carismático pero tenía una ascendencia natural no sólo por ser sacerdote sino por su valentía, su arrojo y su capacidad de ir el primero arriesgadamente en cualquier aventura peligrosa. Había sido un cazador tenaz y su puntería era proverbial: mientras cabalgaba al galope podía disparar con certeza sorprendente su fusil y derribar un blanco en movimiento.

Vivió y murió pobremente, ya que estaba habituado a la vida de cura de pueblo con rentas eclesiásticas muy pobres y había hecho su vida al trabajo duro para sostenerse: pastoreando el ganado, trabajando la tierra y siendo un habilísimo cazador. No se le conocen devaneos de ningún tipo; sus enemigos, de conocerlos, los habrían aprovechado en su contra; pero su coherencia de perfil bajo le hacia creible. Se acostumbró a comer muy poco (se alimentaba de onzas de chocolate) ; y a sobrevivir ocultándose en cuevas, cárcavas, torcas y carrascales. Hombre disciplinado, no consentía blasfemias, juegos de azar, actitudes licenciosas ni prostitutas entre sus hombres.

La noticia de que el cura de Villoviado ha tomado las armas corre como la pólvora y a finales de 1809 ya cuenta con una partida de 2000 hombres. Su hostigamiento contra el invasor se caracterizará por el conocimiento de tácticas guerrilleras, atacando por sorpresa, desapareciendo después sin que los franceses pudieran reaccionar. Creó una importante red de correos y espionaje, formada por los curas y las gentes de los pueblos, que le hacían adelantarse a los movimientos de los franceses, aprovechando así el factor sorpresa.

Decía Galdós: “La lucha de las partidas es el país en armas, el territorio, la geografía misma batiéndose. El arma principal de los guerrilleros no es el trabuco ni el fusil, fue el terreno”

Merino operaba con su partida en el corazón de Castilla la Vieja al sur de Burgos. Con su base en la zona de Lerma, hostigando las comunicaciones entre Madrid y Valladolid con Burgos, y de allí a Francia. Unidades, a veces de tamaño considerable, del ejército francés sufrieron emboscadas y ataques guerrilleros con una sangría constante de bajas y prisioneros. Muy de destacar es el ataque a la guarnición francesa en Roa junto a otro líder guerrillero, Juan Martín “el Empecinado”.

Las escaramuzas y acoso constante de las guerrillas contra el ejército francés causaban numerosas bajas, pero además cortaban el correo y las rutas de abastecimiento, lo que facilitó en gran medida su derrota y el fin de la guerra de la Independencia. Así lo reconoció el mismo Wellington que sentía una gran admiración por el cura y se lo manifestó regalándole su catalejo.

Finalmente los guerrilleros de su milicia fueron reconocidos como soldados de Ejército Español y Merino fue laureado y nombrado Brigadier, cuando en 1814, regresó Fernando VII y terminó la guerra, siendo nombrado Gobernador Militar de Burgos, y después Teniente General, logrando así los mayores reconocimientos militares.

Pero acabada la guerra él sabe que su misión ha terminado, no es un militar, es un sacerdote y aunque el rey le nombra canónigo de la Catedral de Valencia, él no encaja en el ambiente del clero alto y decide volver a su pueblo para hacerse cargo de la parroquia. Se cuenta que sus diferencias con aquellos canónigos valencianos refinados y acomodados llegó a tal grado que en una ocasión sacó el pistolón que llevaba debajo de la sotana en actitud amenazante. El no encajaba allí ,no podía ser de otra manera, era parte del clero bajo, de aquel que no se había afrancesado, furibundamente tradicionalista y que había sentido, por ser parte del pueblo, el palpitar de los corazones aherrojados por el francés.

Merino no había luchado por ideales nacionalistas, sino por el viejo concepto de orden: por Dios, por la Patria y el Rey . Cualquier otra motivación para él era una herejía. Volvió a ser cura de pueblo castellano, volvió a trabajar su tierra, a pastorear sus ovejas y a cazar liebres y perdices. La calma no duraría demasiado tiempo.

A pesar de la derrota de Napoleón en España, que es donde comenzó su ocaso ( él mismo lo confesaría en Santa Helena), en nuestra tierra prendió el liberalismo importado y se vio reflejado en la Constitución de Cádiz (1812).

Merino tenía claras sus lealtades. No era un nacionalista, era un tradicionalista. Por el rey y contra los liberales. Cuando en 1820 los liberales consiguieron, con el pronunciamiento de Riego, tomar el poder y reinstaurar la Constitución de Cádiz, durante el llamado Trienio Liberal, Merino volvió a echarse al monte.

No era una lucha entre liberales y absolutistas, sería puro reduccionismo de los que llaman absolutistas al pueblo fiel. No, Merino no era absolutista, era, como la mayoría de los españoles, tradicionalista y realista, defensor de Dios, la patria y el Rey.

Años más tarde, estas dos concepciones necesariamente antagónicas de España, dieron lugar a la Primera Guerra Carlista en la que Merino volvió a levantarse, fiel a los defensores de la concepción monárquica y tradicionalista. Participó muy activamente en los sitios de Bilbao y Morella.

Melchor Ferrer Dalmau, en su ingente “Historia del tradicionalismo español” recoge la arenga de Merino a sus hombres y que definen muy bien sus motivaciones. Es el 13 de noviembre de 1833, a las puertas de Burgos:

“Soldados. La causa más santa y la más justa ha reunido este brillante y numeroso ejército que veis a las puertas de la ciudad: la santa religión de nuestros padres y el trono de España; tales son los queridos objetos que queremos poner al abrigo de la persecución de los monstruos infames de la iniquidad…”

Llegó con su tropa a El Escorial y El Pardo, cerca de Madrid, en donde hubiera entrado de no recibir ordenes de dirigirse a otro sitio.

Derrotó a los generales Borso di Carminati y Pardiñas. Su estado de salud, tenía ya 68 años, le obligó a abandonar la lucha armada, permaneciendo como consejero hasta el final de la guerra al lado de Don Carlos.

Pero en esta ocasión Merino estuvo del lado de los derrotados. Los carlistas fueron derrotados y se rindieron en 1839 tras el ominoso “Abrazo de Vergara”. Merino huyó a Francia donde murió en 1844 con 75 años de edad, en Alençon.

Los restos de Jerónimo Merino fueron trasladados en 1962 desde el cementerio de Alençón hasta España, siendo inhumados en una cripta de la iglesia de San Juan. Allí permanecerá durante seis años, hasta el 2 de mayo de 1968, que serán trasladados a un mausoleo en la plaza de los Arcos, junto al convento de las Clarisas.

Napoleón había dicho de él: “Prefiero la cabeza de ese cura a la conquista de cinco ciudades españolas”

Rvdo P. Antonio Gómez Mir

1 Comentario

  1. P. Antonio Gómez Mir: no conocía esta historia extraordinaria del cura Merino por su valor, mente y corazón cristianos y vida ejemplar. Me lleva a pensar este sacerdote, que existe de parte de Dios el don del espíritu de milicia, quizás compartiendo el de las milicias angélicas. No dudo de los pistoletazos disparados por el combativo cura Merino que hoy retumbarían en tantos oídos. Es bueno que usted lo haya hecho presente porque debemos templarnos en su ejemplo de valor y decisión, ante el vasallaje que las fuerzas comandadas por el demonio quieren imponer a la Iglesia y a la humanidad. No sé si usaremos pistolas, pero disponemos de armas más poderosas que las bombas nucleares, puesto que el terreno de nuestro combate es en el que operan las fuerzas del infierno. Allí podemos y debemos asestar nuestros golpes merced al poder que la oración y la vida cristiana nos permiten hacerlo. Quien comprenda el poder siniestro de los demonios estimará el poder mortífero que se requiere para aniquilarlos o por lo menos derribarlos heridos de muerte. Bienvenidos al combate que libramos los hijos de Dios y de María contra la horda invasora, todos quienes experimenten el celo combativo de las milicias celestiales, su voluntad de vencer, su certeza en la victoria. La lucha entre la Señora Vestida de Sol, esto es, la Virgen, contra el dragón domina el mundo de la realidad invisible a los ojos del mundo, ante los mismos secuaces que sirven a su príncipe, ignorantes de su próxima derrota. No hay otra mayor vocación para el cristiano que poner punto final al imperio de satanás que viene ejerciendo desde los albores de la humanidad, desde la caída original. Después de lograrlo, hablaremos de un Mundo Nuevo donde Dios refleje su hermosura.

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