El 23 de abril, se han cumplido 400 años de la muerte de Don Miguel Cervantes Saavedra. Este artículo queremos convertirlo en homenaje a su persona y a su obra, sin duda un hombre bueno y el escritor más granado y pleno de nuestras letras. Su Don Quijote de la Mancha ha sido reconocido como obra cumbre de la literatura universal, creación asombrosa del ingenio humano.

Con ella se inicia en verdad la novela moderna de la que han aprendido todos los genios de la narración. Aunque confiesa Cervantes que la escribía como una parodia de los libros de caballerías, pronto se descubrió que el Quijote sobrepasaba la sátira cómica y la imitación burlesca, ocasión para la hilaridad y desvelaba, con un humor teñido de tristeza, la contienda entre unos ideales sublimes plasmados en La caballería andante como herencia de la cristiandad y una sociedad nueva, burguesa y vulgar, individualista e interesada, en la que pícaros, mercaderes y celestinas, encontraban ocasión para medrar.

Numerosos expertos han hablado de los paralelos que se pueden establecer entre la España de los Austrias, gobernadora del mundo en el XVI y su derrumbamiento en el XVII. No menos plausible es considerar que tras el Hidalgo de La Mancha, Alonso Quijano el bueno se proyecta la vida de su autor, heroica hasta 1580 en que vuelve de Argel, tras haber sido herido en la ocasión más grade que vieron los siglos, en la batalla de Lepanto (1571), donde perdió la movilidad de su mano izquierda y tras haber luchado hasta la temeridad por su liberación como esclavo en Argel. Estuvo cautivo durante cinco años. Allí conoció la cruda realidad en que vivían los esclavos cristianos, huella que permaneció durante toda su vida como puede verse hasta en los últimos capítulos de Don Quijote.

Al regresar, libre, a España pensaba ingenuamente que lo iban a recibir como a un héroe. Es la otra etapa de su vida. No podía imaginar que desde 1580 estaba abocado a toda suerte de desdichas, llena su vida de adversidades: desengaño, tras desengaño, desde su matrimonio con Catalina de Salazar y Palacios, joven a la que le pasaba 20 años y que, aunque siempre se llevaron bien, no llegaron a entenderse plenamente. Esperó un puesto administrativo y consiguió, primero el de recaudador de abastos para la armada “invencible” y luego, recaudador de impuestos. Estos destinos le permitieron conocer el mundo social de pícaros, malandantes, y celestinas, incluida la cárcel. Lo admirable es que no perdió su mirada optimista inicial y frente al pesimismo barroco, nos legó su fe en los grandes ideales del espíritu en su obra y en su vida. Supo mantener hasta su muerte una mirada esperanzada en fidelidad a la Iglesia católica.

Hoy que se pone en entredicho todo y gusta revolver el mito para desvelar al hombre en su condición más empequeñecida y vulgar, queremos salir de valedores de un hombre bueno y sinceramente cristiano, al que en su soneto A Cervantes, Rubén Darío lo llamó “Cristiano y amoroso caballero”.

El abuelo paterno, Juan, dilapidó el patrimonio familiar, abandonó la familia y obligó a que cada hijo buscase por su cuenta el medio de subsistir – en la Historia del cautivo, novelita de la primera parte del Quijote, parece evocar, indirectamente, algunos rasgos del abuelo-. Su padre Rodrigo Cervantes Saavedra se vio obligado a pasar de la holgura a las estrecheces. Tuvo que aprender un oficio que le ayudara a sacar adelante a sus hijos y a su esposa, Leonor de Cortinas. Su oficio era el de cirujano, pero ojo, de los que lo mismo realizaba una sangría que sacaban una muela o hacían de barberos. Bien conocía Cervantes la bacía que luego se transformaría en el yelmo de Mambrino. No anduvieron nunca sobrados de bienes materiales y como más tarde su hijo Miguel, las deudas y contrariedades de la fortuna le llevaron a la cárcel.

Miguel de Cervantes era el cuarto de siete hermanos. Había nacido en Alcalá de Henares en 1547, entre el 29 de septiembre y el 9 de octubre de 1547, fecha en que fue bautizado en la parroquia de Santa María la Mayor. La familia tuvo que moverse de ciudad en ciudad. En una de sus estancias familiares, la de Sevilla, sabemos que estudió en el colegio de jesuitas y que dejó fama de alumno aventajado como lo recordó su maestro Lopez de Hoyos a quien calificó de “nuestro caro y amado discípulo” en su Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y suntuosas exequias de la Serenísima Reina de España Doña Isabel de Valois. No cursó estudios universitarios. Su estancia en Italia le permitió conocer con avidez los mejores escritores del Renacimiento y se impregnó de su visión optimista de la vida, optimismo que mantuvo hasta el final de sus días. Por ello EN próximos artículos vamos a detenernos en unos textos que nos muestran la ejemplaridad de su muerte, el día 22 de abril de 1616, aunque fue enterrado el día 23 en El monasterio de San Ildefonso y San Juan de Mata, más conocido por su antiguo nombre de Convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso. También para nosotros Cervantes es un buen amigo: “Endulza mis instantes ásperos, y reposa mi cabeza”. Descanse en paz.

El soneto de Rubén es sencillo en apariencia pero tanto formal como temáticamente complejo. La rima mantiene el armazón clásico de dos cuartetos y dos tercetos encadenados. Pero los versos son una combinación de endecasílabos y heptasílabos que acomodan su ritmo a las ideas y a los sentimientos que el poeta expresa. Es un reconocimiento del bien que su lectura le produce y al mismo tiempo un canto de admiración a Cervantes, al hombre y a su vida. Él es suspira, ríe y reza. Cristiano y amoroso caballero. Cervantes hace que regocije al mundo entero la tristeza inmortal de ser divino!.

Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza
Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso caballero
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,
viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino!

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Santiago Arellano
Soy un profesor de lengua y literatura española. Me he honrado de que mis alumnos me consideraran maestro. Administrativamente he sido durante cuarenta años Catedrático de Lengua y Literatura Española en los antiguos institutos de enseñanza media, actuales Institutos de Secundaria. Toda mi vida la he dedicado a enseñar a leer y a escribir. El Ministerio de Educación me concedió la Cruz de Alfonso X El Sabio. He publicado más de un millar de artículos siempre sobre Literatura y Arte. He impartido cientos de conferencias. Ahora soy un profesor jubilado, emérito -me llaman- sigo enseñando a leer y a escribir, con el mismo entusiasmo con que comencé.