Acabo de leer la nota El Síndrome de Estocolmo tras la exaltación constitucional en Colón que con la firma de Don Antonio Gutiérrez publicó, el 12 de febrero, Hispanidad Católica. Su autor alude a la manifestación en pro de la unidad de España organizada por fuerzas de derecha en la Plaza Colón de Madrid el pasado día 11 de este mismo mes. Más allá del episodio que da lugar a la reflexión de Gutiérrez, me han llamado la atención dos cosas que el autor pone de manifiesto relieve: la ingénita incapacidad de las democracias al uso para ofrecer soluciones medianamente viables a las graves crisis que ella misma engendra y el llamado “patriotismo constitucional” que consiste en identificar la Patria con una Constitución. Respecto de una y otra quiero arrimar algunas breves reflexiones.

De la democracia considerada en abstracto puede teorizarse cuanto se quiera: desde Aristóteles que en el Libro Tercero de la Política la coloca entre las formas ilegítimas de gobierno (corrupción de la Politeia) en tanto en el Libro Cuarto le reconoce cierta legitimidad (aparente contradicción esta cuyo tratamiento escapa al objeto de estas líneas y que dejamos, en todo caso, para futura ocasión), hasta los filósofos de la Ilustración y sus epígonos y epigonetes contemporáneos pasando por tratadistas clásicos y tradicionales y los pronunciamientos del Magisterio Pontificio, la democracia ha hecho correr ríos de tinta y ha llenado bibliotecas enteras.

Pero dejemos todo esto por ahora y vayamos a la realidad histórica de nuestros días: allí nos encontraremos con la democracia real, la única que existe y se practica, la única que tiene vigencia concreta. De esta democracia no podemos sino afirmar que se trata de un régimen político degradado, intrínsecamente malo, ajeno por completo al bien común y que en los hechos no es otra cosa que una insoportable tiranía.

En efecto, la democracia es una aceitada maquinaria al servicio de la toma y conservación del poder. Maquinaria inventada por los verdaderos titulares del Poder real para imponer sus planes siniestros, alimentada por el combustible del Dinero (por lo que en realidad mejor le cabría el nombre de Plutocracia) y maniobrada por una oligarquía partidocrática que se alterna -o mejor se disputa- el control de sus engranajes.

Esto explica la pregunta muy simple y atinada que formula Antonio Gutiérrez: “Partidos que nos han traído a este punto de las cosas, ¿van a ser capaces ahora de sacarnos de ellas? […] ¿Va a ser acaso solución un partido verde conformado por personas que antes militaron en el azul y que cuando militaban en éste todo les pareció bien? ¿O será mejor la veleta naranja?” La misma pregunta se puede hacer en Argentina: ¿los kirchneristas que devastaron el país durante doce años de latrocino sistemático van a arreglar los desaguisados de cuatro años de incompetencia macrista?

El Padre Leonardo Castellani con su mordaz ironía escribió en cierta ocasión unos versos satíricos que decían más o menos esto:

Y los partidos todos iguales como porotos / quítate tú que me ponga yo/ porque soy más guapo/ y la gran farsea de echar los votos.

Es que la democracia viene a ser precisamente eso: pura farsa, parodia, espectáculo que se sobrepone a la auténtica política. Por eso la democracia torna imposible la amistad política, fundamento de la sociedad política, y al imponer la primacía absoluta de los partidos políticos, instituciones artificiales, por sobre las instituciones naturales destruye, de hecho, el tejido social, socavando las bases mismas del verdadero orden institucional. La última institución a la que ahora dirige sus ataques más despiadados es la familia.

En cuanto al llamado “patriotismo constitucional” recordemos que se trata de un concepto ideológico acuñado por el politólogo alemán Dolf Sternberger y ampliamente difundido por el filósofo, también alemán, Jürgen Habermas. Según Habernas, el patriotismo constitucional descansa sobre una total identificación de la “patria” no con los contenidos particulares de una tradición cultural determinada o una determinada herencia histórica sino con contenidos “universales” tomados del orden normativo sancionado por la constitución, a saber, los derechos humanos y los principios fundamentales del Estado de Derecho democrático.

De acuerdo con esta concepción, el objeto del patriotismo ya no es el país en el que se ha nacido y en cuyo tierra y espíritu hunde el hombre sus raíces sino aquel que reúna los requisitos de “civilidad” exigidos por el constitucionalismo democrático; sólo de este modo puede alguien sentirse legítimamente “ciudadano” de una “patria”.

Esta identificación de la Patria con la democracia acaba con cualquier vestigio de auténtico patriotismo;, éste ya no significa el ejercicio de la virtud de la pietas, tan amada por los clásicos, virtud que mueve a la voluntad a rendir honor y culto a los padres y a la patria y que el Aquinate coloca inmediatamente debajo de la religión que consiste en dar a Dios el honor y el culto debidos (Summa Theologiae II-IIae, q 101, a 1). La virtud de la piedad supone la condición filial del hombre: el hombre es hijo (hijosdalgo, según la recia palabra española), y por ser hijo está referido a concretas instancias paternas: Dios, la Patria, los padres carnales. He aquí el hombre concreto de la Tradición con sus vínculos y lazos concretos que lo amarran al tiempo y a la eternidad.

El patriotismo constitucional, por el contario, supone el hombre solo, separado, condenado a un radical solipsismo aun cuando se propongan “solidaridades universales” en torno de principios que son meras abstracciones. Se pasa de este modo de un patriotismo concreto, histórico, carnal a un patriotismo cuyo objeto es una ficción que como tal ni siquiera puede considerarse ley en el fuerte sentido clásico del término. En efecto, los clásicos amaban y estimaban sus leyes. Heráclito las consideraba los muros interiores de la Polis, las murallas que protegían la Ciudad de los hombres. Pero aquellas Leyes, que no se identificaban con la Ciudad sino que eran su custodia, nada tienen en común con estas hodiernas Constituciones: mientras las primeras se asentaban en la roca firme de la Ley Natural y de la Ley Eterna, estas últimas se asientan en las arenas movedizas de las mayorías accidentales y de los consensos precarios siempre prestos a ser cambiados o ignorados.

La solución debe ser tomista, no jacobina”, concluye Don Antonio Gutiérrez. De eso se trata, precisamente. Sólo que por ser tomista, los pueblos hispánicos tenemos mucho que decir al respecto. Tenemos en nuestro haber grandes escolásticos, teólogos eminentes, juristas que son auténticos padres del Derecho universal. Allí están los teólogos de Salamanca como Laínez que defendió en Trento la idea española de la justificación poniendo dique a la herejía luterana; o como los maestros indiscutibles del Derecho de Gentes Vitoria y Suárez, y toda la pléyade de santos, de místicos, de poetas y de doctores que a lo largo de los siglos iluminaron el mundo.

Recoger todo ese inmenso legado, enriquecerlo si cabe y proponerlo a los hombres de nuestro tiempo es, creo, la tarea que hoy nos toca a modo de un imperativo. No importa el éxito. En la tarde de la vida, el Señor no contabilizará nuestros triunfos sino las cicatrices de las batallas en las que hayamos sido capaces de alistarnos.

Mario Caponnetto

1 Comentario

  1. FE DE ERRATAS: En la línea 5 donde dice: “las graves crisis que ella misma engendra” debe decir: “las graves crisis que ellas mismas engendran”. Vale.

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