Actualidad de “Diálogo de Carmelitas”

Georges Bernanos (1888-1948), miembro distinguido del “Renouveau Catholique” francés junto a Peguy, Psichari, Massis o Bainville, fue un católico cabal y como tal anduvo siempre a contramano de lo moderno aunque no le faltaron contradicciones. Fue, sin solución de continuidad, crítico de Franco y del Régimen de Vichy y admirador de la Falange; “camelot du Roi” y seguidor de Maurras y luego su feroz antagonista; amigo de de Gaulle (se formaron juntos en los jesuitas) y férreo monárquico. Camus dijo de él que “guardó a la vez el amor verdadero al pueblo y la repugnancia de las formas democráticas”.

Como su admirado Bloy, a quien llamaba “el último profeta de los pobres”, Bernanos despreció la “forma mentis” burguesa. Quizás por eso en tres ocasiones rechazó la Legión de Honor -extraño espectáculo el de un escritor eludiendo honores- y se negó tenazmente a ingresar a la Academia.

Autor prolífico, que conoció las mieles de la celebridad, es recordado por dos destacados libros: Diario de un cura rural y Diálogo de Carmelitas, su única obra dramática y objeto central de esta breve página.

Los Diálogos tuvieron por primer destino ser el guión de una película con la que compiten en belleza. Se trata del film de título homónimo dirigido por el singular fraile dominico Raymond Bruckberger. Bernanos se inspiró en el libro La última en el cadalso, de Gertud von Le Fort, que narra la muerte martirial de dieciséis monjas del Carmelo de Compiégne durante el Terror jacobino. No obstante, sin desestimar esa fuente de inspiración, los Diálogos tienen vida propia y absoluta originalidad.

La trama de la obra es sencilla: relata las vicisitudes del Carmelo en el tiempo previo al martirio de las monjas tras ser acusadas de “maquinar contra la República” por sostener “conciliábulos contrarrevolucionarios, correspondencia fanática” y por “conservar escritos liberticidas”. En suma -digámoslo ya- fueron ejecutadas por odio a la fe, lo que llevó a que mucho después (1906), y tras un largo, serio y prudente proceso, el Papa Pío X las llevara a la gloria de los altares.

Bernanos escribió este libro en su último invierno, con la muerte avecinándose, y eso influyó en esta obra pletórica de fe y confianza en Dios que evidencia además profundas reflexiones sobre la naturaleza (herida) del hombre y el auxilio de la Gracia.
En el libro todos los temas trascendentes: la Providencia, el martirio, la muerte propia y ajena, la vida sacramental. Y una cosa de nota: los personajes oscuros y siniestros son siempre secundarios. No hay protagónicos para los revolucionarios homicidas, ni para los ideólogos o los apóstatas. El mal, parece decirnos el autor, nunca tiene el papel principal.

CUESTIONES ETERNAS

Quien suscribe carece de las condiciones necesarias para realizar un delicado análisis literario de esta obra -autores probos ya se han ocupado de ello- pero vale procurar dejar señaladas algunas notas de su inocultable actualidad. Es que estos Diálogos son actuales justamente porque expresan cuestiones eternas: la fe, la esperanza, el abandono en Dios, la donación de la vida. Y también -cómo no- el miedo, la duda, la tibieza, la traición.

Pero además de esas cosas sempiternas el libro devela otros temas fácilmente comparables con la circunstancia actual: un Estado avasallante con veleidades totalitarias, la acción de los ideólogos y sus “clubes” radicalizados, el ataque a los inocentes, el desprecio de la fe y también esa machacona cantinela de la libertad, cínicamente canturreada por los causantes de la esclavitud.

Esto último señala Bernanos con la frase que pone en boca del comisario político que confisca los bienes del Carmelo (¡ay!, ¡esa antigua voracidad del Estado moderno por los bienes eclesiales!): “¡No hay libertad para los enemigos de la libertad!”. El lector atento estará de acuerdo en que es una sentencia análoga con la actual “no hay derechos para los enemigos de los Derechos” (o los “antiderechos” si nos atenemos al mote vernáculo de moda).

Habrá quien pueda argüir que esta es una comparación forzada pero, ¿estará seguro de eso?, pues ¿qué les falta a los actuales censores de la palabra, a los mercenarios de la guerra semántica, para ser igualados a los comisarios jacobinos? ¿Qué le falta a los actuales salteadores de iglesias para ser cómo aquella masa sacrílega de 1793? ¿Qué le falta, en fin, a un Estado maquinalmente abortista para ser equiparado con aquellos guillotinadores a mansalva? Es sólo cuestión de matices.

“Cuando los sacerdotes faltan, los mártires abundan y el equilibrio de la Gracia se halla, así, restablecido”, dice Bernanos al filo de la última página al describir al cura que impartirá a las monjas la bendición final.

CON LA MULTITUD

El sacerdote está con la multitud, al pie del patíbulo. No sólo está con la aglomeración, es parte inescindible de ella. Se ha encasquetado el gorro frigio -el atuendo de la “libertad y la igualdad”- y tiembla visiblemente. Bernanos no lo dice, pero es seguro que ha jurado la Constitución Civil del Clero. Es un clérigo respetuoso de la ley, aunque no de la Ley.

Cuando las religiosas llegan al patíbulo el cura apóstata realiza un ademán de bendición y hace rápido mutis por el foro, transido de terror, acuciado por la idea de que los Lobos reparen en él, de que los verdugos lo confundan con un “fanático”, un “reaccionario retrógrado”. ¡Justo a él, que está tan lejos de ser un Testigo!

Pero Bernanos, ya lo hemos dicho, sólo le otorga protagonismo al Bien. El libro se cierra con las dieciséis carmelitas entregándose al verdugo para la consumación del providencial martirio, mientras entonan la Salve y el Laudate Dominum. La última en ingresar al patíbulo es Blanche de la Forte -María de la Agonía de Cristo, por nombre religioso- que ha sido la más débil y escéptica, la menos esperanzada. Y sin embargo, cosas del Misterio, llegado el momento triunfal, entrega allí su vida con la misma fe y confianza que el resto de sus hermanas.

En estos tiempos también hay Constituciones juradas y gorros frigios encasquetados. Hay temor a ser tomado por testigo, so pena de recibir la muerte civil. También en estos días se escucha decir -como antes a Robespierre, Danton o Marat-: “yo voto por la muerte”. Sin embargo, este es también un tiempo pródigo en hombres y mujeres con vocación de testigos, con afán por la Verdad. Abundan hoy los “liberticidas” que anhelan la auténtica libertad. Porque al fin y al cabo, como dice el P. d” Ambricourt -el entrañable cura rural de Bernanos- “todo es gracia”.

Sebastián Sánchez

La Prensa