Nuestra higiénica sociedad ha conseguido inculcarnos que fumar es uno de los peores crímenes que se pueden cometer. Lo que nuestros abuelos hacían sin mayores remilgos, nuestros hijos lo consideran algo abominable e incomprensible. Si se toma al azar a un niño hoy en día y se le pregunta si considera que fumar es pecado, en el caso poco probable de que entienda el concepto de pecado, es casi seguro que responderá con un sí sin dudarlo mucho.

Pero, y lo siento por los celotes antitabaco, resulta que fumar no es pecado (vaya por delante que quien esto escribe no es fumador, aunque tenga amigos mucho mas santos que el que sí lo son). Y para confirmarlo, un reciente artículo publicado en The Catholic World Report sobre la historia del catolicismo y del tabaco, dedicado a santos fumadores, Papas aficionados a los cigarros y católicos que esnifaban rapé, ese tabaco molido y aromatizado, preparado para su consumo nasal, que nos suena de las películas históricas.

Lo cierto es que los inicios del tabaco entre los católicos no fueron fáciles. En 1575 varios sínodos provinciales trataron de la situación que planteaba el que los indios recién convertidos acostumbraban a fumar en las iglesias durante los actos litúrgicos en una reminiscencia del uso del mismo en sus cultos precristianos. Fue principalmente por ello por lo que las autoridades eclesiásticas mexicanas prohibieron fumar en el interior de las iglesias. Y en 1583 un sínodo en Lima declaraba la prohibición para los sacerdotes de administrar los sacramentos mientras estaban fumando, mascando o esnifando tabaco (lo que significa que era práctica, si no habitual, sí extendida) bajo pena de condenación eterna. Se puede concluir pues que el uso del tabaco se extendió con rapidez en el Nuevo Mundo y que la Iglesia prohibió su consumo durante las celebraciones litúrgicas y especialmente a los sacerdotes, pero nunca se declaró en contra de su uso fuera de ese contexto.

Con la llegada del tabaco a la vieja Europa se reprodujo el debate y el Papa Urbano VIII tuvo que publicar una bula en 1642, Cum Ecclesiae, en la que respondía a las quejas del deán de la catedral de Sevilla, declarando que cualquiera que tomara tabaco, por vía bucal o nasal, por piezas, molido, en polvo o fumado en pipa, dentro de las iglesias de la diócesis de Sevilla, quedaba excomulgado latae sententiae. La razón, explicaba el Papa, era evitar la profanación de las iglesias ante la realidad de que en Sevilla, seguía la bula, tanto clérigos como laicos “mientras realizan sus servicios en el coro o en el altar, o mientras asisten a la Santa Misa o a los divinos oficios, con gran irreverencia toman tabaco y con sus fétidos excrementos mancillan el altar y los lugares santos de las iglesias de la diócesis”. Parece ser que algunos sacerdotes habían llegado hasta a poner su cajita de rapé en una esquina del altar durante la celebración de la misa.

Pocos años después, en 1650, Inocencio X extendió la prohibición de Sevilla a San Juan de Letrán y San Pedro en Roma, preocupado por el efecto de las emanaciones y excrementos del tabaco (recordemos que el tabaco de mascar se escupe una vez consumido) sobre unas iglesias que acababa de embellecer. Y en 1725 Benedicto XIII, él mismo aficionado al rapé, reforzó la necesidad de mantener el tabaco fuera del altar pero retiró la pena de excomunión por fumar en San Pedro al comprobar que los fieles entraban y salían sin cesar de la iglesia para fumar o inhalar rapé, con la consecuente distracción permanente que ello conllevaba.

Los siglos XVIII y XIX marcan la edad de oro del tabaco en la Iglesia. San Alfonso Maria de Ligorio, también consumidor de rapé, en su manual para confesores dejó escrito que “el tabaco tomado a través de la nariz no rompe el ayuno, incluso si una porción desciende hasta el estómago”, ni tampoco el humo de un cigarro. Se cuenta de Benedicto XIV, también aficionado al rapé, que al ofrecer su cajita de tabaco molido al superior de una orden religiosa, que declinó el ofrecimiento con las siguientes palabras: “Santidad, no tengo ese vicio”, el Papa contestó: “No es un vicio. Si lo fuera, usted ya lo tendría”.

El beato Pio IX fue tan aficionado al rapé que se tenía que cambiar varias veces al día su sotana blanca debido a las manchas que el polvo de tabaco dejaba sobre sus vestiduras. Y durante su cautiverio en el Vaticano, el pontífice ofreció una de sus cajitas de rapé, bellamente decorada con dos corderos paciendo tranquilamente, como premio para la lotería internacional que se organizó para recaudar fondos para la Iglesia. San Pio X tomaba rapé y fumaba puros. Leon XIII fue también aficionado al tabaco y sufrió mucho cuando, al final de su vida, tuvo que abandonarlo por indicación de sus médicos. Pio XI fumaba puros de manera ocasional y Juan XXIII fumaba cigarrillos. Esta tradición, que no se mantuvo durante los pontificados de Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, se ha recuperado con Benedicto XVI, quien ha reconocido que le gusta fumarse un marlboro de vez en cuando.

Si de los papas pasamos a los santos (aunque no son categorías incompatibles, como varios de los citados anteriormente atestiguan), veremos que el hecho de su afición al tabaco fue utilizado durante sus procesos de beatificación en los casos de san Jose Cupertino, san Juan Bosco y san Felipe Neri. En los dos primeros casos el abogado del diablo argumentó que el tabaco les ayudaba a permanecer despiertos durante sus horas de oración y les permitía soportar largos ayunos. En el caso de san Felipe Neri, el examen de su cadáver permitió comprobar que una parte del tejido de su nariz había desaparecido, por lo que no se podía hablar de incorruptibilidad. Este hecho se atribuyó a su intenso uso del rapé. En cualquier caso, ninguna de estas objeciones fueron suficientes para cerrarles el camino a los altares.

Quizás una de las consumidoras de tabaco molido más sorprendentes sea santa Bernadette Soubirous. La vidente de Lourdes era asmática y los médicos de la época le prescribieron rapé, pues entonces se pensaba que dilataba los bronquios. Su consumo constante a lo largo de su vida fue en ocasiones motivo de escándalo para otras religiosas que desconocían que lo hacía siguiendo órdenes de los médicos. Otros santos de los que se tiene constancia que fumaban o esnifaban tabaco son san Vicente de Paul, san Juan Maria Vianney, el cura de Ars, y el Padre Pio, que siempre llevaba una cajita de rapé en un bolsillo de su hábito.

Así que aquellos fumadores que quieren ser santos no están en mala compañía. Y los padres de familia católicos, cuando expliquemos la vida de estos santos a nuestros hijos, haremos bien en no ocultar su condición de aficionados al tabaco. Así les haremos un poco menos políticamente correctos y les ayudaremos a que comprendan que no todo lo que les explican y la mayoría de la gente acepta como evidente es verdad.

Mientras el mundo gira. REL

3 Comentarios

  1. Oración a San Benedicto para dejar el tabaco

    “San Benedicto, hijo de esclavos que encontraste la verdadera libertad sirviendo a Dios y a tus hermanos, líbrame de toda esclavitud y todo vicio, infúndeme la voluntad necesaria para dejar aquello que me daña y acércame a la infinita misericordia de nuestro Señor. Asi sea”

  2. Oración para dejar a un lado tus temores/preocupaciones

    Jesús, yo te entrego confiadamente todas mis preocupaciones en este asunto, y así el problema es Tuyo ahora para que lo resuelvas de acuerdo a Tu Santísima Voluntad. Amén.

  3. Copió el catecismo de la Iglesia católica: Respeto de la salud

    2288 La vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios. Debemos cuidar de ellos racionalmente teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común.

    El cuidado de la salud de los ciudadanos requiere la ayuda de la sociedad para lograr las condiciones de existencia que permiten crecer y llegar a la madurez: alimento y vestido, vivienda, cuidados de la salud, enseñanza básica, empleo y asistencia social.

    2289 La moral exige el respeto de la vida corporal, pero no hace de ella un valor absoluto. Se opone a una concepción neopagana que tiende a promover el culto del cuerpo, a sacrificar todo a él, a idolatrar la perfección física y el éxito deportivo. Semejante concepción, por la selección que opera entre los fuertes y los débiles, puede conducir a la perversión de las relaciones humanas.

    2290 La virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de excesos, el abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas. Quienes en estado de embriaguez, o por afición inmoderada de velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen gravemente culpables.

    2291 El uso de la droga inflige muy graves daños a la salud y a la vida humana. Fuera de los casos en que se recurre a ello por prescripciones estrictamente terapéuticas, es una falta grave (…)

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