Herejías de Lutero: la gracia sola, la fe sola, Dios solo y la Escritura sola

Si el protestantismo es, sobre todo, una protesta contra la doctrina católica, el hueco que deja la destrucción de los principios católicos no quedó libre por mucho tiempo, pues rápidamente, Lutero y sus correligionarios, en las controversias con los católicos, tuvieron que afirmar y precisar su posición doctrinal, mostrando así lo que hoy podemos llamar los principios generales comunes de todos los protestantes. Estos principios pueden resumirse también en una terminante fórmula: la gracia sola, la fe sola, Dios solo y la Escritura sola.

La gracia sola:

El concepto falso y protestante de la gracia deriva de su concepto del pecado original. Según Lutero, a consecuencia del pecado original, lo natural no queda íntegro sino esencial e intrínsecamente corrompido. El libre albedrío está totalmente corrompido y destruido; es imposible que el hombre no peque. De acuerdo a Lutero, la gracia es, por supuesto, necesaria para obtener la salvación, pero no se le otorga al hombre para que evite el pecado y sea justificado intrínsecamente. Los pecados no son borrados y permanecen dentro del alma del pecador. La gracia permite únicamente que esos pecados no sean imputados al pecador, serían como olvidados por Dios y, no obstante, siempre estarían presentes. Finalmente, el pecado sería más fuerte que Dios. La santidad, en el sentido católico de la palabra, es inconcebible.

La fe sola:

Según los protestantes, la justificación se opera por la fe sola, siendo ésta un acto de confianza ciega por la que el creyente es persuadido de que Dios lo perdona imputándole los méritos de Cristo. Esta justificación por la sola fe está íntimamente ligada a otro dogma protestante; el de la predestinación. Esto es, que Dios decide salvar a quien quiere por su poder, independientemente de toda actividad colaboradora del libre albedrío (que, como habíamos mencionado ya, está totalmente corrompido según los protestantes). Así que, basta la fe sola sin las obras; o bien, si hay obras, son para dar fe de que Dios ha predestinado al cielo a quien haga el bien.

Dios solo:

Los protestantes tienen un falso concepto de las relaciones del alma con Dios. Todo pasa entre el creyente y Dios, sin ningún intermediario. Sin jerarquía, sin la comunión de los santos. El protestante es iluminado interiormente y constantemente por el Espíritu Santo, quien le da la convicción de estar en la verdad; en materia religiosa, no hay ni autoridad ni intermediarios, solamente la plena libertad. La devoción a los santos es impensable para un protestante, y el culto rendido a la Santísima Virgen no sólo es algo inútil sino blasfemo, en cuanto que significaría que la mediación única de Cristo es deficiente.

La Escritura sola:

Ya que, según los protestantes, Dios salva sin pasar por causas secundarias, todo creyente extrae directamente de la única fuente, es decir, la Sagrada Escritura, sin necesidad de la Tradición oral ni de la interpretación dada por el Magisterio de la Iglesia. Es el libre examen, esta doctrina esencial de los protestantismos, en la cual, el creyente interpreta por sí mismo las Escrituras, suponiendo que esta interpretación se hace por inspiración del Espíritu Santo. “Entre los riesgos de la autoridad, lo que lleva a los privilegios exorbitantes de la infalibilidad papal, y los de la libertad, que a veces lleva a los privilegios excesivos del libre examen, el protestantismo ha elegido, de una vez por todas, los riesgos de la libertad” (L. Gagnebin, ib.).

Incluso, Pablo VI, dio su punto de vista sobre este principio infiltrado en la Iglesia católica (audiencia del 24 de septiembre de 1969): “Se pretende hacer de su juicio personal, o como pasa a menudo, de su experiencia subjetiva, o aún de su inspiración del momento, el criterio que orienta su religión o el canón según el cual está interpretada la doctrina religiosa, como si se tratara de un don carismático o de un soplo profético […] tendríamos entonces un nuevo libre examen”.

Esto lleva a una religión sin dogma fijo, una total libertad de opinión y una anarquía intelectual, un individualismo exagerado: tanto protestantismos como protestantes.

Esto conduce a una moral totalmente exterior. La justificación no consiste en una transformación interior. No hay virtudes reales (principio interior de renovación), sino solamente acciones que al exterior parecerán honestas y acordes con un ideal predefinido.

Para concluir, citaremos estas palabras del teólogo suizo, el cardenal Charles Journet, renombrado conocedor de la religión de Lutero y de Calvino:

La tendencia que creó al protestantismo es una tendencia que se encuentra en cada uno de nosotros de manera latente pero activa; es inclusive una de las razones por las cuales el protestantismo nos interesa tanto. Ya que el protestantismo es la protesta de la razón humana en contra de la revelación divina, de la autonomía del hombre en contra de la intervención de Dios, de los derechos de la naturaleza contra las exigencias de lo sobrenatural. ¿Y qué católico no siente en su corazón impulsos de desorden, soplos de anarquía que, si no tuviera cuidado ni rezara, le llevarían fatalmente hacia el protestantismo y la herejía? Y la herejía es lo contrario del cristianismo” (Charles Journet, L’Esprit du protestantisme en Suisse, p. 200).

R.P. Thierry Legrand, FSSPX

Fuente: La Porte Latine, 28 de octubre del 2016