En julio de 1856 Domingo pidió permiso a Don Bosco para ir a ver a su madre, que se encontraba muy enferma: la madre estaba próxima a dar a luz y el parto se presentaba sumamente peligroso.

Domingo, guiado como por una fuerza invencible, corrió al lado de su mamá, y ella, sorprendida exclamó:

– ¡Domingo, mi Domingo!

Domingo la abrazó.

– Ahora sal afuera, hijo mío. Apenas esté bien, te llamo.

– Sí, mamá – Aceptó Domingo.

La madre bajó los ojos y tocó con la mano algo así como un escapulario que su hijo le había dejado sobre el pecho. Levantó los ojos hacia el cuadro de María que colgaba en la pared y un suspiro profundo brotó de su pecho.

-Me siento mejor, – exclamó entre lágrimas.

El médico llegó y cuando tomó la mano de la enferma se vuelvió hacia el esposo y le dijo:
-Todo ha pasado. Está fuera de peligro. Aquí ha sucedido algo maravilloso.

-Sí, doctor, algo maravilloso… ¡Esto! – manifestó la mamá de Domingo mientras mostraba el escapulario que le había dejado su hijo.

Domingo regresó después al oratorio y se presentó a Don Bosco para agradecerle el permiso y para decirle que su madre estaba perfectamente bien. Fueron muchas las gracias conseguidas con aquel milagroso escapulario.

Este episodio convirtió a Domingo Savio en el protector de las mamás embarazadas.

Él estaba convencido, como le enseñó Don Bosco, de que “hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres”. Nació el 2 de abril de 1842 y falleció el 9 de marzo de 1857. Apenas 15 años le bastaron para ser santo. Su fiesta se celebra el 6 de mayo.

Que Domingo Savio, alumno de Don Bosco y regalo de Dios, interceda por todas las mujeres embarazadas y en peligro para dar a luz.

Amén.