Algunos creen poder llevar una vida lejos de Dios para después recurrir al “arrepentimiento final”, a las puertas de la muerte. Mas es un pensamiento imprudente y peligroso. La ignorancia en la materia engaña a muchos. Por eso será útil conocer la denominada “contrición”, don divino en cuanto raro.

En el caso en que un pecador, hallándose a punto de morir imposibilitado de recibir los Sacramentos, sinceramente arrepentido, realice un acto de contrición perfecta, recibiría la absolución de sus culpas directamente de parte de Dios y, si muriese, se salvaría. Tal contrición (o dolor perfecto), con todo, para ser válida y obtener el perdón debe poseer seis características fundamentales, algunas de las cuales, exceptuada la quinta, son propias también del dolor necesario para la validez del sacramento de la Confesión.

Suma, en cuanto el pecado debe ser considerado como el peor de los males y la desgracia más grande posible sobre esta tierra, porque es la pérdida de Dios, Sumo Bien. No significa con esto que se deba probar un dolor mayor por intensidad que cualquier otro, como sería por ejemplo la pérdida de una persona querida, pero “apreciativamente” sí, al punto que en caso de elegir deberemos preferir nuestra misma muerte a la pérdida de Dios.

Interna, en el sentido que el dolor para ser válido no debe necesariamente manifestarse en el exterior con lágrimas y suspiros, pero debe surgir del alma, de la voluntad y del intelecto: «Rasgaos el corazón y no los vestidos».

Universal, esto es, se debe extender sin excepción a todos los pecados mortales, en cuanto todos ofenden a Dios y nos privan del Paraíso.

Sobrenatural, porque debe nacer de motivos de fe y no de motivos naturales, como serían el remordimiento por haber perdido una amistad, el trabajo, los bienes terrenos o el estar incurso en la infamia, en la justicia civil, etc. Estos últimos motivos por sí solos no son suficientes tampoco para obtener el perdón en el sacramento de la Confesión.

Motivada por la caridad perfecta. No todos los movimientos sobrenaturales son suficientes para obtener el perdón por fuera del sacramento de la Confesión, sino solo aquellos que derivan de un acto perfecto de amor de Dios. Luego el dolor no deberá proceder de motivos sobrenaturales inferiores, como por ejemplo el miedo del Infierno y de los castigos de Dios, porque si bien sean suficientes al fin del Sacramento, no lo son entretanto fuera de él. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña todo esto expresamente en los numerales 1452-1453: «Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta” (contrición de caridad).

Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales, si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental. La contrición llamada “imperfecta” (o “atrición”) es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia» [Ver Concilio de Trento, Sesión XIV, Sobre el Sacramento de la Penitencia, cap. IV “De la contrición”; y Canon 5, en Denzinger 898 y 915 (1677-1678 y 1705 en la nueva numeración)].

Acompañada de la voluntad de acercarse al sacramento de la Confesión lo antes posible. Tal característica es la prueba de la sinceridad del arrepentimiento; o sea el alma está dispuesta a todo lo que Dios, el Ofendido, le pide para obtener de nuevo su amistad.

Se entiende entonces que realizar un acto de contrición perfecta no es algo sencillísimo de hacer, ni tan descontado, sino que es una gracia extraordinaria de Dios que la Iglesia nos hace pedir insistentemente a cada Ave María: «Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte». Dios la concede a aquellos que en vida se han esforzado en observar su Ley y conservarse en su gracia, haciendo buen uso de aquellos medios de gracia ofrecidos a tal objeto por Dios, cuales son los Sacramentos y la oración (la práctica de los primeros nueve viernes del mes y los primeros cinco sábados).

Quien rechaza confesarse en vida con la excusa de arrepentirse en el artículo de la muerte y obtener así el perdón, se engaña. Él acumula sobre sí otros pecados fuera de los que ya tiene, poniéndose en una condición peor que la primera. Peca sobre todo contra la virtud de la esperanza, porque como explica Santo Tomás de Aquino, se puede ir contra esta virtud por defecto o por exceso: por defecto con la desesperación, por exceso con la presunción. La esperanza, de hecho, es aquella virtud teologal que nos hace desear y esperar de Dios con firme confianza «la vida eterna y las gracias para merecerla» (CIC 1843).

Ahora, quien se confía a una intervención final de parte de Dios omitiendo las gracias necesarias para merecerla es similar a quien, debiendo hacer un largo viaje por mar, rechaza el pasaje que le ofrece la nave para confiarse a un leño que flota sobre el agua, esperando en un viento favorable; es la tentación del diablo que dice a Jesús que se lance del pináculo porque enseguida Dios enviará a sus Ángeles a salvarlo y a lo que Jesús respondió: «No tentarás al Señor Dios tuyo». Finalmente, el alma que presume la propia Salvación rechazando servirse de los Sacramentos agrega también el pecado de injuria frente a Cristo, que los ha instituído, porque repudiándolos o niega la eficacia o hace vana la institución.

Por eso busquemos siempre atender a nuestra Salvación –como dice San Pablo– «con temor y temblor» (Fil. 2,12), haciendo buen uso de todos los medios de gracia que el Señor nos ha concedido. Si después nos sucediese que nos encontremos en la hora de la muerte sin la posibilidad de los Sacramentos, estrechemos al pecho un crucifijo y besémoslo con veneración, contemplando aquellas llagas de amor con reconocimiento y arrepentimiento, confiando a la Virgen, Refugio de los pecadores, nuestra pobre alma.

Caballero de la Inmaculada

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Redacción de Hispanidad Católica

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  1. Mensaje del LIBRO DE LA VERDAD de Nuestro Señor:

    Cuando la Luz de Dios está impregnada en vuestros corazones y el Amor de Dios de los unos a los otros está presente en vuestras almas, entonces todo el mal puede y será conquistado. Cuando vosotros amáis a Dios, sentiréis una profunda paz en vuestro interior, porque cuando mostráis amor por Él, Él os llenará de Sus Gracias. Debéis siempre consolaros en el poderoso Amor que Dios tiene en Su Corazón para cada uno de vosotros. Quienquiera que seáis, cualquiera que sea la pena que le hayáis causado a Él, y no importe cuan perversos hayan sido vuestros pecados, Él os perdonará – siempre. Todo lo que debéis hacer es clamarle a Él, por mediación Mía, Su bienamado Hijo, Jesucristo, para que Yo intervenga en vuestro nombre a través de la Reconciliación.
    Venid a Mí con vuestra oración y decidme: “Jesús, llévame bajo Tu Refugio a mi Padre y tráeme la Salvación Eterna”.
    Cuando venís a Mí, con sincero arrepentimiento en vuestra alma, será vuestro el Reino de los Cielos.
    Vuestro Jesús

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