Me llega la noticia de la remoción de una estatua del General José Millán Astray, en su Coruña natal, por orden del Ayuntamiento de esa ciudad en cumplimiento, según parece, de la tristemente célebre “Ley de Memoria Histórica”. Una vez más se comprueba, por si fuera necesario, que esta ley nada tiene de memoria ni de histórica: es sólo una burda excusa para que los vencidos en la Cruzada de 1936-1939 desfoguen su resentimiento y su odio. Nada nuevo, como se ve.

Millán Astray, más allá de cualquier matiz o arista cuestionable que pueda ofrecer su legendaria figura, es un héroe de España. Esto es indiscutible y es, en definitiva, lo único que debió haber prevalecido a la hora de hacer extensiva al mítico legionario la impiadosa guadaña de una ley iconoclasta que derrumba estatuas al mejor estilo de los talibanes.

Su heroísmo está fuera de toda duda. Basta con pasar revista, siquiera somera, a la larga lista de sus acciones que le valieron, a la par que heridas y cicatrices, un cúmulo de distinciones y condecoraciones militares casi sin parangón en la historia castrense española y aún universal: Caballero Gran Cruz de la Orden de San Lázaro de Jerusalén, Caballero Gran Cruz de la Orden de Avis, Caballero Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo, Medalla Militar Individual, Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo, Medalla de Sufrimientos por la Patria… y la nómina sigue.

Su sola presencia era una proclama y una arenga. Aun cuando poseía una vibrante oratoria, no eran necesarias sus palabras para suscitar, de inmediato, en quienes lo veían o escuchaban una conmoción y un arrebato indescriptibles. Aquel cuerpo enjuto, nervioso, enhiesto pese al paso de los años y de los combates, había llegado a ser sólo el soporte de una multitud de heridas y de cicatrices, girones de sí mismo entregados a España; pero aquella alma tan profundamente española que lo animaba lo mantenía firmemente en pie haciéndolo expresión viva de la reciedumbre del espíritu que es capaz de sobreponerse a cualquier mutilación, a cualquier desgarro.

El 18 de julio de 1936 sorprende a Millán Astray, justamente, en Argentina, en uno de los viajes que hizo a nuestro país: años antes, en 1929, ya lo había visitado cuando era embajador de España en Buenos Aires nada menos que Ramiro de Maeztu. Alguna vieja foto de la época documenta el encuentro del gran escritor e historiador -quizás el alma más profunda de la Hispanidad- con el ilustre General. Es bien sabido que Don Ramiro moriría aquel mismo 1936 en manos de los esbirros de la II República. Enterado del Alzamiento, regresa Millán Astray a España para ponerse a órdenes de Franco quien le encarga la Propaganda durante el Alzamiento. Recorre así el frente arengando a los soldados, insuflando en ellos con su figura y su oratoria el espíritu de los Tercios legionarios. Luego de la guerra ocupó el cargo de Procurador en las Cortes y presidió el Benemérito Cuerpo de Mutilados de Guerra por la Patria.

Empero, sin lugar a dudas, su obra imperecedera fue la Legión Española fundada en 1920 y de cuyo Tercio de Extranjeros fue su primer Teniente Coronel con la colaboración del entonces Comandante Franco. Puede decirse, parafraseando a Menendez Pidal, que con la Legión Millán da el paso de la historia a la leyenda. Su figura, en efecto, adquirió dimensiones legendarias: fue el héroe de batallas que también se hicieron leyenda. El famoso lema ¡Viva la Muerte!, a menudo tan mal interpretado, se convirtió en la expresión más aquilatada del espíritu que Millán supo insuflar en sus legionarios que fueron, con su Jefe a la cabeza, los protagonistas de las mayores hazañas de las que se guarda memoria.

No estuvo exento Millán Astray de la calumnia y de la mentira que pretendió hacerlo pasar como el paradigma del militar tosco y torpe enemigo de la inteligencia y de la civilidad. Me refiero al traído y llevado episodio de su supuesto enfrentamiento con Miguel de Unamuno en el acto celebratorio del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca de la que, a la sazón, era Rector el mismo Unamuno.

La versión echada a correr y repetida miles de veces muestra a un Millán Astray fuera de sí, exasperado, enfrentando al Rector con aquel grito que ha quedado como el más acabado ejemplo de la brutalidad castrense: ¡Muera la Inteligencia! ¡Viva la Muerte! A lo que Don Miguel habría replicado con aquel no menos llevado y traído: ¡Venceréis pero no convenceréis! Durante décadas se repitió hasta el hartazgo esta historia que hoy, a la luz de investigaciones serias y objetivas, se ha demostrado en buena parte falsa y en todo malintencionada.

El trabajo Arqueología de un mito: el acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, de Severiano Delgado Cruz, publicado en Salamanca el año 2018, pone las cosas en su punto. Este autor sostiene haber realizado “una labor de arqueología sobre el discurso atribuido a Unamuno, desbrozando el terreno y limpiando las sucesivas capas hasta alcanzar el suelo geológico: el relato de Luis Portillo Pérez titulado Unamuno’s Last Lecture, publicado en el número de diciembre de 1941 de la revista Horizon”.

Este Luís Portillo Perez, que fue un activo militante comunista y actuó en las filas republicanas, y además no estuvo presente en el controvertido acto del Paraninfo, redactó años después, en su exilio en Inglaterra, una crónica de los sucesos totalmente amañada con el único fin de desprestigiar a Millán Astray y exaltar la figura de Unamuno (quien, sea dicho de paso, apoyó el Alzamiento y en aquel acto tomó la representación del recién asumido Jefe del Estado Francisco Franco).

Pues bien, la conclusión de Delgado es muy significativa: “El relato (se refiere al de Portillo Pérez) tiene una clara intención literaria, no historiográfica. Portillo no intenta describir objetivamente el acto del paraninfo, al que no asistió, sino hacer una recreación literaria destinada a subrayar la brutalidad de Millán-Astray”. Se trató, por tanto, de una ficción literaria sobre la base de sucesos de los que el autor no fue testigo y animada por una finalidad ideológica. Esta ficción fue, luego, adoptada y difundida por el investigador hispanista inglés Hugh Thomas, autor de una muy conocida historia de la Guerra Civil. Así, de a poco, se fue instalando -tanto en la opinión pública como en la pretendida opinión “ilustrada”- una versión absolutamente distorsionada cuando no falsa de los hechos.

Siempre me he inclinado a pensar, y más ahora a la luz de las nuevas investigaciones de Delgado, que aquel enfrentamiento entre Millán Astray y Unamuno -si es que así se lo puede calificar- ocurrido en el marco de una inevitable exaltación de los ánimos propios de los momentos extremos (y la guerra vaya si lo es) no fue un enfrentamiento entre la civilización y la barbarie, como se ha pretendido y se pretende, sino el lamentable y circunstancial desencuentro de dos partes igualmente nobles de la misma y única alma española. El heroísmo de los Tercios y la luz de Salamanca no son incompatibles; sólo que aquellos dos ilustres hombres de España tal vez no lo hayan comprendido en aquel momento cargado de tensiones. Esta mutua incomprensión, empero, no mengua la grandeza de ambos ni impide que hoy, con la calma que trae el tiempo, sea la hora de reconciliarlos y no avivar discordias máxime si se fundan en ficciones a designio antes que en la nuda y pura verdad.

Millán Astray fue la encarnación de un ethos militar que hoy resulta no sólo incomprensible para la mentalidad hedonista, pacifista y democrática que configura el espíritu de la época sino incompatible con ella. El héroe no se tolera, es un contrasentido, un testigo molesto al que hay que matar siquiera derrumbado sus estatuas. Mala hora esta para España si así trata la memoria de sus mejores hijos.
En tanto, en algún oscuro rincón de un municipio, yace tumbada la estatua de un héroe. Una voz de mando sacude España: ¡A mí la Legión! Y no pierdo la esperanza de que a esa voz de mando, desde los cuatro puntos cardinales de la Piel de Toro, vendrán viejos legionarios a vengar la honra del gran General.

1 Comentario

  1. Como siempre, Doctor Mario Caponnetto, ¡qué oportuno su artículo! “El héroe no se tolera, es un contrasentido, un testigo molesto al que hay que matar siquiera derrumbado sus estatuas.” Es muy cierta ésta, su afirmación. El derrumbe de los principios, columnas de nuestra civilización cristiana, trae consigo el colapso de todo ideal, de toda trascendencia, de toda metafísica de la realidad viva. ¿Qué es el héroe sino el hombre que ha puesto sus miras más allá de la inmediatez profana, transitoria, de las cosas que nos rodean y constituyen nuestra morada habitual? Hay un centro de gravitación que lo atrae con mayor fuerza que el suelo que pisa. Hay un horizonte que relumbra más allá de donde llega la vista. Hay voces que convocan, que demandan, que imponen el deber como sustancia irrenunciable de la persona, como hueso de sus huesos y sangre de su sangre, que cruje como un torrente que lanza más allá de sí mismo a quien sirve intrépido a la victoria. El héroe no se concibe sin el espíritu aguerrido que lo conduce a la victoria, siempre, con su vida o con su muerte.
    “Un ethos militar que hoy resulta no sólo incomprensible para la mentalidad hedonista, pacifista y democrática que configura el espíritu de la época sino incompatible con ella.” Fruto en progresiva descomposición de aquel que ingirieron nuestros primeros padres en el Paraíso; gusano que roe las entrañas de la humanidad, pero que no puede impedir que ésta siga su curso portentoso conforme al designio del Creador. El héroe, como el genio, como el santo, son instrumentos de Dios al servicio de Su Reino. Los astros continúan sus ciclos portentosos iluminando la noche de la tierra, los héroes la incendian aún después de muertos. Son vigías que cubren sus puestos desde la eternidad; lucharon por el bien, por la verdad, por la belleza, por conservar estos sus patrimonios, por elevar a los hombres a una dignidad mayor; padecieron la mediocridad de los traidores, de los mundanos que se conforman con los residuos de la rutina, con las algarabías mal paridas por la idiotez imbécil, por el vacío que se esfuma, por las apariencias de la nada.
    Allí están, de pie, mirando a la distancia, marchando hacia la eternidad. Sus sentencias, son sentencias de vida que vuelven a los hombres de generación en generación como alimento que no se consume, como palabras que participan del Verbo Eterno del Padre, como miembros del Cuerpo Místico de Cristo que se hicieron eucaristía participando de la Muerte del Señor Jesús.

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