Tras el Miércoles de Ceniza, donde la Liturgia recuerda que somos polvo, pues nos convertiremos en polvo tras la muerte, empecemos el tiempo cuaresmal con el firme propósito de dejar el pecado, empezando por el pecado mortal.

Ciertamente los pecados de impureza son cada vez más habituales en una sociedad completamente hedonista y pansexualizada. Todo invita a pecar: las modas, los medios de comunicación, las compañías, el espíritu del mundo etc.

Es un pecado totalmente extendido en la sociedad, en todos los ámbitos y todas las edades. Recordemos que el pecado de la impureza es el que más almas lleva al infierno. Sin llevar una vida pura y casta no se puede tener vida espiritual ni empezar a cimentar la santidad, pues edificamos sobre arena.

El primer paso para buscar la santidad, es cortar de raíz con el pecado mortal y combatir duramente el pecado venial, especialmente el venial deliberado.

Es un tiempo propósito para hacer una buena confesión con el propósito de cambiar de vida y de no ofender más al Señor. ¿Quién sabe si esta Cuaresma es la última oportunidad que te da el Señor para cambiar?

No nos acostemos ninguna noche en pecado mortal, pues como se vive se muere y el fiándose de su salud o juventud se acostumbra a vivir en pecado tiene cada vez más difícil cambiar. Cristo nos asegura el perdón si nos arrepentimos, pero no nos puede asegurar ni un minuto más de vida, pues la muerte puede venir en cualquier momento cual ladrón.