Llevaba tiempo con ganas de escribir algo, sobre todo, impulsado por la situación
actual. Llevo años preguntándome cómo hemos llegado a este punto. A todas luces,
se trata de la involución más grande del ser humano.

Desde que soy niño llevo observando un fenómeno, a veces sin ser plenamente
consciente, pero me daba cuenta de que algo pasaba. Estábamos rechazando
nuestra tradición, nuestras costumbres, nuestro pasado… todo ello en pos de un
supuesto modernismo que nos traería el avance.

Y de hecho este artículo versa en torno a eso: el hombre que hemos construido. Un
estereotipo de hombre que veo reproducido aquí y allá, por todas partes, bajo un
patrón que se repite en funciones de hábitos y comportamiento. Algunos pensaréis
que hablo de mi generación, los nacidos en los 80 y a partir de ahí. Pero no. Incluyo
incluso a los que nacisteis en los 50. Os habéis dejado vencer (y vender). Y lo mejor
de todo (o lo peor, no se sabe) es que no sois conscientes.

¿Cómo es posible esta vuelta a la tortilla? ¿Cómo es posible este atraco a la
dignidad? Se trata de un rapto con síndrome de Estocolmo.

Vayamos por partes.

¿Cómo eran nuestros abuelos?

¿Cómo ha girado el mundo desde los principios de la humanidad hasta hace apenas 30 años?

Era bien sencillo. En las familias, los hijos se educaban para ganarse la vida, para formar una familia, defender a la patria, y así preservar el honor y la dignidad. Había familias de 3 a 6 hijos, se convivía con los abuelos.

Si el niño era buen trabajador, aprendía un oficio. Si era buen estudiante y se podía, estudiaba. Igualmente pasaba con las mujeres. Así se sostenían y formaban familias. Así se creaba el futuro.

Yo nací en 1983, y he vivido algunas cosas que me han marcado. Las tradiciones en
los pueblos, la Fe, o las señoras que vestían luto. He vivido el cortejar a una chica y
hacerse ésta de rogar ya en los tempranos 90, pues aún quedaba “algo”. He vivido
los oficios, la palabra de un hombre, el honor de una mujer. He vivido el respeto al
mayor, al veterano, al sacerdote o al militar. He vivido la consideración al maestro
o al director del colegio. He vivido el luchar por un futuro, el tener aspiraciones.

Y casi que he vivido todo esto de refilón, pues ya antes de que yo naciera se sembró
la semilla del modernismo. Y tal vez desde finales de los ’90 hasta hoy, empezó ya a
ritmo forzado la regresión. La semilla oculta estaba inoculada.

Todo empezó con una generación de padres, la de los nacidos en los 50 y 60, la que
creó una generación de mantequilla. Personas creadas bajo un patrón, sin oficio ni
beneficio. “Niño, tú estudia que no tengas que trabajar como yo”. Como si el trabajo
fuera una deshonra… Y mientras la clase política vendía los estudios universitarios
como un derecho obligatorio.

Fue la sentencia de muerte de una sociedad equilibrada, pues si se desperdician los oficios, se desperdicia el futuro.

Fueron floreciendo familias donde los hijos -2 como mucho- estudiaban
magisterio, económicas, derecho o empresariales. Poco importaba que el niño
hubiera sido un zoquete: había que hacer carrera. Y vaya si la hicieron… Años y
años paseando libros y desperdiciando la flor de la vida para formarse en una
profesión, tirados a la basura para ser “un universitario más”.

Y así hemos llegado hasta hoy. Tanto afán por estudiar ha resultado en una
generación que hoy va de los 25 a los 40 años, sin empleo fijo, sin estabilidad, sin
oficio, ostentando un malogrado título que poseen otros cien mil malogrados
estudiantes más…

No sólo quedó ahí la cosa. Junto a esto, la falta de disciplina. Cayó el Servicio
Militar, como si de un despropósito se tratase. Cayó la obediencia, el orden y las
obligaciones. Todo valía. Todo vale. Todo menos la palabra de un hombre, que
perdió todo su valor.

Una generación que sólo ha recibido, no sabe aportar, sólo sabe reclamar.

Antonio Gutiérrez