En 1264, un sacerdote alemán, muy piadoso, pero combatido algún tiempo de dudas sobre la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, fuese en peregrinación a Roma. Pasando por Bolsena, dijo Misa en la iglesia de Santa Cristina, y he aquí que, al momento de alzar la Hostia sobre el cáliz, en vez de la especie de pan que tenía en las manos, vio y sintió carne real, cubierta de sangre, en tanta cantidad que rociaba los corporales. Fácil es pensar cuál fuese su sorpresa. Mas he aquí un doble e incomparable milagro: cada gota llevaba la imagen de un rostro humano.

El sacerdote no tuvo fuerza ni ánimo para terminar el sacrificio; abrió el sagrario, y en él colocó el cáliz y el corporal, retirándose tembloroso. Fue a echarse a los pies del Papa Urbano IV, que se hallaba entonces en Orvieto, y le pidió perdón de su duda, aunque involuntaria, contra la fe. La iglesia de Santa Cristina, donde sucedió el hecho, conserva aún señales del milagro, pues cuando el sacerdote se retiró del altar, cayeron algunas gotas de sangre sobre el pavimento, cuyas manchas quedaron de tal manera impresas, que son tan visibles en nuestros días como en 1264, y objeto de admiración para peregrinos y viajeros.

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¡No hagamos agravio a la fe! Creamos firmemente en la verdadera y real presencia de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, y yendo a Misa lo más frecuentemente posible, roguemos a Dios que abra los ojos de tantos incrédulos.