Impresionante testimonio del padre Laureano de las Muñecas, capuchino que visitó al Padre Pio. En su encuentro hablan de España. Alfonso XIII LE HABÍA ENVIADO UN RETRATO SUYO

En Italia era obligada visita al estigmatizado Padre Pío de Pietrelcina, en el Monte Rotondo, de quién tanto se hablaba y a quien yo mismo diera a conocer en algunas revistas españolas.

Conseguir la visita no era tarea fácil dada la prohibición de la congregación del Santo Oficio de ser visitado por personas de fuera.

Afortunadamente esta prohibición la superó el amable padre provincial Capuchino de Foggia acompañandome como súbdito suyo en la visita .

Está me resultó en un principio desconcertante , nos saludamos en la huerta del convento mientras el estaba entretenido en desarmar la escopeta de un amigo.

Nada de extraordinario o especial note en él, sonriente y bromista preguntaba y se interesaba por mi viaje a Tierra Santa y de la situación de España lo mismo que durante la comida con otros religiosos en el refectorio.

Algunos religiosos bromeaban al ver que apenas comía diciéndole que bien se sabía que algunas beatas le habían traído otra comida más rica que la del convento para comer en su celda , sonriente respondía que tonto hubiera sido si nos hubiera aprovechado de ello.

Por la tarde después de la oración de la comunidad y de la hora larga que el prolongaba le rogué que me oyera en confesión en su propia celda. Al entrar en la celda me sorprendió la presencia de un retrato del Rey de España al pie del cual se leian estas palabras: al siervo de Dios Padre Pio de Pietrelcina en prueba de veneración Alfonso XIII Rey de España.

Como la salida del rey acababa de tener lugar en esos días se me ocurrió preguntarle:

– ¿Qué le parece a usted la marcha de España del Rey?
– Mal, muy mal, el rey no debió abandonar su patria.

-Pero es que, entonces le dije , quería evitar derramamiento de sangre.

– Mayores derramamientos de sangre seguirán….pobre España… pobre España.

Tales fueron sus últimas palabras, fueron proféticas , los hechos así lo confirmaron.

Al día siguiente fue tan amable de oírme en confesión en su pobre celda . Desahogo mi conciencia y escucho sus sabios consejos de santo.

Antes tengo la suerte de asistir a su misa , la misa de otro Cristo , semiestático, el rostro encendido, las manos con las llagas visibles , con un recogimiento impresionante, jamás lo olvidaré…

Sin tiempo para más me despido de los religiosos del convento, falta solo el Padre Pío.

Pregunto por él y me dicen que está en oración en el coro y que vendrá inmediatamente contemplo su rostro encendido que me impresiona, le notifico mi partida para Polonia le abrazo y él me abraza y me besa y ……hasta la eternidad!

Ernesto Barea Amorena

P. Laureano María de las Muñecas. La audacia de un apóstol del suburbio