Todo católico tiene obligación de respetar las leyes civiles, siempre y cuando que no le obliguen en conciencia a desobedecer la ley de Dios. El mandamiento de honrarás a padre y madre comprende también la obediencia a toda autoridad debidamente constituida.

Igualmente el mandamiento de no matar, implica no poner en peligro la propia vida y la de otras personas. Pensemos cuantas temeridades se comenten al volante, especialmente los viernes y sábados que es cuando más alcohol se bebe. Y las estadísticas nos lo siguen diciendo el alcohol y la velocidad como las distracciones son algunas de las principales causas de accidentes.

La gente que conduce procura ser responsable y no bebe. Principalmente por evitar la multa y la pérdida de puntos del carnet. Pero, ¿a alguien le preocupa pecar contra el quinto mandamiento, poner en peligro su vida o la de otras personas?

Ciertamente conducir temerariamente es como mínimo pecado venial y puede llegar a mortal en según que circunstancias. Decían antiguamente que a partir de 100 kilómetros por hora, San Cristóbal, patrono de los conductores, se bajaba del coche. Hoy en día los coches y las carreteras son mejores y se corre mucho más.

Conducir no es un juego, es algo muy serio que puede tener trágicas consecuencias y responsabilidades civiles, pero también morales, algo en lo que casi nadie cae en la cuenta.