El problema del feminismo actual

Entendiendo el feminismo como un movimiento social y político que postula la igualdad de derechos entre hombre y mujeres, ¿quién se opondría a ello? ¿Acaso en pleno siglo XXI hay en occidente gente que no conciba a los hombres y a las mujeres iguales en dignidad y derechos? Nadie con un poco de educación y en su sano juicio sería capaz de vivir pensando que uno de los dos sexos está por encima del otro. Entonces, ¿cuál es el problema?

Viendo la historia del feminismo desde sus inicios hasta la actualidad, uno se da cuenta de que las reivindicaciones feministas poseeN un origen legítimo que, como el socialismo en sus comienzos, se han ido descarrilando con el paso del tiempo. Pues, igual que el socialismo fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal del siglo XIX, éste acabó descarrilándose totalmente cuando se radicalizó, primero, en la interpretación materialista de la vida y de la Historia; segundo, en un sentido de represalia; tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases. Y así como ese socialismo que vino a ser una crítica justa del liberalismo económico, nos trajo, por otro camino, la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres que el liberalismo económico provocaba en las sociedades de la época, el feminismo actualmente se acerca a caer en el mismo error de apropiarse como propio aquello que combatía.

Según los estudiosos en el tema, el feminismo entra en la Historia causalmente en el siglo XVIII, cuando, aprovechando el impulso ilustrado, era en su mayoría un movimiento sociopolítico dirigido a igualar los derechos de hombres y mujeres en el trabajo y la educación. El proceso de construcción de este movimiento se divide generalmente en cuatro olas:

La primera ola: el feminismo de la Ilustración.

Desde la Revolución Francesa hasta mediados del siglo XIX.

Sus principales reivindicaciones eran la ciudadanía y la educación de las mujeres, siendo su obra más representativa las Vindicaciones de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft, autora que fundamenta sus reivindicaciones en el pensamiento del Siglo de las Luces. Las principales promotoras de este tipo de reivindicaciones fueron Poullain de Barre, Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft, así como las ciudadanas que presentaron en 1789 a la Asamblea francesa su “cuaderno de reformas”. Comienza así a estar presente el debate sobre los derechos de la mujer en las tribunas políticas e intelectuales.

La segunda ola: el feminismo liberal sufragista.

Desde mediados del siglo XIX hasta la década de los cincuenta del siglo XX (final de la Segunda Guerra Mundial).

Reivindica principalmente el derecho al voto de las mujeres, comenzando el movimiento sufragista con la Declaración de Seneca Falls, de 1848 en los EE.UU., movimiento que llegará a su plenitud en 1948 con la Declaración Universal de los Derechos Humanos que reconoce el sufragio femenino como derecho humano universal. La obra más representativa es El sometimiento de la mujer, escrito por John Stuart Mill y Harriet Taylor en 1869, sentando así las bases del movimiento sufragista.

En Inglaterra aparecen las sufragistas, lideradas por Emmeline Pankhurst, y el debate sobre el sufragio universal se hace cada vez más intenso.

La tercera ola: el feminismo contemporáneo.

Desde las revoluciones de los años 60 hasta la actualidad, aunque algunas teóricas marcan el punto final en los años 80.

Reivindica un cambio de valores y que la justicia legisle aspectos considerados antes como “privados”. Sus obras de referencia son El segundo sexo de Simone de Beauvoir y La mística de la femineidad, de Betty Friedan. Su lucha se centra principalmente contra la mujer usada como estereotipo sexual en los medios de comunicación, el arte y la publicidad. Se empieza a hablar la abolición del patriarcado, una hipotética forma de organización social en que la autoridad es ejercida por un varón y en donde la familia es entendida como la institución básica de este orden social. El patriarcado es un término utilizado pues para describir una situación de desigual del poder entre hombres y mujeres en la que los varones poseen preeminencia en aspectos tales como la prohibición del derecho al sufragio, la regulación de los delitos contra la libertad sexual, la violencia ejercida de hombres a mujeres (me niego a denominarla “de género”), los regímenes de custodia legal de los hijos, el sexismo en el lenguaje, la división sexual del trabajo etc.

Con el lema de «lo personal es político» entran en el debate la sexualidad femenina, la violencia contra la mujer, la salud femenina, el aborto, entre otros. Debido al auge de los populismos, esde los años ochenta, adquieren especial importancia en el debate político las diversidades femeninas, el multiculturalismo, la sororidad (neologismo que se emplea para referirse a la solidaridad entre mujeres en un contexto de discriminación sexual) y el debate entre diferentes corrientes feministas.

La cuarta ola
Actualidad – ¿?

Expertos, teóricos y activistas del feminismo debaten actualmente sobre si actualmente estamos ante una nueva etapa en este movimiento, o no. En todo caso, esta nueva ola tiene como características el activismo online y el uso de redes sociales además de que es un movimiento más internacional, con visibilidad a gran escala. Celebridades, “influencers”, personajes famosos y políticos usan su popularidad para abogar por los derechos de la mujer, con una gran repercusión mediática on y off line. En esta ola surge un movimiento epistemológico – feminista que, mediante el deconstruccionismo, pretende plantear una nueva visión de la historia y de la realidad desde la llamada “perspectiva de género”

Entonces, ¿cuál es el problema?

Como hemos visto, en sus comienzos con las sufragistas inglesas del siglo XIX, el feminismo surgió como una protesta legítima que posteriormente se ampliaría defendiendo una educación equiparable a la que recibían los hombres, un trabajo digno, un sueldo equiparable al de los varones… En sí mismas, estas primeras aspiraciones no eran directamente contrarias ni a la fe ni a la moral católica. ¿Cómo es posible que hayan acabado pidiendo aberraciones tales como el “derecho” a asesinar de forma legal a un hijo durante el periodo del embarazo?

Desde el principio, todas las reivindicaciones tomaban como punto de referencia los derechos que los hombres ya tenían: “¡pedimos el derecho al voto como los hombres!”, “¡un trabajo remunerado como el de los hombres!”, etc. Según se iban logrando objetivos, se pedía más y más, hasta que se ha llegado a un punto en el que se entra en conflicto con la diferenciación sexual más obvia. La mujer, en consecuencia, rechaza la carga de la maternidad porque los hombres no la tienen. Reivindica su derecho a un embarazo optativo, a “ser dueña de su cuerpo”, a desarrollar su personalidad y sus aspiraciones sociales y económicas, “a realizarse” como dicen, antes de ser madre.

El movimiento feminista actual ha terminado por rechazar lo más característicamente femenino y bello que puede alcanzar una mujer: la maternidad. De esta manera, el nuevo feminismo ha terminado por defender una doctrina mucho más machista que cualquiera de las culturas y supuestos sistemas ideados por los hombres.

Hace ya treinta años, en su exhortación apostólica Mulieris dignitatem de 1988, san Juan Pablo II protestaba contra el intento de este feminismo descarrilado de convertir a las mujeres en varones:

En nuestro tiempo la cuestión de los «derechos de la mujer» ha adquirido un nuevo significado en el vasto contexto de los derechos de la persona humana. Iluminando este programa, declarado constantemente y recordado de diversos modos, el mensaje bíblico y evangélico custodia la verdad sobre la «unidad» de los «dos», es decir, sobre aquella dignidad y vocación que resultan de la diversidad específica y de la originalidad personal del hombre y de la mujer. Por tanto, también la justa oposición de la mujer frente a lo que expresan las palabras bíblicas «el te dominará» (Gén 3, 16) no puede de ninguna manera conducir a la «masculinización» de las mujeres. La mujer – en nombre de la liberación del «dominio» del hombre – no puede tender a apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia «originalidad» femenina. Existe el fundado temor de que por este camino la mujer no llegará a «realizarse» y podría, en cambio, deformar y perder lo que constituye su riqueza esencial. Se trata de una riqueza enorme. En la descripción bíblica la exclamación del primer hombre, al ver la mujer que ha sido creada, es una exclamación de admiración y de encanto, que abarca toda la historia del hombre sobre la tierra.

El papa polaco también resaltó que “los recursos personales de la femineidad no son ciertamente menores que los recursos de la masculinidad; son sólo diferentes. Por consiguiente, la mujer —como por su parte también el hombre— debe entender su «realización» como persona, su dignidad y vocación, sobre la base de estos recursos, de acuerdo con la riqueza de la femineidad, que recibió el día de la creación y que hereda como expresión peculiar de la «imagen y semejanza de Dios”.

Entonces, ¿cuál es la solución?, ¿un feminismo católico?

Actualmente, y de forma simplificada, existen dos versiones del feminismo en la sociedad. La primera es aquella que todo el mundo asocia con esas reivindicaciones antinaturales y contrarias a la moral que terminan necesariamente en el rebajamiento de todo aquello que es característico de la mujer. Es decir, lo que nos propone es peor que el problema que nos pretende hacer ver.

Con este panorama, hay mucha gente que, al no estar de acuerdo con exigencias tales como el aborto, rechazan esa postura extrema, pero se contentan con una segunda versión del feminismo, un feminismo aguado, sin base doctrinal definida. Es ese feminismo vergonzoso, pues ni siquiera admiten la etiqueta de feminismo, que se limita a celebrar el “Día de la Mujer trabajadora” (8 de Marzo) o exigir un porcentaje de candidatas femeninas en las listas de los partidos – lo cual en realidad es denigrante, pues ocupan esos puestos por ser mujeres, no porque sean capaces de desempeñarlo: un recurso propagandístico más – y que contabiliza como éxito importante el lanzar una campaña pro-feminista.

Estas dos versiones de feminismos son, en mi opinión, incorrectas, aunque en distinto grado, pues la extrema es activa, la intermedia es pasiva. Para nosotros los católicos debe existir una respuesta correcta a este problema. Y es una tercera postura que, sin estar de momento articulada como tal, incluso ni siquiera tiene nombre y que, dentro del contexto de este artículo, podríamos llamar “feminismo católico o tradicional”.

Este “feminismo católico” debería de basarse en aplicar el principio cristiano de igualdad entre ambos sexos a la sociedad, poniendo en práctica la Doctrina Social de la Iglesia Católica. La defensa de la vida y de la familia deberían de ser sus dos principales frentes de batalla, pues ambos han sido el objeto principal de los ataques, tanto por parte del desprecio de una sociedad individualista y economicista, como por parte de ese feminismo extremo que rechaza la feminidad, la maternidad y las obligaciones que conlleva. Por tanto, es necesario desterrar todo ese desprecio social, comenzando por los complejos inconfesados de las propias mujeres. Dos caminos deben seguirse: el primero consiste en reivindicar y difundir la valoración positiva de la maternidad, de la dedicación a la educación de los hijos y el hogar en la sociedad actual; y el segundo, en transmitir estos mismos valores católicos a los niños y jóvenes de hoy, que serán la sociedad del mañana. No digo que no haya que reivindicar la defensa de la incorporación de la mujer al mundo laboral (algo ya obtenido), sino que resalto lo que a día de hoy creo que se encuentra en peligro: el derecho de que una mujer decida libremente a dedicarse a la maternidad y al cuidado de la casa sin ningún tipo de impedimento social, político o económico. La relevancia de esta defensa radica en el hecho de que, si continuamos con esta inercia social de denigración y desestructuración de la institución familiar, el único resultado que cabe esperar es la desaparición del orden social católico. Como ya decía san Juan Pablo II a las mujeres en su encíclica Evangelium Vitae:

“En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un ‘nuevo feminismo’ que, sin caer en la tentación de seguir modelos ‘machistas’, sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación. (…) Vosotras estáis llamadas a testimoniar el significado del amor auténtico, de aquel don de uno mismo y de la acogida del otro que se realizan de modo específico en la relación conyugal, pero que deben ser el alma de cualquier relación interpersonal”

No podemos hablar de este “feminismo católico” sin nombrar a Edith Stein (santa Teresa Benedicta de la Cruz). La historia la recuerda como una eminente filósofa y sus conferencias, artículos y ensayos sobre las mujeres entre 1928 y 1932 son imprescindibles para tratar este tema. Puso énfasis en que “ninguna mujer es solamente una mujer”, pues cada una tiene inclinaciones propias y talentos naturales que, poniéndolos al servicio de los demás para alcanzar su plenitud, la hacen capaz de la actividad profesional en distintos ámbitos como el artístico, científico, técnico…

La santa de origen judío intentó examinar la naturaleza de la mujer desde el momento de la creación y mostró que toda mujer es una criatura cuidadosamente planificada por Dios y llamada por Él para unas tareas específicas, independientemente de los tiempos en que viva y de su procedencia. Al margen de los dones femeninos, como la capacidad de mirar holísticamente a otra persona y una empatía y deseo de ayudar innatos, toda mujer recibe unos dones y talentos individuales como persona que, desde el ejercicio propio de su feminidad, puede usar en el trabajo, como esposa, madre, monja o persona soltera.

En conclusión, todo feminismo que no se encuentre íntimamente ligado en la defensa de la feminidad, la vida y la familia no merece ser respaldado, pues traiciona por sí solo el que debería ser su principal objetivo: la defensa de la mujer.

Álvaro Chillarón de la Fuente

1 Comentario

  1. La mujer debe ser femenina, no feminista.
    Todas las mujeres FELICES que conozco se han REALIZADO mediante el matrimonio, el cuidado de la familia y, sobre todo, LOS HIJOS.
    Dios puso a la mujer en el mundo para PERPETUAR LA ESPECIE.
    ¡Lástima que las feministas estén intentando acabar con lo más SAGRADO DE LA MUJER: los hijos!

Comments are closed.