“Al comienzo de octubre de ese año 1886, después de seis meses de vida en familia, mientras estaba en París haciendo imprimir mi viaje a Marruecos, me encontré con personas muy inteligentes, muy virtuosas y muy cristianas; al mismo tiempo, una gracia interior extremadamente fuerte me empujaba: empecé a ir a la iglesia, sin creer, encontrándome bien solamente allí, donde pasaba largas horas repitiendo esta extraña oración: ‘¡Dios mío, si existes, haz que Te conozca!’”

“Pero yo no Te conocía…”

“¡Oh Dios mío! ¡Cómo tenías tu mano sobre mí, y qué poco yo lo sentía! ¡Qué bueno eres! ¡Cómo me guardaste! ¡Cómo me guardabas bajo tus alas mientras yo ni siquiera creía en Tu existencia!”

“Forzado por las circunstancias, me obligaste a ser casto. Era necesario para preparar mi alma a recibir la verdad: El demonio es demasiado dueño de un alma que no es casta.”

“Al mismo tiempo me hiciste volver a estar con mi familia donde fui recibido como el hijo pródigo.”

“Todo eso era Tu obra, Dios mío, obra Tuya solamente… Un alma hermosa te secundaba, pero con su silencio, su dulzura, su bondad, su perfección… Me atrajiste por la belleza de esa alma.”

“Me inspiraste entonces este pensamiento: ‘Puesto que esta alma es tan inteligente, la religión en la que cree no puede ser una locura. Estudiemos entonces esa religión: tomemos un profesor de religión católica, un sacerdote instruido, y veamos qué pasa, y si hay que creer lo que ella dice.’”

“Me dirigí entonces al Padre Huvelin. Le pedí lecciones de religión: él me hizo arrodillar e hizo que me confesara, y me envió inmediatamente a comulgar…”

“¡Si hay alegría en el cielo por un pecador que se convierte, la hubo cuando entré en ese confesionario!”

“¡Qué bueno que has sido! ¡Qué feliz que soy!”

“Yo, que había dudado tanto, no creí todo en un solo día; unas veces los milagros del Evangelio me parecían increíbles; otras, quería mezclar en mis oraciones pasajes del Corán. Pero la gracia divina y los consejos de mi confesor disiparon esas nubes…”

“Mi Señor Jesús, tú pusiste en mí ese amor por ti, tierno y cada vez más grande, ese gusto por la oración, esa fe en tu Palabra, ese sentimiento profundo del deber de la limosna ese deseo de imitarte, esa sed de realizar el mayor sacrificio que me fuera posible hacerte.”

“Deseaba ser religioso, vivir sólo para Dios. Mi confesor me hizo esperar tres años.”

“¡Qué influencia bendita tuvo en mi vida la peregrinación a Tierra Santa!, aunque la hice a pesar mío, por pura obediencia al Padre Huvelin…”

“Después de haber pasado Navidad de 1888 en Belén, de haber escuchado la Misa de Medianoche y recibido la sagrada Comunión en la santa Gruta, me volví a Jerusalén después de dos o tres días. La dulzura que sentí al rezar en esa gruta donde resonaron las voces de Jesús, de María, de José, fue indecible.”

“Tengo sed de llevar la vida que entreví, que adiviné, caminando por las calles de Nazaret, que pisaron los pies de NS, pobre artesano perdido en la abyección y la oscuridad…”

Biografía de Carlos de Foucauld