Dedicaremos este breve ensayo a tratar sobre el valor de la mujer, ni mejor ni peor que el varón, diferente. Como nos suele recordar la Dra. Zelmira Bottini de Rey, en sus enriquecedoras clases. Hemos elegido una obra de hace unos años, pero muy vigente, a nuestro modo de juzgar. La misma trata acerca de la fascinante tarea educadora de los padres. Especialmente el rol de la mujer, esposa y madre. A quienes dirigiera el autor las distintas locuciones. ¿De quién se trata? Lo presentaremos brevemente, en el próximo párrafo, para aquellas personas que no lo conozcan, o bien, para refrescarle la memoria, a los que tuvieron la dicha de conocerle.

Mario José Petit de Murat, nació en 1908 en Buenos Aires. A los 30 años de edad ingresa en la Orden de Predicadores. A los 38, fue ordenado Sacerdote en San Miguel de Tucumán. Se desempeñó en el ámbito universitario, pero sobre todo despuntó en su ejercicio ministerial. En la Confesión sacramental, y en la Predicación, haciendo gala de su Orden. Recomendamos, entre otras, la lectura de su obra: El buen amor, que también puede encontrarse en internet. Murió a los sesenta y dos años. Estaba entregando su vida en una Capilla en el campo tucumano.

En la década de 1950, durante un año. Brindó una serie de charlas semanales sobre la crianza y educación de los hijos, como anticipamos. La Sabiduría de las palabras del padre Petit, permiten que estén siempre vigentes. Y hoy, más aún, dado el desconcierto de muchos adultos, y la desorientación propia de los jóvenes y niños, en consecuencia. Al no encontrar quienes guíen de manera adecuada y sepan orientarlos. Frutos, ambos, de haberse alejado del fundamento, la Fe en el único Dios verdadero, capaz de darle sentido a nuestras vidas.

El autor va recorriendo las distintas edades en las que atraviesan los hijos. Y la misión indelegable que cumplen los padres con respecto a cada una de ellas. Hoy tantas veces ignorada. El sacerdote como buen pastor, aconseja, especialmente a sus hijas, las madres de familia. 1

En la actualidad, tal vez, hemos en contadas ocasiones, enarbolar los distintos valores, como la justicia y la generosidad. Pero muchas veces, podemos caer en el error de verlos como algo utópico o alejado de la realidad. Ideales aislados y no encarnados, como debieran. Las virtudes en cambio, o mejor dicho, los hombres virtuosos las hacen carne. Una de ellas, que resalta nuestro autor, es la de la obediencia. Esta hace referencia directa al saber escuchar, si nos atrevemos a penetrar en la definición etimológica. Virtud es obedecer a la razón, siempre y cuando ésta sea fiel a los mandatos de Dios. Obediencia de la voluntad a la inteligencia iluminada por la Verdad. Obediencia de los alumnos a los maestros. Obediencia de los hijos a los padres, y porque no también hablar de obediencia dentro del Matrimonio. Y podríamos extenderlo a una recta obediencia en el orden social.

Dominio es ser señor, según la etimología. Aquel que ejerce un señorío. Dominio de si mismo, eso es ser virtuoso. Dominación parece mala palabra, pero bien entendido es algo grandioso, y hasta nos animamos a decir, necesario. Una madre que domina a su hijo, es aquella que ejerce su rol y su tarea heroicamente, como corresponde. Que conduce al hijo. Que lo hace crecer conforme a la verdad y al bien. Que vela por el hijo, que hace el trabajo para el cual Dios la designó. Su tarea no es otra que esta: hacer crecer al hijo como Dios quiere. Así podrán ser felices, la madre y sus hijos, y por supuesto su marido. Cumpliendo la tarea asignada. El padre Petit nos ilumina desde sus predicas, algunas de ellas compendiadas en el libro que estamos reseñando. Allí encontramos mencionada la función necesaria del Dominio:

El fuerte nunca grita. El fuerte con una mirada resuelve las cosas. Está con un dominio tan grande de sí, que basta con mirar y el otro ve que lo mira a lo hondo y lo está desenmascarando. Y la madre tiene que ser fuerte. La columna vertebral de la madre es la fortaleza.2

Esta es una virtud necesaria, para el bien de los hijos. Ella tiene que mostrarle que es posible adquirirla. La abnegación en la mujer puede ayudarla. Ejemplos tan cotidianos como tomar el medicamento aunque no guste, o comer un alimento que no sea del todo de nuestro agrado. La causa principal de la educación es el mismo educando, en este caso, el hijo desde niño, cuando alguno de sus padres, educadores principales, pueden fomentar la virtud. Actualizar la potencialidad que trae consigo el hijo. Continuemos aprendiendo del fraile dominicano:

Y las madres, ¿pueden darle virtud a los niños? No. Eso es una cosa personal. La madre debe disponer el campo, para que cuando aparezca el uso de la razón, ya, con un paso más, esté en la virtud. Cuando esté en la adolescencia, que pueda colocar la virtud en él.3

En el libro podemos atisbar también la complementariedad entre el varón y la mujer. En palabras del padre:

El opuesto me da lo que yo no tengo. Y después, ahí tienen la armonía entre hombre y mujer. El hombre tiene lo que no tiene la mujer, y la mujer lo que no tiene el varón. En todo sentido. El hombre tiene inteligencia discursiva, y la mujer tiene inteligencia práctica; y el espíritu y todo es distinto.4

En esta época marcada por el egoísmo y el individualismo. Error gravísimo al cual pocos pueden escapar. Como podrá la gente confiar en la Providencia, si ya no está Dios en su horizonte de vida. Miren con que bellas palabras alienta a las mujeres valientes de este mundo:

No es fácil ser madre. No se asusten, no es fácil pero están muy auxiliadas. Deben saber, para consuelo, que Dios ama a la madre, con el amor que ama a todas esas criaturas que están dependiendo de esa madre. Así que tengan muchos hijos. Si tienen tres hijos, las amará como a cuatro. Y estará dispuesto a comunicar toda la inspiración y todas las luces que necesita para formar al ser humano. Y si tienen doce hijos, las amará como a trece. ¡Miren ustedes!5

Otro autor que habla de la complementariedad entre varón y mujer, es el sacerdote uruguayo, Horacio Bojorge. Varias son las obras en las que profundiza este tema. Una de las que más nos impactó fue La casa sobre Roca. Ahí remarca entre otros asuntos, la necesidad de conocerse mutuamente, esto es, que la mujer sepa como son los varones, y que los varones conozcan a las mujeres. Justamente, en esta sana diversidad, uno aprende que lo mejor es abrirse al otro, para complementarse.

Aprovechamos para cerrar estas reflexiones, unas palabras que encontramos en la obra mencionada en la primera parte de este trabajo, El buen amor, del mismo Fray Petit de Murat:

La distribución de aptitudes es admirable. La inteligencia del varón es sobre todo racional y abstractiva; la de la mujer, intuitiva. Aquél, por tendencia natural, mira los principios y leyes que rigen el ser y el obrar; ésta aplica a las circunstancias concretas de las personas y las cosas las consecuencias de esos principios y leyes; incorpora al torrente de la vida, sin saberlo, lo que el varón ha adquirido o fraguado en su mente. Tal relación es tan natural y necesaria que la cumple aún cuando aquellos principios versen acerca de ella misma y le sean nocivos. Hoy, por ejemplo, mientras las ideologías que corren en zonas de ficción proclaman la liberación de la mujer, las convicciones reales transmitidas a ella por el varón en el diario vivir, la rebaja de su condición de persona humana a carne subsidiaria del apetito del hombre y, la mujer, tan receptiva como es de la mentalidad del varón, las vive y las ejecuta como si fueran suyas propias. No discrimina modas, ni tratos, ni “diversiones”, sabe que está en derroteros de ruina, -es consciente de que día tras día como mujer-persona pierde pie, que va hundiéndose en el légamo anónimo de ser considerada nada más que un poco de carne codiciada por breves instantes y, sin embargo, extorsiona su naturaleza, la decora con atuendos y actitudes estridentes con tal de entrar en la zona de esa codicia, la única que le han dejado para existir.

Nótese que aunque escrito hace muchos años, ya vislumbraba la perversa ideología, que hoy podemos llamar de género. Que confunde orientación, elección, con sexo biológico. Éste no puede elegirse, sino asumirse libremente, para poderse plenificar cada persona. Estamos llegando a un punto tal, que están consiguiendo “intoxicar” las mentes y los corazones de nuestros hijos. Quiera Dios, ayudarnos a frenar este desenfreno.

Mar del Plata, abril de 2019

Matías Alejandro Navós Iglesias

Profesor en Filosofía (UNSTA)

Maestrando en Ética Biomédica (UCA)

1 PETIT DE MURAT, Mario José, El amanecer de los niños, 2 ª edición, Bs. As., Vórtice, 2011.

2 PETIT DE MURAT, Mario José, El amanecer de los niños, 2 ª edición, Bs. As., Vórtice, 2011, p. 98.

3 Idem p.117.

4 Idem p. 121.

5 Idem, p. 37.