Lo dice San Agustín: “Quien oiga con devoción la Santa Misa alcanzará perdón de todos los pecados cometidos veniales hasta aquella hora (LOS PECADOS MORTALES HAY QUE CONFESARLOS), y recibirá gran vigor para librarse y no cometer más pecados mortales”

***

San Gregorio cuenta de una pobre señora que todos los lunes hacía celebrar una Misa por el alma de su marido, esclavo de los bárbaros y creído por ella muerto. Años después, el marido, recobrada la libertad, contaba a su mujer que todos los lunes, a cierta hora, se le caían las cadenas de los brazos, se le desataban los pies y permanecía libre un buen espacio de tiempo. Era precisamente la hora en que se celebraba por él la Santa Misa.

Los pecados veniales son otros tantos lazos y cadenas espirituales que nos tienen ligada y encadenada el alma y no la dejan obrar con la libertad y fervor con que obraría libre de tales impedimentos. La Misa rompe estos lazos, desata estas cadenas, cancela, en una palabra, los pecados veniales y nos pone en la libertad de los hijos de Dios.

En segundo lugar, la Misa nos libra de los pecados mortales, no ya porque los cancele por sí misma inmediatamente, como lo hace el Sacramento de la Penitencia, sino porque nos impetra la ayuda y buenas inspiraciones para arrepentirnos, medios para enmendarnos y fuerza para no cometerlos.

***

Baltasar Guinigi, noble joven de Luca, era víctima de un vicio por el juego, causa funesta de tantos males. Encaminándose un día a la casa donde solía pasar largas horas divertido con sus compañeros, al pasar delante de la iglesia de San Miguel, siente en el corazón una voz que le dice: “Entra en la iglesia, oye Misa y ponte en gracia de Dios.” Después de haber luchado un tanto contra lo que se le ordenaba, entra, oye la Santa Misa y hace con el venerable Padre Franciotti confesión general de sus culpas. Apenas salido de la iglesia, se encuentra con algunos amigos suyos que, al verlo, se maravillan como si viesen a un muerto resucitado, y exclaman todos a una voz: “¡Cómo! ¿Tú por aquí? ¿No eres Baltasar Guinigi? Y si lo eres, ¿cómo estás vivo? Nosotros te llorábamos por muerto.”

El, que no sabía la desgracia acaecida a sus compañeros de juego, estaba mudo, sin saber qué responderles. Pero su estupor se convirtió en horror cuando supo por ellos que, mientras estaba en la iglesia, se había, de improviso, derribado la casa en que estaban sus compañeros de juego y de pecado, sepultándolos a todos bajo las ruinas, y estos sus amigos le creían a él, según su costumbre, en aquella casa y, por ende, miserablemente perdido.

Guinigi, reconociendo deber a la inspiración del Señor y al haber oído la Santa Misa la gracia de no haber tenido el mal fin de sus compañeros, se convirtió e hizo una vida santa hasta la muerte.

¿Veis carísimos, cuánto importa seguir prontamente las buenas inspiraciones, y cuánto bien nos reporta la Santa Misa?