PROFANADORES CASTIGADOS 

Año 362, Cartago (África) 

Milagros Eucarísticos. P. Manuel Traval Y Roset de la Compañía de Jesús.

La justicia divina no siempre castiga al hombre en el momento mismo que comete un crimen, sino que muchas veces la infinita misericordia parece salir a su encuentro para desarmarla y detener siquiera por algún tiempo su brazo airado a fin de que el delincuente se arrepienta de su culpa, logre el perdón y se salve.

No obstante, para quitar del corazón humano la temeraria confianza en la bondad de Dios y hacer que siempre aborrezca el pecado, se consignan en los anales históricos innumerables hechos de terribles castigos justamente merecidos por nefandos crímenes perpetrados.

San Optato, obispo de Mileva, en la Numidia, refiere que en Cartago cuando comenzó el cisma de los Donatistas, movidos estos por el odio que profesaban a la Iglesia Católica, cometieron muchos desmanes, lastimando los sentimientos religiosos de los que se mantenían fielmente adheridos a las enseñanzas y doctrinas de la verdadera Iglesia de Cristo.

Llegó a tal extremo la perfidia de los herejes, que se unieron a la chusma del pueblo siempre dispuesta al crimen, y formando un grupo numeroso, con horrible desenfreno se entregaron al pillaje saqueando cuantas iglesias podían, con gran sentimiento de la ciudad.

En una de ellas tuvieron la osadía de profanar y robar los vasos sagrados, y no sabiendo qué hacer de las Hostias consagradas que en ellos se contenían, las arrojaron con diabólico cinismo a los perros de la calle para que se las comieran. Pero ¡justo castigo de Dios!, en el mismo instante los perros se volvieron rabiosos, y con espantoso furor se lanzaron contra los inicuos profanadores y los despedazaron, vengando de esta suerte la injuria hecha al Santísimo Sacramento.

(San Optato, Cisma de Los Donatistas Baronius, 

Annales Eclesiastici”, tomo IV, página 101, litt. e.)