Dios no quiere el mal, pero a veces lo permite por un bien mayor. Hay hoy en día una actitud buenista de que Dios es tan misericordioso que no manda nunca castigos, cuando esto es contrario a lo que nos enseña la Sagrada Escritura, rectamente interpretada por la Tradición de la Iglesia.

Ante los cada vez más frecuentes ataques a las iglesias en Europa, que son quemadas, profanadas, saqueadas… debemos saber analizar más allá de los hechos en sí, pues pasamos con mucha ligereza sobre estas noticias.

Están pasando muy desapercibidos estos graves hechos y son duda signos de los tiempos que hay que saber discernir y estar alerta. ¿Estamos preparados para soportar una persecución que puede ser mucho mayor? ¿Por qué no hay una reacción?

Acaso los católicos estamos dormidos o indiferentes. Lo primero que debemos preguntarnos es si esta oleada de ataques a nuestros templos es un castigo divino por nuestra infidelidad. Pensemos en las leyes pro aborto, pro eutanasia y demás desórdenes que se están aprobando en la mayoría de países de occidente, pensemos como vive el hombre moderno en occidente, completamente alejado de Dios.

Ciertamente la decadencia de costumbres en Europa es un hecho cada vez más cierto y que va en aumento. Es un hecho comprobado que cuando la Iglesia es perseguida la fe se aviva y se producen muchas conversiones.

También debemos meditar si estas primeras oleadas de persecuciones como las quemas de iglesias en Francia y en España son hechos aislados o son avisos del cielo para que volvamos el rostro a Dios para que no venga un castigo peor.