También comprendo por qué producía a Gema tal espanto el solo nombre del pecado, y la causa de su ardiente celo, capaz de dejarse matar antes que permitir la menor ofensa a Dios, así mismo los vehementes deseos de satisfacerla con padecimientos de cualquier clase, y hacer grandes cosas por su gloria. «¿Qué haré yo por Jesús?—decía con viveza.—Daría mi vida si pudiese; pero no, quiero vivir, si así le place, para trabajar en su obsequio, hacer penitencia y sufrir mucho, que mucho es lo que le amo. ¡Oh si poseyese, como ardientemente lo deseo, el amor de todas las almas santas! ¡Quisiera más; si pudiese, quisiera igualar en pureza a los ángeles, y aun a la de nuestra Santísima Madre María!» Y es natural que así pensase la esposa, porque ésta vive sólo para complacer al esposo.

Desde este punto de vista no piensa, sino que por tenerlo contento, acepta cualquier incomodidad, por grande que sea. Los ultrajes que contra él se cometen son ultrajes que a ella se hacen en lo más íntimo del corazón.

En confirmación de esto, voy a referir un hecho ocurrido Gema. Volvía ésta de la iglesia, cuando uno de sus parientes, ciego de ira ocasionada por un suceso desagradable, se le acercó vomitando blasfemias. La joven tembló al oírle, quiso regañarle, pero, falta de fuerzas, cayó desmayada. El corazón latía con violencia, pero vencido por el dolor, dejó que la sangre se acumulase en las venas, saliendo luego por los poros de la piel en forma de sudor tan abundante, que mojó los vestidos y se derramó por el pavimento. ¡Admirable

espectáculo, que en la hagiografía cristiana no se registra semejante, fuera del de nuestro Señor Jesucristo, quien, para demostrarnos la horrible ofensa que se hace a Dios con el pecado, se puso en agonía en el Huerto de los Olivos, y sudó sangre. Y ahora vea el lector y diga si puede imaginar amor más ardiente que el de esta virginal esposa. Pasado el desmayo, levantóse sin saber lo ocurrido, y distraída con el disgusto que lo había ocasionado, se metió en casa.

Quien primero la vio fue la tía, y no sabiendo a qué atribuir la palidez del rostro, preguntó qué le había

ocurrido, pero observando que estaba manchada de sangre, y en la creencia de que se había flagelado excesivamente con instrumentos de penitencias, la regañó con aspereza. Al verse descubierta, la humilde joven se avergonzó, y en medio de gemidos y sollozos, confesó que el mal se lo habían causado las blasfemias proferidas en su presencia. Conmovida la señora, preguntóla con disimulo: ¿Por ventura es esta la primera vez, que oyes blasfemias en nuestra infeliz ciudad? ¿Cómo es que solamente hoy te produjo ese efecto? Gema repuso llorando: «No es la primera vez, siempre me causa el mismo efecto, si no consigo escapar o al menos distraerme.»

Pudo haber añadido que otras veces le ocurrió algo más, porque la fuerza del dolor hizo que de sus ojos brotasen lágrimas de sangre. Tan extraordinario fenómeno, único en la historia, se manifestó muchas veces, debido a que Gema fue elevada por Dios al amor perfecto, según pudieron observar muchísimas personas. La sangre corría en abundancia de aquellos inocentes ojos, exprimidos por el dolor que le producían las ofensas hechas a su divino amante; las gotas se coagulaban en el rostro, y era preciso separarlas a pedazos.