En muchos casos no somos conscientes de que nuestros familiares que viven en pecado tienen su alma en serio peligro (aplicable también a nuestra propia alma si no estamos en gracia). Probablemente nuestra fe sea débil y no pidamos por ellos con la misma insistencia que los santos, recordemos a Santa Mónica y sus incesantes súplicas y oraciones por la conversión de San Agustín.

Para ello la Virgen en Fátima nos regaló, a través del ángel, una oración muy poderosa para la conversión de los pecadores.

¡Dios mío, creo, adoro, espero y Te amo! ¡Te pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no esperan y no Te aman!” ¡¡¡ ORACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA EFICAZ PARA QUE NO SE PIERDAN TANTAS ALMAS!!!

Llevaban sólo pocos minutos disfrutando de este deporte cuando, sin indicio previo alguno, comenzó a soplar un fuerte viento a través de las copas de los pinos, que se agitaron y susurraron como nunca en otras ocasiones. Sorprendidas por esto, los tres dejaron de arrojar piedras y miraron a su alrededor para averiguar la causa. Entonces vieron una luz a lo lejos por encima de los árboles. Se movía sobre el valle de Este a Oeste y venía hacia ellos. Y aunque la iluminación en sí no se parecía a nada de lo que hasta entonces habían visto, Lucía reconoció en ella la extraña blancura de aquel “alguien envuelto en una sábana” que había percibido el año anterior con las otras tres niñas. Parecía estar enteramente constituido por un resplandor más blanco que la nieve, y esta vez se aproximó tanto, que cuando se encontró precisamente sobre una roca en la entrada de la “cueva” se hizo perceptible bajo la forma de “un joven transparente” de unos catorce a quince años de edad, “más brillante que un cristal atravesado por los rayos del sol –tal como lo describe Lucía- o como nieve que el sol atraviesa hasta hacerse cristalina”. Y entonces pudieron ver que tenía facciones como las de un ser humano y que era de una belleza indescriptible.

Estupefactos, sin poder hablar, permanecieron inmóviles contemplándole.

-No asustaros- les dijo-. Soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo.

Y arrodillándose en el suelo se postró hasta tocar éste con su frente, diciendo:

-¡Dios mío, creo, adoro, espero y Te amo! ¡Te pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no esperan y no Te aman!

Tres veces repitió las mismas palabras, mientras los niños, inconscientemente al parecer, las repetían con él. Después, levantándose, dijo:

-Rezad así. Los corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas.

Y con esto desapareció, como si se hubiese disuelto en la luz solar.

Los niños permanecieron arrodillados durante mucho tiempo, bajo la influencia quizá de algún estado de éxtasis sobrenatural o suspensión de facultades corporales, tales como muchos santos han descrito. “Fue una impresión tan fuerte –escribió Lucía-, que casi no nos dimos cuenta de nuestra propia existencia durante un largo espacio de tiempo”. Estuvieron diciendo la oración del Ángel una y otra vez. No había el temor de olvidarla, ya que las palabras habían quedado impresas indeleblemente en sus mentes, pero parecía que era lo único que tenían que hacer.

¡Dios mío, creo, adoro, espero y Te amo! ¡Te pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no esperan y no Te aman!”

Lucía y Jacinta seguían de rodillas, repitiendo estas palabras, cuando oyeron la voz de Francisco, que decía:

-No puedo continuar así tanto tiempo como vosotras; me duele tanto la espalda, que ya no puedo aguantar más.

Había abandonado la posición de rodillas y se había sentado, exhausto, sobre el terreno. Todos ellos, en realidad, se sentían débiles y aturdidos. Gradualmente se repusieron y comenzaron a reunir sus ovejas dispersas, pues el día estaba muy avanzado y era casi hora de cenar. Ninguno de ellos sintió ganas de hablar en el camino hacia Aljustrel.

Antes de separarse, Lucía advirtió a los otros que no dijesen nada de lo que habían visto y oído. Ni en la actualidad se explica por qué obró así en aquella ocasión. “Parecía natural hacerlo –me contó-. En todo ello había algo sumamente íntimo. Se trataba de algo de lo que uno no podía hablar.”

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Redacción de Hispanidad Católica