“La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (CIC can. 1055, §1)

La sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26- 27) y se cierra con la visión de las “bodas del Cordero” (Ap 19,9; cf. Ap 19, 7). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su “misterio”, de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación “en el Señor” (1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia (cf Ef 5,31-32).

San Pablo en sus cartas da unas claras directrices a las mujeres casadas sobre como deben comportarse en el matrimonio. Palabra de Dios y verdadera por más que escandalicen hoy en día al colectivo feminista, que no reivindica a la mujer santa sino a la mujer rebelde.

En su Carta a los Efesios afirma:

            “Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo: las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo. Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo” (Ef. 5, 21-24).

También da órdenes claras a los varones para amar y respetar a las mujeres.

            “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo” (Ef. 5, 25-28).

Hoy en día muchas mujeres influenciadas por las perniciosas ideas de la ideología feminista y la falacia de la sociedad heteropatriarcal ya no quieren estar sometidas al varón ni unirse con él en santo matrimonio. Muchas mujeres, que se creen modernas y liberadas, ya no quieren ser madres, ha perdido por completo ese instinto maternal.

Igualmente los varones han perdido el deseo de ser padres, de ahí que el número de nacimientos disminuya de manera dramática en la mayoría de países conllevando el consiguiente envejecimiento de la población.

Los que deciden tener hijos deciden tener uno o dos como mucho. Atrás quedaron las familias numerosas tan habituales antaño y que hoy en día son una excepción.