Tradición o Revolución: el dilema político de nuestro tiempo

Mario Caponnetto

Los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas. San Pío X.

En las democracias hodiernas, al menos en el mundo que aún se identifica como “occidental”, las alternativas políticas que se disputan el poder suelen agruparse en izquierdas y derechas. Cada una de estas agrupaciones, a su vez, presentan matices que las moderan (las centroderechas y centroizquierdas) o bien las radicalizan (las ultraderechas y las ultraizquierdas). Pese a estar tan arraigadas estas categorizaciones en la práctica política actual, y a la vista de lo que simplemente ocurre, es pertinente preguntarse si estos términos representan contenidos específicos y unívocos. Es decir, siempre que hablamos de izquierdas o de derechas ¿estamos hablando de lo mismo o, antes bien, izquierdas y derechas son rótulos bajo los que caben cosas distintas y aún opuestas entre sí? ¿Qué es, en definitiva, ser de derecha o de izquierda?

Hace muchos años, más de cuarenta, cayó en mis manos un interesante ensayo cuyo título era más que atrayente: Izquierdas y derechas: su sentido y misterio. Su autor, un por entonces muy joven y prometedor intelectual, Jorge Martínez Albaizeta, de quien apenas hemos vuelto a tener alguna noticia en todos este largo tiempo, como si después de dejarnos estas brillantes y juveniles páginas hubiese abandonado casi por completo su oficio de escritor1. En esta obra, a lo largo de apenas un poco más de un centenar de páginas, el autor nos devela el sentido de estas palabras a través de la filología, la lingüística, la historia, la antropología y aún la teología. Así, derecha se identifica con lo “recto”, con el “orden”, con lo “superior”, con “el derecho”; la izquierda, en tanto, simboliza lo “siniestro”, lo “torcido”, lo “antijurídico”, lo “inferior”. En una palabra: todo lo bueno se carga a la derecha y todo lo malo a la izquierda.

En una línea similar se ubica Dalmacio Negro Pavón cuando afirma: “La relación derecha-izquierda trasciende la política. Es una relación metafísica de dimensiones cosmológicas, antropológicas, históricas, teológicas, etc., cuya expresión lingüística sólo ha pasado a formar parte del vocabulario político en la época contemporánea”2.

Por otra parte, acabo de leer el notable artículo de Arnaud Imatz, La división izquierda/derecha: ¿ocaso o transformación? que publica la Revista Altar Mayor en su reciente número de abril-junio del presente año. Se leen allí consideraciones de sumo interés respecto del sentido de estos controvertidos términos. Según este autor, derecha e izquierda pueden definirse desde un doble punto de vista, a saber, el esencialista y el histórico-relativista. Pero ocurre que cualquiera sea la perspectiva en la que nos situemos, las palabras derecha e izquierda lejos están de responder a un significado unívoco; y como tampoco puede establecerse propiamente entre tantos significados una relación analógica, no queda sino una inevitable caída en la equivocidad de dichos términos. En efecto, en la derecha caben cosas tan dispares como el liberalismo, el neo liberalismo, el conservadurismo, la defensa de la familia y de la propiedad, etc., en tanto que en la izquierda la dispersión va desde los socialismos moderados y la socialdemocracia hasta la progresía radicalizada y los populismos al estilo chavista. Ocurre, para mayor complejidad, o confusión, que ciertos tópicos como la ideología de género y el aborto se ubican tanto a la derecha como a la izquierda a la par que los “populismos” también se alinean a un lado y otro del espectro político. Lo mismo en lo que respecta a cuestiones sociales3.

De todo esto se deduce una sola conclusión: hoy día izquierda y derecha admiten tantos significados que, en la realidad, acaban por no significar nada. Mal pueden, entonces, ambos vocablos representar los términos de un dilema político o, menos aún, de una oposición trascendente al orden político. Se hace preciso, en consecuencia, establecer en qué términos reales y efectivos se juega en la actualidad la verdadera opción política a la que nos enfrentamos. En este sentido creo más oportuno y preciso establecer esa opción en términos más caros y cercanos a una recta filosofía política y a una más ajustada visión histórica. Dichos términos son tradición y revolución.

No son términos originales, por cierto. Pero ellos resultan más claros y específicos a la hora de definir posiciones. La tradición es, como el mismo término lo indica, la transmisión viva de un legado. Por lo mismo la tradición supone un origen, una referencia primordial y originaria respecto de un determinado contenido que se trasmite a lo largo de las generaciones. Pero se trata de una trasmisión viva no de un mero traspaso: quiere decir que lo trasmitido al tiempo que se trasmite se enriquece y va adoptando en cada paso nuevas configuraciones y adaptaciones.

Este sentido profundo de la tradición resulta incompatible con el espíritu revolucionario que es su antítesis. El revolucionario es utópico por esencia; y es ucrónico. No tiene lugar ni tiempo y está siempre reconstruyendo o reiniciando la historia sobre presupuestos hipotéticos que por regla general son ficciones ideológicas. El hombre de la tradición está arraigado a un tiempo y a un espacio y se siente feliz en su condición de hijo de algo (hidalgo). El revolucionario, en cambio, es por carácter inquieto (con inquietud que es mórbido desasosiego) y le pesan las herencias y las filiaciones. El hombre de la tradición se aferra a lo concreto. El revolucionario se complace en las abstracciones.

Y así es posible seguir. Pero, en el orden estrictamente político ¿qué significa la tradición? Creo que podemos resumir la tradición política de Occidente, que es la que ahora importa, en lo que se conoce como el sentido clásico de la política en oposición a la variedad de expresiones de la política moderna. Leo Straus vio con total claridad este punto a mi juicio crucial: la política moderna con todas sus consecuencias no se entiende sino en su radical oposición a la política clásica que en la medida que es clásica se caracteriza “por su noble simplicidad y su grandeza serena”4.

En esa oposición, el gran filósofo alemán señala tres puntos principales en los que ésta se hace patente con máxima evidencia. Primero, la noción de virtud: para el pensamiento clásico la virtud es excelencia y distinción y no reconocimiento de igualdad o de amor a la igualdad como la postulan las democracias modernas. Según Strauss, Platón y Aristóteles rechazan la democracia porque piensan que la meta de la vida humana y social no es la libertad sino la virtud. Segundo, la libertad que, sostiene, es por esencia autolegislativa: el último resultado de esta tentativa fue la sustitución de la virtud por la libertad o la idea de que no es la virtud lo que libera al hombre sino la libertad la que lo hace virtuoso. Tercero, el progresivo angostamiento del horizonte ético de la vida política. Hobbes con su absolutización del derecho a la conservación de la vida y, más adelante, Rousseau y Maquiavelo fueron angostando progresivamente el horizonte ético de la vida política hasta reducir la Política a simple cratología, es decir, el arte de obtener, acrecentar y conservar el poder. Lo interesante de destacar es que más allá de cuantas diferencias puedan establecerse entre estos autores, Strauss advierte en ellos una continuidad esencial cuya clave consiste en una rebaja de los fines y de la jerarquía de los fines de la vida social. De este modo, en la cima de su crítica, Strauss advierte en las democracias modernas un vaciamiento ético que les es, no accidental, sino coesencial5.

En la medida, por tanto, en que la tradición nos vaya restituyendo el sentido clásico de la política nos haremos fuertes en nuestro empeño de reconstruir el orden político hoy gravemente amenazado por las democracias que son el instrumento de corrupción de las naciones, otrora cristianas, entregadas al dominio despótico del Nuevo Orden con su constelación de falsos ídolos, falsos derechos, falso humanismo y hasta falsa iglesia.

No es la derecha sino la tradición el sitio de nuestro alistamiento. La voz de Manuel Machado resuena hoy para toda la Hispanidad Católica con mayor vigor que hace ochenta años: Vuelve a tu tradición, España mía. / ¡Sólo Dios hace mundos de la nada!

1 Cf. Jorge Martínez Albaizeta, Izquierdas y derechas: su sentido y misterio, Madrid, 1974.

2 Dalmacio Negro Pavón, Ontología de la derecha y de la izquierda. Un posible capítulo de teología política, en Papeles y memorias de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, número 6, 1999, páginas 110-133.

3 Cf. Arnaud Imatz, La división izquierda/derecha: ¿ocaso o transformación?, en Altar Mayor, número 186, abril-junio 2019, páginas 174-186.

4 Leo Strauss, ¿Qué es filosofía política?, Madrid, 1970, página 35.

5 Cf. Leo Strauss, ¿Qué es filosofía política?, o. c., páginas 233 y siguientes.