Cuando caemos en la maldad de cometer un pecado grave, perdemos la gracia de Dios; por lo tanto, ya no podemos recibir la santa comunión. Si lo hacemos, sabiendo que no estamos en gracia, caemos en un pecado abominable que se llama sacrilegio. Dicen las cartas paulinas que quien así actúa«se traga su propia condenación»

Para volver a estar en gracia de Dios es necesario confesar los pecados mortales con el debido arrepentimiento y deseo de no volver a pecar y cumplir la penitencia que manda el sacerdote.