Muy pocas personas llegan a los 100 años de edad. Pero lo que es inusual de esta historia es llegar a esa edad en condiciones de celebrar la Santa Misa y más inusual aún tener 4 hijos sacerdotes y poder celebrar con ellos.

El Padre Probo celebró por todo lo alto cumplir un siglo de edad con una Santa Misa Solemne en la catedral de Rimini, en la que participaron sus 4 hijos sacerdotes, que los tuvo lógicamente antes de quedar viudo y ser ordenado sacerdote.

El Padre Probo es ante todo“un enamorado de Jesús, discípulo del Padre Pío, a quien conoció y muy devoto de la Virgen”. Tras quedar viudo sintió el llamado del Padre Pío al sacerdocio quien antes les había dicho que fuese un buen padre de familia numerosa.

Uno de sus hijos, el P. Giuseppe Vaccarini, dice de él:  “Muchas personas han pasado por el ministerio de mi padre, quizás en algunas etapas particulares de su vida, en momentos críticos, y todos lo recuerdan con gran placer”

La Iglesia nos enseña que el ministerio de los presbíteros, por estar unido al orden episcopal, participa de la autoridad con la que el propio Cristo construye, santifica y gobierna su Cuerpo. Por eso el sacerdocio de los presbíteros supone ciertamente los sacramentos de la iniciación cristiana. Se confiere, sin embargo, por aquel sacramento peculiar que, mediante la unción del Espíritu Santo, marca a los sacerdotes con un carácter especial, y así quedan configurados con Cristo Sacerdote, de tal manera que puedan actuar como representantes de Cristo Cabeza” (PO 2).

“Los presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y dependan de los obispos en el ejercicio de sus poderes, sin embargo están unidos a éstos en el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los fieles, para apacentarlos y para celebrar el culto divino” (LG 28).

En virtud del sacramento del Orden, los presbíteros participan de la universalidad de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles. El don espiritual que recibieron en la ordenación los prepara, no para una misión limitada y restringida, «sino para una misión amplísima y universal de salvación “hasta los extremos del mundo”(Hch 1,8)» (PO 10), “dispuestos a predicar el evangelio por todas partes” (OT 20).