Domenico Dolce y Stefano Gabbana forman una de las parejas gays más celebres del mundo por haber constituido la marca Dolce & Gabbana. En unas pasadas declaraciones dejaron a todo el mundo de piedra cuando hicieron un alegato a favor de la de la familia tradicional y en contra de la adopción de niños por parte de las parejas homosexuales, incluso llegaron más allá negando que puedan engendrar hijos in vitro porque para ellos la familia natural debe estar formada por un varón y una mujer y todo niño tiene derecho a tener a un papá y a una mamá. Para ellos estos son valores inmutables, que nunca pasan de moda.

Estas valientes reflexiones les costaron fuertes insultos y ataques en las redes sociales. Estas declaraciones se produjeron después de acudir a un desfile con modelos embarazadas y con sus hijos pequeños de la mano, una manera de ensalzar publicamente el don de la maternidad.

“La familia no es una moda pasajera. En ella hay un sentido de pertenencia sobrenatural”, explica Stefano Gabbana. Por su parte Stefano Dolce concluye: “soy gay, no puedo tener un hijo. Creo que no se puede tener todo en la vida. Es también bello privarse de algo. La vida tiene un recorrido natural, hay cosas que no se deben modificar. Una de ellas es la familia”.

La Iglesia ha enseñado siempre la importancia de la familia como la unidad fundamental de la estructura de la sociedad: “La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad”.[11] Por lo tanto, debido a que la familia “es anterior a todo reconocimiento por la autoridad pública; se impone a ella”.[12] Porque el matrimonio y la familia tienen su base en el orden creado, confirmado por la Revelación explícita de Dios, la Iglesia se opone necesariamente a la aprobación de leyes humanas que abandonen o anulen este orden, tales como el caso de las leyes que reconocen los “matrimonios” entre personas del mismo sexo o también los “matrimonios” polígamos. Las leyes humanas y las decisiones judiciales que no respeten esta enseñanza fundamental inmutable son contrarias a la ley de Dios, y deben ser consideradas, con toda razón, injustas.