PRIMERA APARICIÓN DE LA VIRGEN SANTÍSIMA

NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA

Nihil obstat: Dr. Andrés de Lucas. Madrid, 8 de marzo de 1948.

Imprímase: Casimiro, Obispo Auxisliar y Vic. Gral.

Aún mayo, el mes de María, el mes de nueva vida y alegría, pesaba mucho sobre el mundo aquel año. El 5 de mayo, como para hacerse eco de la tristeza universal y señalar la única fuente de esperanza, el Papa Benedicto XV se lamentaba, en una carta memorable, de la “cruel guerra, suicidio de Europa”. Después de rogar a Dios que volviese los corazones de los gobernantes hacia la paz, pedía especialmente que, dado que todas las gracias eran dispensadas “por mediación de la Santísima Virgen, Nos deseamos que las peticiones de sus criaturas más afligidas sean elevadas, con plena confianza, más que nunca en esta hora tremenda, a la excelsa Madre de Dios”. Ordenaba que la invocación Regina pacis, ora pro nobis, se añadiese a la letanía de Loreto, y continuaba:

A María, pues, que es la Madre de Misericordia y omnipotente por gracia, elevemos desde todas partes de la Tierra, devota y amorosa súplica, desde los palacios reales y mansiones de los ricos a las chozas más pobres –desde todo lugar donde un alma creyente encuentra refugio-, desde los campos y mares empapados en sangre. Haced llegar a Ella el grito de angustia de madres y viudas, los lamentos de los pequeños inocentes, los suspiros de todo corazón generoso: que su solicitud más tierna y benigna sea excitada y lograda la paz para nuestro mundo atormentado”.

Es del todo improbable que Lucía y sus primos hubiesen nunca oído hablar de la carta del Papa (pues estaba aún sin publicar) cuando fueron a la Serra cinco días más tarde, el 13 de mayo de 1917. Era un domingo sumamente despejado, y tío Marto había preparado su carro por la mañana temprano para llevar a su esposa Olimpia a Batalha, donde pensaban oír misa en la preciosa catedral y después hacer algunas compras en los mercados domingueros próximos; lo que precisaban en particular era un cerdito para cebarlo. Partieron, pues, con la alegría natural, dejando a los niños para que oyesen misa en Fátima. Estaba próximo el mediodía cuando Jacinta y Francisco sacaron sus ovejas del patio y las condujeron al camino de “Lagoa”, donde, como de costumbre, encontraron a Lucía con su rebaño. Prosiguieron juntos a través de los campos hacia las praderas que Antonio Abóbora poseía en Cova da Iria. Nunca había estado tan azul el inmenso cielo ni la tierra moteada de colores tan brillantes.

Poco después llegaron a la colina norte de la depresión denominada la “Cova”, y dejando las ovejas desmochando las aulagas, decidieron transformar un pequeño matorral en una “casa”, cerrando con un muro el espacio ante el mismo. A ese fin comenzaron a coger algunas de las piedras que yacían por los alrededores para ponerlas unas encima de las otras. Mientras estaban entretenidos en esta labor, se vieron sorprendidos por un resplandor tan brillante, que lo tomaron por un relámpago. Sin detenerse a preguntarse cómo pudo haber venido de aquel cielo sin nubes, dejaron caer los tres las piedras y corrieron atropelladamente por la pendiente abajo en busca de una encina o carrasqueira, a unos cien metros o más, al sudeste del sitio donde habían estado jugando. Acababan justamente de refugiarse bajo su espeso y extendido follaje cuando les sorprendió un segundo destello de luz. De nuevo dejaron los niños el árbol y se precipitaron hacia el Este, a una distancia de otros cien metros. Entonces se detuvieron asombrados, pues precisamente delante de ellos vieron una bola de luz en lo alto de un pequeño árbol, siempre verde, denominado azinheira (carrasca), que tenía un metro aproximadamente de altura, y sus hojas lustrosas presentaban púas como las del cacto. Y en el centro de la misma luz, una señora de pie.

Tal como la describía Lucía, era una “Señora toda de blanco, más brillante que el sol que distribuye la luz, más clara y más intensa que una copa de cristal llena de agua cristalina penetrada por los rayos del más deslumbrante sol”. Su cara era de una belleza indescriptible, “ni triste ni feliz, sino seria” –quizá con un gesto de reproche, aunque benigno-; sus manos juntas, a la altura del pecho, en actitud de orar, con un rosario colgando entre los dedos de la mano derecha. Hasta sus vestiduras parecían hechas únicamente de la misma luz blanca; la sencilla túnica cayendo hacia sus pies, y sobre ella un manto desde la cabeza, de la misma longitud, realzado su borde de una luz más intensa, que parecía relucir como oro. No podían verse ni su pelo ni sus orejas. ¿Las facciones? Era casi imposible mirar fijamente al rostro: deslumbraba y dañaba a los ojos, obligando a parpadear, a apartar la mirada.

Los niños permanecían de pie, fascinados, dentro del fulgor que la rodeaba hasta una distancia de quizá metro y medio.

-No tengáis miedo- dijo con voz baja de tono musical que nunca podía ser olvidada-. ¡No os haré daño! No experimentaron entonces temor alguno, sí sólo una gran alegría y paz. Fue en realidad el “relámpago” lo que antes les había asustado. Lucía estaba ya lo bastante repuesta para hacer una pregunta:

-¿De dónde viene Vuestra Merced?

La niña empleaba el modo de hablar de la Serra: De onde e Vocemecê?

-Vengo del cielo.

-Y ¿qué es lo que quieres de mí?

-Vengo a pedirte que vengas aquí durante seis meses seguidos en el día trece a esta misma hora. Entonces te diré quién soy y lo que quiero. Y después volveré aquí una séptima vez.

-¿E iré yo también al cielo?

-Sí, irás.

¿Y Jacinta?

-También.

-¿Y Francisco?

-¡También! ¡Pero tendrá que rezar muchos Rosarios!

¡El cielo! Lucía recordó repentinamente a dos niñas que habían muerto recientemente. Eran amigas de su familia y acostumbraban ir a su casa para aprender a tejer con su hermana María.

-¿Está María da Neves ahora en el cielo? –pregunté.

-Sí, lo está.

-¿Y Amelia?

-Estará en el purgatorio hasta el fin del mundo.

¡Purgatorio! ¡El fin del mundo!

La Señora habló de nuevo.

-¿Deseáis ofreceros a Dios para soportar todo el sufrimiento que a Él plazca enviaros, como una acto de reparación por los pecados con los que Él es ofendido y para pedir por la conversión de los pecadores?

-Sí, queremos.

-Entonces tendréis que sufrir mucho. Pero la gracia de Dios os confortará.

A medida que decía las palabras a graça de Deus, abrió la Señora sus manos adorables y de sus palmas salieron dos haces de luz tan intensa, que no sólo envolvió a los niños con su resplandor, sino que pareció penetrar en sus pechos y llegar a los sitios más recónditos de sus corazones y almas, “haciéndonos compenetrar en Dios –éstas son palabras de Lucía- más claramente en aquella luz que en el mejor de los espejos”. Un impulso irresistible les forzó a arrodillarse y decir con todo fervor:

-¡Oh, Sacratísima Trinidad, Te adoro! ¡Dios mío, Dios mío, Te amo en el Sacratísimo Sacramento!

La Señora esperó que acabasen. Entonces dijo:

-Rezad el Rosario todos los días para obtener la paz del mundo y la terminación de la guerra.

Inmediatamente después comenzó a elevarse serenamente sobre la carrasca y a deslizarse hacia el Este, “hasta que desapareció en la inmensidad de la distancia” (Ésta es la frase de Lucía al final de su relato en su Memoria IV, págs. 35 y 36, 1941. Es una coincidencia curiosa que Monseñor Eugenio Pacelli fuese consagrado Obispo en la Capilla Sixtina, en Roma, el 13 de mayo de 1917, el mismo día en que los niños vieron por primera vez a Nuestra Señora de Fátima. Como Papa, Pío XII dio el primer paso para cumplimentar los deseos de la Señora en 1942).

Los niños permanecieron contemplando el cielo del Este durante largo tiempo. Aun después de comenzar a recuperarse del estado de éxtasis que les había embargado, permanecieron silenciosos y pensativos durante una buena parte de la tarde. Pero no se encontraban tardos y cansados como después de haber visto al Ángel de la Paz. La visión de la Señora, por el contrario, les había producido una sensación deliciosa de “paz y alegría expansiva”, de ligereza y libertad; se sentían volar cual pájaros. Jacinta decía de vez en cuando:

Ai, que Senhora tao bonita!

Después de un rato comenzaron a hablar con tanta desenvoltura, que Lucía juzgó necesario recomendarles que no dijesen a nadie, ni siquiera a sus madres, lo que habían visto y oído. Francisco había visto a la Señora, pero no había oído lo que dijo, lo mismo que cuando vio al Ángel. Cuando le repitieron todas las palabras pronunciadas por la Virgen, se sintió sumamente feliz, especialmente por la promesa de que iría al cielo. Cruzando sus manos sobre su cabeza, exclamó en voz alta:

-¡Oh, Señora mía, diré todos los Rosarios que me pides!

Ai, que Senhora tao bonita! –dijo de nuevo Jacinta.

-Bueno, veremos si esta vez no le cuentas a nadie lo ocurrido –observó Lucía con escepticismo.

-¡No te preocupes; no lo diré, no! –replicó la niña.

Y también Francisco prometió no decirle nada a nadie. Lucía tenía aún sus dudas respecto a Jacinta. La cara de la niña brillaba de alegría. Casi reventaba de gozo.